Histórico
4 julio 2014El Enganche

Francia: Deschamps, Valbuena y Giuly

Por Andrés Onrubia (@AndiOnrubia)

Cuando Francia goleó el pasado viernes a Suiza por un contundente 5-2, los medios pusieron por las nubes la exhibición de Karim Benzema. El delantero del Real Madrid vive actualmente probablemente el mejor momento de su criticada carrera deportiva, de la mano de una Francia que ha recuperado la sonrisa, tras haberse resarcido de una transición muy dura en la que estuvieron presentes Laurent Blanc y en mayor medida, Raymond Domènech. Uno se pregunta porqué en ningún medio se atribuye parte de este mérito a Didier Deschamps. Él es el gran artífice de que en Francia se esté hablando más de la propia selección francesa que de Maria Le Pen. Para entender a Deschamps, hay que remontarse a sus inicios como entrenador, y a su etapa final como jugador. En este periodo de transición, Giuly y Valbuena han significado dos figuras estelares para comprender la importancia del fútbol en su mayor proporción.

Deschamps es un hombre pálido. Es de Bayonne, una región de la cual sus habitantes son personas tranquilas, serenas y con poco aire de grandeza. Así es Deschamps y así fue el jugador que en 1993 guió al Olympique de Marsella a conseguir la única Champions League que tiene el fútbol francés hasta día de hoy. Como jugador, hay pocas quejas hacia él. Era un futbolista correcto, que desde el primer día demostró al fútbol que la jerarquía puede ser igual o incluso más importante que la táctica en el fútbol. Siempre fue un líder silencioso que, desde el ostracismo, se dedicó a guiar a los suyos, ya fuera en el Nantes, ya fuera ganando la Champions League con el OM, ya fuera proclamándose campeón del Mundial con la selección francesa o ya fuera en el Valencia, culminando una etapa gloriosa como futbolista. Ni Vieira, ni Zidane, ni el propio Benzema han podido tener a posteriori una jerarquía al calibre de la que tuvo en su día el bueno de Didier. Porque Deschamps puede decir que ha coincidido en los dos momentos más importantes del fútbol galo.

Como era un absoluto líder, Deschamps tardó muy poco en dar el siempre difícil paso de convertirse en entrenador. Se retiró en 2001 en España y meses después llegó a un Mónaco que había entrado en un momento institucional enfermizo tras la salida de Arsène Wénger. Deschamps, sin experiencia en tal puesto, supo controlar la situación desde el primer día. Coincidió con un equipo plagado de jóvenes estrellas con ganas de comerse el mundo que años después, realizarían la mejor temporada de su historia en cuanto a competición europea se refiere.

La salida de baluartes como Henry, Trezeguet o Barthez fueron un jarro de agua fría para un Mónaco, que pese a estar como uno de los equipos punteros del fútbol europeo a finales de siglo, comenzaba a renquear en el aspecto económico, y en el institucional. Deschamps, consciente de ello, no pidió prácticamente ningún fichaje. Se dedicó a apostar por jugadores jóvenes. Evra, Adebayor, o Rothen fueron varios de los ejemplos del modelo innovador del técnico francés, que en la temporada 2003/2004, cuando el Mónaco sobrevivía con un estilo muy sencillo de juego, se sacó de la manga un fichaje que cambiaría por completo la esencia y la mala suerte del fútbol francés, que precisamente él había cambiado en 1993.

