Histórico
1 junio 2018El Enganche

Mundial 2018: Rusia no quiere ser Brasil

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Por Guillermo Berenguer (@GuiBerRa)

Cuando faltan menos de dos semanas para que eche a rodar el balón en el estadio Luzhnikí de Moscú, donde la selección anfitriona se enfrentará a Arabia Saudí en el partido inaugural, el país más extenso del planeta ultima los preparativos para acoger la cita futbolística por antonomasia. La expectación va en aumento y comercios, bares, hoteles y agencias de viajes se frotan ya las manos ante la inminente avalancha de aficionados.

Hasta aquí, ninguna novedad. Porque en la antesala de un Mundial todo son promesas de repunte económico, de inversiones multimillonarias que se amortizarán rápidamente, de un legado deportivo sostenible y de que, en este caso, el torneo dará el espaldarazo definitivo al deporte rey en el país de los zares.

Pero ¿qué pasará cuando se apaguen los focos? ¿Qué será de esos gigantes de hormigón cuando lleguen las primeras nieves? ¿Hasta cuándo resonarán los ecos de esos goles que encumbran a futbolistas y selecciones y los vuelven inmortales?

La Copa FIFA Confederaciones del año pasado, que sirvió de ensayo general para el certamen que se avecina, transcurrió sin grandes sobresaltos extradeportivos y con buenas cifras de asistencia en los cuatro estadios sede. Recintos modernos, provistos de todas las comodidades imaginables, aunque cortados —eso sí— por un mismo patrón. Ese patrón que hace que hoy en día sea imposible distinguir a simple vista si se trata de un estadio inglés o japonés, alemán o brasileño.

Nostalgias aparte, el reto del Mundial será mucho mayor. Se multiplicará por tres, concretamente. Porque doce serán los estadios que alberguen partidos mundialistas y once las ciudades sede.

Si abrimos el mapa de Rusia, un país que ocupa la octava parte de la superficie habitada de la Tierra y en el que viven unos 145 millones de personas, observamos enseguida algo muy llamativo: las once ciudades sede se encuentran en el extremo occidental de su territorio. El hecho de que allí se concentre el 80% de la población, así como la cercanía a Europa —desde donde se prevé que viaje la mayoría de seguidores—, son las razones lógicas de esta elección.

Las buenas comunicaciones entre estas poblaciones y los innegables atractivos turísticos de ciudades históricas como San Petersburgo o Moscú facilitarán el flujo de seguidores. Además, alrededor de 15.000 voluntarios de todas las nacionalidades se encargarán de acomodar y ofrecer la información necesaria a los viajeros.

Legado

De entre las once ciudades sede, la capital es la única que cuenta con dos recintos: el estadio Luzhnikí y el Spartak Stadium. Si bien este último es ya el hogar de un clásico del fútbol ruso como el Spartak de Moscú, el primero —el de mayor aforo de todo el Mundial, con 80.000 asientos, y sede de la final— quedará como recinto multiusos y casa esporádica de la Sbornaya.

De los diez estadios restantes, cinco serán las canchas de otros tantos clubes de segunda división, cuatro serán el nuevo hogar de equipos de la Premier League rusa y uno, el de Sochi, adoptará asimismo la difusa condición de multiusos.

Es precisamente en torno a esos cinco estadios de la categoría de plata, todos ellos de nueva planta, donde anidan las mayores dudas. Su capacidad oscila entre los 35.000 asientos del estadio de Kaliningrado y los 45.000 del Volgogrado Arena, del Samara Arena y del estadio de Nizhni Nóvgorod. Son aforos desorbitados incluso para la máxima categoría del fútbol ruso, que ha promediado menos de 14.000 espectadores por partido esta temporada, por lo que su uso y sostenibilidad una vez concluya el Mundial queda, desde ya, en entredicho.

