Histórico
21 junio 2014Jose David López

Pjanic, caviar criado en la guerra

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En los últimos días he entrado en conversaciones valorando las selecciones nacionales de la antigua Yugoslavia. Recordaba junto a Francisco Ortí la Generación de Oro del fútbol balcánico antes de que las guerras, la política nacionalista violenta y la caída del comunismo, hicieran acto de presencia para desmembrar un fútbol académico y preciosista como pocos. Aquella hornada de cracks que dejó su huella repartida en cada rincón durante los años 90, se crió en el Mundial Sub 20 de Chile en 1987, donde levantaron un título que hacía presagiar un dominio continental que jamás llegó y que quedó sepultado por las balas. Genios como Dragan Stojkovic, Dejan Savicevic, Robert Prosinecki, Darko Pancev, Alen Boksic, Robert Jarni o Davor Suker, perdieron la batalla contra las armas, que juzgaron su propia ley y evitaron el éxito de una generación sin igual.

Ahora, más de una década después, con todos aquellos protagonistas retirados, la conversación nos llevó al supuesto caso de una selección balcánica actual. Comparar jamás fue de mi agrado y superar aquellos genios está lejos del alcance actual de países que intentan buscar primero el nivel de competitividad para crecer en base a un estilo definido en sus valores tradicionales. La profesionalidad, el orden defensivo, la velocidad, el fútbol aseado y los llegadores, siguen siendo junto a su físico, las principales cualidades de un modelo que lidera ya Miralem Pjanic.

Miralem Pjanic es hijo de una estirpe futbolística autóctona de llegadores con pierna de seda, cierta velocidad y compromiso en grandes dosis

Cada vez que hablo del pequeño crack ahora romano, llega a mí una frase con toque filosófico pero naturaleza bélica, que podría aplicarse a los miles de niños que tuvieron que superar aquél conflicto: “Educad a los niños y no castigarás a los hombres”. Y es que e pequeño Miralem huyó de su país debido a la guerra de Bosnia, dejando todo lo que tenía en Zvornik (epicentro de la masacre de Srebrenica) y desertando a Luxemburgo junto a su familia. Para Pjanic, el fútbol fue la escapatoria perfecta y el entretenimiento ideal para olvidar aquellas estremecedoras tardes donde la pelota era su único aliado ante el sonido de los proyectiles.

Su padre, Fahrudin, era por entonces jugador del modestísimo Drina Zvornik pero su amor al deporte rey caló muy hondo en su hijo. Cuando el cabeza de familia recibió y aceptó una oferta del fútbol luxemburgués, Miralem siguió sus pasos pues incluso él, desde su inocencia, presagiaba el irremediable destino: “Ahora se dice que nadie esperaba una guerra en mi país pero yo, desde los estadios de Tercera División, notaba ese odio y no podíamos seguir allí”, ha comentado recientemente. Su madre, Fátima, recordaba como si fuera hoy el difícil momento en el que pidió los ‘papeles’ en el club con la intención de liberarse y poder marcharse del país: “No querían darme esa libertad y de no ser porque el pequeño Miralem empezó a llorar, dudo mucho que hubiéramos podido salir del país”, recordó emocionada.

Tras jugar unos meses en el desconocido FC Schifflange 95 con la única aspiración de enterrar malos recuerdos, le llegó una travesía a la esperanza que su padre ya había observado: “Cuando tenía seis años vi en él algo especial y su habilidad para el fútbol era notable. Una noche pensamos que nos estaban robando pero los ruidos del garaje no eran de un ladrón, sino de Pjanic, que no podía dormir y se levantó a jugar a la pelota”. El Metz, un club ascensor de Francia cuya cantera tiene bastante prestigio en el país galo, fue el primero en atarle a sus juveniles y en cuestión de semanas, tras verle un par de partidos,”los scouts no paraban de enviar faxes para contratarle” y con ofertas de PSV, Bayern, Inter y Schalke en la manga, decidió negociar con el Barcelona: “Fui allí a hablar con ellos y justo cuando iba a formarse todo, el club cesó a Rijkaard y pensé que lo mejor para mi hijo era otro alojamiento, con lo que decidimos renovar con el Metz y esperar”.

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Esa campaña ganó el campeonato juvenil, fue nombrado mejor jugador de la categoría y debutó con sólo 16 años ante el PSG. Una semana después fue titular y en cuestión de semanas pasó a ser la ‘perla’ de un club que no pudo resistirse a la jugosa cifra de 8 millones de euros que le puso el Lyon sobre la mesa el verano de 2008. Nominado como uno de los tres futbolistas más prometedores de la Ligue 1, decidió no salir del país donde estaba progresando y crecer poco a poco en el Gerland. Tras una primera campaña con problemas para ganarse su puesto, se convirtió en heredero y valedor del mote de ‘Nuevo Juninho’ en Francia gracias a la capacidad para dominar el balón parado y la similitud técnico-táctica del bosnio.

Pjanic tiene un buen disparo desde media distancia, ha crecido en confianza hasta el punto de exigir ser el lanzador oficial de todos los equipos en los que ha estado. Incluso en la Roma de Rudy García, su actual equipo, ha conseguido robar no pocos lanzamientos al mito Francesco Totti. Miralem ha sido ejecutor primario y responsable de la sobrsealiente temporada de la Roma en la competición casera. Ahora quiere la reválida con su selección, una meta que está en octavos y que pase lo que el fútbol diga. Llegar es una obligación, pero jugar bien debería ser el único soporte para poder alcanzar la fase desivia. Dzeko, él y el equipo. Será un regalo. Un premio para un niño de la guerra, para un niño de los Balcanes.

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