Histórico
6 junio 2018El Enganche

Suiza: Origen e identidad

suiza sub-17 (vía www.fifa.com)

Por Guillermo Berenguer (@GuiBerRa)

En los años 90, el mapa de Europa sufrió cambios drásticos como consecuencia de las guerras de los Balcanes. Los conflictos étnicos y religiosos entre los distintos pueblos de la antigua Yugoslavia desencadenaron los episodios más violentos de las últimas décadas en el Viejo Continente. Las bombas arrasaron ciudades enteras y dejaron sin hogar a cientos de miles de personas. Muchas de las familias que tuvieron la suerte de sobrevivir se vieron obligadas a emigrar a países cercanos donde rehacer sus vidas y dar un futuro a sus hijos. Atrás quedaban ruinas y polvo, sus orígenes, sus recuerdos. Por delante, apenas un hilo de esperanza y mucha incertidumbre.

Unos cuantos años después, el 15 de noviembre de 2009, la selección suiza sub-17 se proclamó campeona del mundo de la categoría. Y lo hizo tras completar un torneo impecable: ganó sus tres partidos de la liguilla, uno de ellos a la Brasil de Alisson, Coutinho y Neymar, que no fueron capaces de guiar a los suyos más allá de la fase de grupos. En octavos, los suizos se deshicieron en la prórroga de la Alemania de Ter Stegen, Mustafi y Götze (4-3). Dos triunfos más —sobre Italia en cuartos y sobre Colombia en semifinales— permitieron a los alpinos meterse en la gran final, donde se verían las caras con Nigeria, anfitriona del certamen y selección más laureada de la categoría.

Contra todo pronóstico, Suiza acabó conquistando su primer y, hasta la fecha, único título mundial. Un solitario gol de Haris Seferovic mediada la segunda parte fue suficiente para decantar la balanza a favor de los europeos en Abuya. Había nacido la generación de oro del fútbol helvético.

A punto de cumplirse nueve años de esta gesta, el propio Seferovic (Benfica), así como Granit Xhaka (Arsenal) y Ricardo Rodríguez (AC Milan)—todos ellos campeones del mundo sub-17—, se preparan para disputar el Mundial de Rusia 2018. Desde la defensa, el centro del campo y el ataque, los tres articularon la columna vertebral de aquel inesperado equipo campeón, y los tres son titulares habituales con la absoluta.

Curiosamente, ninguno tiene ascendencia suiza, y Vladimir Petkovic, su seleccionador, nació en Sarajevo, capital actual de Bosnia y Herzegovina. En el plantel de los alpinos destacan también figuras como Xherdan Shaqiri (Stoke City), Josip Drmic (Borussia Mönchengladbach), Valon Behrami (Udinese) o Blerin Dzemaili (Bologna), jugadores a los que les une un presente y un objetivo, pero cuyo pasado —y, sobre todo, el de sus países de origen— no siempre fue de la mano.

De familias kosovares, albanesas, macedonias, bosnias y croatas, este núcleo de internacionales suizos es el paradigma de la multiculturalidad en la Europa actual. Son el vivo ejemplo de que la convivencia entre pueblos que eran hostiles hasta hace no tanto tiempo sí es posible, de que se puede aprender del pasado. Historia, idiomas y religiones distintas comparten hoy un vestuario donde no caben el odio, la discriminación ni el desprecio. La procedencia de cada uno de ellos se vuelve irrelevante a la hora de tejer la identidad del equipo. Son porteros, defensas, centrocampistas y delanteros, titulares o suplentes. Pero, por encima de todo, son compañeros.

botas de Shaqiri(vía www.footyheadlines.com)

La única nota discordante en este himno a la convivencia la puso Shaqiri durante la pasada Eurocopa. Motivado seguramente por la frustración de que Petkovic no lo incluyera en el grupo de capitanes del cuadro suizo, el atacante zurdo aseguró que se plantearía representar a Kosovo a nivel internacional si su seleccionador le ofrecía el brazalete del conjunto balcánico. No sabemos si finalmente hubo oferta o no, pero lo cierto es que Shaqiri sigue defendiendo los colores de Suiza. Eso sí, ya ha anunciado que en Rusia lucirá la bandera kosovar en la bota derecha y la bandera helvética en la izquierda. De este modo, aunará en sus pies pasado y presente, recuerdos y esperanza, origen e identidad.

Otra de las grandes estrellas del entramado alpino es Ricardo Rodríguez. Nacido en Zúrich, pero de padre español y madre chilena, el lateral zurdo también se encarga últimamente de marcar goles importantes. Suyo fue el gol decisivo en la repesca mundialista contra Irlanda del Norte, y suya fue también la diana del empate a uno contra España del pasado domingo en Villarreal.

Además, el delantero Breel Embolo (nacido en Camerún) y otros compañeros de origen africano como Johan Djourou (nacido en Costa de Marfil), François Moubandje (nacido en Camerún) o Denis Zakaria (nacido en Suiza, pero de ascendencia congoleña y sursudanesa) conforman una de las convocatorias mundialistas con mayor diversidad cultural.

La Suiza más internacional llega a Rusia como sexta clasificada en el ranking de la FIFA. Tras completar un clasificatorio casi perfecto —con 9 victorias y solo una derrota—, éste será su cuarto Mundial consecutivo. El objetivo de los suizos, encuadrados en el Grupo E con Brasil, Serbia y Costa Rica, no es otro que meterse en octavos de final como segundos, porque a priori parece claro que Brasil será primera.

Sin embargo, y más allá del éxito deportivo, la mera presencia de Suiza en Rusia 2018 representa el triunfo de la integración, de la diversidad cultural y del respeto. Un corte de mangas a un conflicto bélico que dividió pueblos y familias enteras. Un gol por la escuadra a la discriminación por raza, religión y condición social. ¿Cómo no alegrarse de estas victorias?

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