Rusia no quiere ser Brasil y, sin embargo, parece estar cometiendo los mismos errores. Porque son varios los estadios mundialistas que están siendo infrautilizados en suelo brasileño, y muchas las protestas y las críticas por unas inversiones que no solo no se amortizaron, sino que además generaron unos sobrecostes muy elevados. Y en Rusia se ha repetido la historia: impagos, condiciones precarias a temperaturas bajo cero e incluso víctimas mortales durante las obras de construcción y remodelación.

A todo ello cabe sumarle la amenaza de los ultras, un factor que requerirá un enorme despliegue policial —e incluso militar— para salvaguardar la seguridad de los aficionados que van a disfrutar pacíficamente del gran espectáculo del fútbol. Sin duda, otra prueba de fuego más para un país que acaparará las miradas de medio mundo durante 32 días.

Plano deportivo

Incierto es también el porvenir de la selección anfitriona, cuyo último gran logro fue alcanzar las semifinales de la Eurocopa de 2008, donde perdió 0-3 a manos de una de las mejores versiones jamás vistas de la selección española. Su papel en la pasada Copa Confederaciones tampoco fue demasiado halagüeño: quedó eliminada al término de la fase de grupos, después de caer 0-1 ante Portugal y 2-1 ante México. Solo consiguió ganar a Nueva Zelanda (2-0).

En los últimos años, todo lo que se ha hecho en el fútbol ruso tenía una única finalidad: armar una selección nacional capaz de dar la talla en la gran cita del fútbol mundial. Para ello se optó, primero, por reclutar a los internacionales rusos que jugaban en el extranjero. Recalaron en colosos como el CSKA de Moscú —campeón de la Copa de la UEFA en 2005—, el Zenit de San Petersburgo —campeón de la Copa de la UEFA en 2008—, el Lokomotiv y el Spartak de Moscú o el Rubin Kazán; clubes que, al mismo tiempo, desembolsaron importantes sumas de dinero para atraer a futbolistas foráneos que subieran el nivel de la competición doméstica.

De hecho, la inmensa mayoría de los integrantes del combinado de Stanislav Cherchesov milita en la máxima categoría del fútbol ruso. Solamente Denis Cheryshev, atacante del Villarreal CF, juega en una de las cinco grandes ligas europeas. Por supuesto, el talento de Fiodor Smolov (FC Krasnodar) y Aleksandr Golovin (CSKA de Moscú), o la experiencia bajo palos del ya mítico guardameta Ígor Akinfeyev (también del CSKA), suscitan el optimismo de la hinchada local, que sueña —con más corazón que cabeza— con superar la fase de grupos.

Porque la realidad muestra a un combinado ruso muy plano, débil en ambas áreas, y que el pasado miércoles cayó 1-0 en Austria en su penúltimo partido de preparación. “Tenemos que mejorar en el pase”, señaló Cherchesov tras el encuentro. “Hemos creado una o dos ocasiones para marcar, pero tenemos que hacer más”.

Encuadrada en el Grupo A, Rusia es la segunda peor clasificada en el ranking mundial de las 32 selecciones participantes, solo por delante de Arabia Saudí, su primer rival en el torneo. Pero, en caso de ganar en su estreno, su enfrentamiento con Egipto en la segunda jornada será crucial para sus aspiraciones. Tanto, que incluso podría llegar al duelo contra Uruguay de la tercera y última fecha con el billete para octavos en el bolsillo, una ronda que alcanzó por última vez la antigua Unión Soviética en México 1986.

Del rendimiento de su selección depende, en gran medida, la evaluación final que haga Rusia del torneo del que será anfitrión. El esfuerzo deportivo, económico y logístico para llegar hasta aquí ha sido titánico, por lo que nadie quiere quedarse fuera del Mundial a las primeras de cambio.

Porque caer, aunque sea de pie, no compensará todo el trabajo previo. Porque conformarse con ser la anfitriona no es suficiente para una nación acostumbrada a figurar entre las más laureadas en los Juegos Olímpicos y en tantas otras disciplinas. Porque con su literatura, música, ópera y ballet, Rusia siempre ha sido uno de los mayores exponentes culturales del planeta. Porque, con el balón en los pies, Rusia sí querría ser Brasil.

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