Histórico
10 julio 2014Fran Alameda

Mundial: Ante la duda, la más suertuda

sabella

Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

Herman Hesse, afamado escritor germano-suizo, decía que la vida es el camino hacia uno mismo. Da la sensación de que si el Mundial tenía un sendero este bien podría ser su fin: una final entre la selección perenne, Alemania, y la que le ha dado a tres de las cinco o seis mayores glorias del fútbol (Maradona, Di Stéfano y Messi), Argentina. Ciertamente, el titular no es más que un gancho para venir. Consideremos con frialdad que la suerte no existe. O no existe, al menos, en lo que tiene de generación espontánea, pero sí en lo relativo a causa y consecuencia. Allá cada uno con sus debates nominales.

Compremos entonces que Argentina y Alemania han tenido sus dudas, pero han acabado siendo las más suertudas. O las menos malas. El Mundial ha sido una perfecta gaseosa del Todo a cien de la esquina: burbujas sin parar en cuanto el balón rodó hasta quedarse progresivamente sin gas. La última semifinal, por ejemplo, podría haber pasado como amistoso de un 10 de julio entre el Don Benito y cualquier otro equipo: piernas pesadas, centros al río, cierta reserva para no empezar perdiendo… Incluso la hora estaba planeada para tener la sensación de que podríamos estar ante un de cualquier gira por Estados Unidos.

El fútbol es como injusto como la vida en tanto en cuanto que Argentina y Alemania, a día de hoy, se llevan el mismo premio por dos cosas muy distintas

De Argentina se sabe todo. Cuanto más resultón o simple es algo, más fácil se comprende. Argentina, en buena parte, es esto. Competir y correr. Mucho huevo, como dicen ellos. Luego el balón entra en la portería contraria con más o menos caudales o méritos. Sabella ha inventado una columna vertebral (Messi, Mascherano, Garay y Romero) inverosímil hace treinta días y bastante sobria un mes después. Para todo lo demás, la tarjeta de crédito o lo que llamamos suerte. Argentina compite bien, corre mucho, pero juega poco. 2-1, 1-0, 3-2, 1-0, 1-0 y 0-0 es un reluciente reflejo para comprender en qué se basa su Mundial, del que por cierto hay que aplaudir la capacidad (natural, vale, pero plausible) de ser un poquito mejores en cada partido.

A Alemania le pasa lo contrario. No es tan resultona ni tan simple. Löw ha hecho bastantes cambios: en la idea, en Lahm, en Khedira, en Klose… Alemania es el fruto de la hipérbole en todas direcciones. Conforme ha avanzado el torneo ha ido empeorando hasta que se plantó contra Brasil y se vistió de Flamengo (ya saben: Bebeto, Zico, Leónidas, Romario, Indio…) para convertirse en la octava maravilla del mundo. Era el carácter latino en su máxima expresión: una selección vulgar, una selección obra de arte. Como casi siempre, el equilibrio alcanzó la virtud y la razón y Alemania se encuentra en la media aritmética entre la gran obra y la selección vulgar: un equipo notable, de interpretación inteligente e idea impregnada en todos, aunque no perfectamente asimilada, algo habitual en las selecciones.

Argentina y Alemania son opuestas menos en la parte más importante: ambas se han organizado para sacar rédito a sus recursos

La final es el fin, pero es el principio. El Mundial, y se dice antes de que acabe para evitar acusaciones, empezó siendo el mejor y puede acabar siendo el peor. Así son las cosas. Louis van Gaal, hasta este torneo, poco sospechoso de ventajismo o pragmatismo mal entendido, resumió lo que es el fútbol y esto de los merecimientos, que como siempre es adaptarse, darwinismo voraz: “No me interesa lo que dicen de mi equipo o de mí. Se trata de meter un gol más y meterte en una final. Es competición”. Ganar, ganar, ganar y ganar. El fútbol, como dijo Hesse de uno, también se busca a sí mismo.

 

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