El Mónaco seguía buscando una renovación que le pudiera dar cierta estabilidad y Deschamps se presentó un lunes en las oficinas del Louis II con una propuesta muy suculenta. Un lunes a las ocho de la mañana en pleno día de verano caluroso en el que Fernando Morientes, mientras pasaba sus últimos días de vacaciones en Marbella, recibía una llamada importante. Era el bueno de Didier, quien le prometió al Moro que podía triunfar en Francia, tras varios meses sin oportunidades en un Real Madrid en pleno auge de los galácticos. Morientes no se lo pensó y la operación no costó prácticamente nada, pues se efectuó como cesión. Lo que no sabía Morientes es que seis años antes, un joven Giuly llegaba al Mónaco tras haber sido expulsado de la cantera del Lyon por bajito. Ludovic era joven, era pequeño pero era valiente. Le daba igual enfrentarse a un muro de dos metros que a un africano con tres pulmones de oxígeno. Él iba a ser el hombre que iba a darle a Deschamps un estilo al que aferrarse y él iba a ser una bestia negra para cualquier rival junto a Morientes en la punta de ataque.

La temporada del Mónaco rozó la perfección. Una Champions en la memoria de millones de españoles. El 8-3 en el Louis II que el Mónaco le endosó al Deportivo de la Coruña es considerada como una de las mayores brutalidades jamás vistas por un equipo francés en Europa. Deschamps venía jugando con una especie de 4-1-4-1 con Giuly y Cissé estorbándose constantemente en la línea de tres cuartos. El técnico francés pensó en variar a un 4-3-3, con Giuly ayudando en la zona de creación en transición ofensiva y con un Cissé muy descolgado en ataque, potenciando su feroz llegada. En ataque, Morientes se presentaba como un futbolista capaz de poder jugar al espacio, capaz de bajar balones aéreos y capaz de ser un futbolista que intercambiaba constantemente la posición con Prso, que, partiendo de extremo izquierdo o de segundo punta, permutaba con Morientes y hace que el juego interior de Giuly se haga uno de los más determinantes de aquella Champions.

El experimento le dio éxito a Deschamps, que repetiría con ese trinomio de atacantes -Giuly, Morientes y Prso- en cuartos, donde esperaba el Real Madrid, el que pensaba tener a Morientes para aquella temporada. Morientes llegó a esos cuartos de final en estado de gracia. Se había cargado con un hat-trick al mejor Lyon de la historia en Copa de Francia -Mejor no mencionamos la enésima exhibición de Deschamps en el banquillo- y tenía ganas al Real Madrid. El Mónaco jugó mal en el Bernabéu Ni Prso, ni Morientes se sacrificaban en defensa como el entrenador francés deseaba y el Real Madrid encontró un verdadero cauce a la espalda de los extremos, haciendo de Evra un lateral bastante vulnerable. Lo que no se esperaba Florentino es que su equipo iba a dejar jugar a Giuly jugar. Abarcó toda la zona de tres cuartos y, si además le añades que tiene a un socio como Morientes, las cosas son mucho más sencillas. Morientes marcó dos goles, Beckham se autoexpulsó con 4-1 pensando que en la vuelta su equipo no pasaría problemas. Y parecía que así sucedería, pero Giuly, volvería a ser una apuesta de Deschamps.

La prensa francesa había avisado días atrás que el Real Madrid era un equipo que planteaba un sistema de juego que podía romper a Plasil y a Rothen. Ambos eran medio centros singulares por su calidad técnica, pero ante un equipo que acumulaba tantos jugadores por dentro, como Figo, Guti, Ronaldo o Raúl, la exigencia física y el estilo no invitaba al optimismo. En el minuto 7, Ronaldo vio esta indecisión y le puso a Raúl un balón en bandeja para que este no perdonara y pusiera un 0-1 que parecía definitivo. Entonces, descubriríamos a Giuly, pero también, al Giuly humano.

¿Qué jugador en el Mundo tiene la confianza para marcar de tacón ante 40.000 espectadores en unos cuartos de final de Champions y teniendo a Helguera encima? Pocos, o quizás ninguno podría responder a semejante pregunta. Pero Giuly sí. Él sabía que las segundas jugadas en el fútbol eran decisivas. Deschamps lo había expuesto siempre, poniendo como ejemplo el córner previo al gol de Basile Boli -También balón parado y concentración- que le dio al OM la final de la Champions en 1993. Giuly se cargó esa noche a Figo, a Guti, a Casillas… Jugó con quien quiso y siempre con la libertad que le otorgó Deschamps, explicando meses después que sin ese cambio de posición de fuera no habrían hecho mucho en aquella Champions. Lo que sí que nos encogió mucho fue verlo llorar tras marcar el 3-1. El fútbol, seis años atrás, había sido muy cruel para él y gracias a esta innovadora variación del técnico francés, en el que él era un jugador decisivo, tanto para replegar como para lanzar diagonales y ofensivas en tres cuartos, lo había puesto en el olimpo de una competición en la que el Mónaco era inexperto, y eso que disputó la final de la UEFA años atrás.

Deschamps se cargó tácticamente al Real Madrid de los galácticos con Giuly y haría pocas semanas después lo mismo contra el Chelsea, equipo en el que había jugado en 1999. Siendo siempre fiel a su 4-3-3, en el que las llegadas en segunda línea y el juego para Giuly y Morientes era una delicia de seguir, y un aspecto clave en las transiciones monegascas. Tú, al ver a Morientes jugar con ese ímpetu, y al observar tal intensidad en un equipo que llegó a estar en abril en descenso a Ligue 2, no te queda otra cosa que aplaudir. Pero el fútbol se cebó con el Mónaco y le volvió a jugar una mala pasada a Giuly.

Giuly llegaba a la final de la Champions de 2004 como la principal figura del Mónaco. Sus exhibiciones ante Real Madrid y Chelsea y la confianza depositada por Deschamps en que él fuera el jugador que hiciera llorar a los niños fin de semana tras fin de semana, acentuaban aún más que esta final tenía que ser la segunda orejona para el fútbol francés, que Deschamps había conseguido como capitán sólo diez años atrás. El fútbol tiene una cosa llamada lesión que puede cargarse tu moral y tus ganas de seguir luchando por tus sueños en milésimas de segundos. El gran déficit de Giuly era su físico. Era el jugador más bajito de aquella Champions -1’64′- y había precedentes de molestias físicas que le impidieron rendir a un nivel óptimo en determinados tramos de la temporada. En el minuto tres de partido, ante el Oporto de Mourinho, Giuly cae. Cae y no puede seguir. Llora y lloran todos los aficionados monegascos, que observan con rabia como Mourinho se corona como el mejor entrenador de Europa por primera vez, y como su equipo no ha tenido respuestas en ataque. ¿Cuál fue el fallo de aquella final? Muy simple. El Mónaco había iniciado una transformación de su juego, y en dicha transformación, el equipo jugaba para Giuly. Ya no para Morientes, sino para Giuly. Al irse éste a los tres minutos, ni la conversión a Plasil de falso ‘media punta’ ni la garra de Morientes en el partido valieron. El Oporto ganó y Deschamps finalizaría un año después una etapa gloriosa en el Mónaco, en el que había vuelto a poner de moda el 4-3-3 con la invención de un jugador determinante detrás del delantero que a la postre, se acentuaría más dos años después con Benzema en el Lyon.

Didier Deschamps llegó al OM en un contexto muy similar al del Mónaco. El equipo con más ligas de Francia tras el Saint-Étienne acumulaba una racha negativa de 16 años sin conseguir un título, precisamente con Deschamps en aquel equipo. Didier venía de ascender a la Juventus en 2006 y con el aval de haber clasificado a un Mónaco sin muchos recursos a la final de la Champions en 2004. Pero el bueno de Didier lo volvió a hacer, y recuperó la esencia del club, colocándoles entre los mejores de Francia, y de Europa.

El OM de Deschamps fue un equipo vulgar en sus primeros meses. No tenía el sistema de juego bien definido y la brecha entre defensa y ataque era descomunal. Quizás, ese 4-4-2 con Niang y Koné en la punta de ataque no era lo que mejor definía a aquel OM, pero si es cierto que era su sello de identidad. Salidas rápidas potenciando las llegadas de Taiwo y los cambios de orientación de Cheyrou, para atacar la espalda de las defensas rivales, con dos jugadores como Niang y Kone, que son dos puñales en esta faceta.

El principal detonante de este sistema fue que la Ligue 1 se convirtió en una liga muy física, y en la que la mayoría de los equipos le planteaban al OM encuentros en los que los de Deschamps se veían obligados a llevar la iniciativa. Sin tener un conector en tres cuartos, Deschamps llamó a Valbuena y lo intentó convencer para que intentara ser una pieza clave en su amoldado y meticuloso sistema de juego.

Valbuena tenía también una historia peculiar en la nomenclatura del fútbol francés. Criado en Burdeos, cuando llegó al equipo reserva del club de la Costa Azul fue expulsado por su escasa estatura y físico. Estuvo cerca de dejar el fútbol pero años después se convertiría en el fichaje más caro de la historia de la National francesa -Equivalente a la tercera división en España- tras dejar el Libourne en la mejor división de su historia. Deschamps no pidió su fichaje y es más, lo llegó a poner transferible en invierno, pero ante tales dificultades, quiso realizar un experimento que ya le había salido bien en el Principado.

Deschamps volvió al 4-3-3 y le dio responsabilidad a Valbuena para que pudiera sentirse cómodo partiendo desde la banda. Cuando él joven media punta francés explotó en 2009 todos nos imaginamos a Giuly en el Louis II iniciando conducciones y dejando al Madrid fuera de una Champions que la tenía hecha. Pero es que además, Valbuena era un recurso defensivo importante. Se colocó a la altura del lateral izquierdo rival y le dio un equilibrio vital para que el OM redujera el número de goles en contra en aquella temporada. Poco a poco, el OM fue ganando en fluidez y en verticalidad gracias a un jugador que todavía seguía acusando su falta de físico.

Deschamps convenció a Valbuena de que podía ser uno de los mejores media puntas del mundo, y así lo consiguió. Basta ver sus tres temporadas posteriores, en la que consiguió 4 títulos, repartidos en tres Copas de la Liga y una Ligue 1 y en los que Valbuena fue decisivo, aumentando su supremacía en el juego del equipo y provocando aún en mayor medida, que el OM volviera a estar entre los ocho mejores equipos de Europa, algo que no hacía desde 1993.

En la última temporada de Deschamps, juntó a Amalfitano-Ayew-Valbuena en la que se recuerda como otra de sus decisiones claves para el crecimiento del Valbuena media punta. Ahí es donde vimos la permuta Valbuenista, en la cual, vemos a Valbuena actuar por todas las partes del campo, con total libertad y descongestionando con balón los embudos que se crean en las bandas, cuando el OM tiene el balón. En aquel equipo, el hecho de tener a Alou Diarra y M’Bia obligaba a Valbuena a colocarse como un falso medio centro, capaz de lanzar paredes, combinaciones, permutas y diagonales con los jugadores de tres cuartos. Con Rémy y con Brandao, Valbuena se entendió de maravilla. Mientras que con el francés su juego aupaba el notable último pase de Valbuena, con Brandao, las permutas de posición y la maravilla de centro lateral que tiene el media punta francés evidenciaba un jugador capaz de adaptarse a diferentes estilos.

La exhibición en Dortmund en la última jornada de la fase de grupos de la Champions de 2012 es perfecta para entender el liderazgo y la importancia de Valbuena en el OM de Deschamps. Los cuatro títulos y el tremendo rendimiento que le dio Valbuena al OM se diluyó en los años posteriores. Sin Deschamps, Valbuena no ha sido el mismo y sólo en la selección francesa, el jugador francés ha vuelto a ser determinante. Eso sí, con la llegada de Bielsa queremos volver a ver al jugador que maravilló al fútbol francés con su clase y con su calidad no hace mucho tiempo.

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