Histórico
27 junio 2014Jose David López

Equipos Históricos: La ópera prima de Brasil en 1970

 

Para abordar la confección de este equipo histórico tenía pensado hablaros de Rio de Janeiro la “cidade maravilhosa”, del Sol de Copacabana del Pão de Açúcar, de las arenas blancas de Ipanema, de la mujer brasileña, “Diosa de la sensualidad”, de su belleza exótica, de sus caderas, “Patrimonio natural”, de aquel Corcovado abriendo sus manos al cielo. Tenía pensado también hablaros del Amazonas, “Pulmón del planeta”, de la Samba, la Bossa Nova, de la música de Ary Barroso, de Joao Gilberto, de la voz de Elis Regina, de la inspiración mística y el estilo sencillo de la literatura de Paulo Coelho, de las manos de Ayrton Senna, de las “bicicletas” de Leónidas, de la maestría de Zizinho, de la sabiduría de Nilton Santos, de la improvisación de Garrincha, pero no encuentro nada parecido a aquella metáfora futbolística que nos brindaron Pelé y su equipo en el mundial mexicano. Fue simplemente “Brasil 70.

Y es que lo que pudimos ver en video los que no tuvimos la oportunidad de vivirlo siempre hemos tenido la sensación de que esos once brasileños jugaban a otra cosa. Pero como suele suceder en el caso de los genios, una obra cumbre suele surgir del caos y en el caso de la selección brasileña del 70 sucedió así.

Esta Brasil del 70 representó algo más que una idea de fútbol o un resultado, fue el deporte hecho arte, sin más inteligencia que el placer de jugar y gustar

Resulta cuando menos paradójico un hecho que me llama poderosamente la atención, y es que si en el especial que le dediqué a la “Naranja Mecánica del 74” ya pude constatar que no fue nada fácil llegar a tan majestuosa exhibición de juego, en el caso de esta selección brasileña que maravilló al mundo cuatro años antes, también tuvo que superar serias dificultades para concebir una obra de tal magnitud y majestuosidad futbolística. Es cuando menos curioso que dos de los grandes equipos de la historia surgieran del conflicto interno pero de la misma forma no podemos olvidar que surgieron entre otras cosas de la cabeza y los pies de dos genios, en el caso de Brasil, de Pelé, y en el caso de Holanda, de Cruyff.

Y es que aquella selección canarinha llegó a la cita mexicana con la presión añadida de no haber cumplido las expectativas en Inglaterra 66. Además Brasil llegaba con nuevo técnico debido a la destitución de Joao Saldanha, que consideraba que Pelé no estaba en condiciones físicas óptimas, y por tanto no se planteaba solo su posible salida del titular sino su presencia en aquella cita. Es cierto que O’rei pasaba por un bajón físico, natural por otra parte puesto que la edad y sobre todo los partidos se acumulaban en su cuerpo. Y aunque muchos pudieran pensar lo contrario era humano, Edson desde aquella aparición mediática con 17 años en Suecia se había acostumbrado a llevar el peso del nº1 del mundo y de Brasil sobre su espalda pero la acumulación de partidos era sobrehumana.

Como la Holanda del 74, esta Brasil nace de un conflicto interno entre Pele y Saldanha que acaba, obvio, con el seleccionador fuera de su puesto

Por ello no me gustaría tampoco señalar a Saldanha como el “malo de la película” (tenía parte de razón e hizo un gran trabajo en la selección) pero hablando de Pelé la perdía por completo. Pelé era la bandera, era Brasil y el propio futbolista era consciente de ello. Por ello se preparó concienzudamente para la cita, mejoró en el aspecto físico y se colocó los galones para dirigir mentalmente y futbolísticamente a aquella selección. La razón principal para que Havelange cesara a Saldanha fue esa pero también hubo otras razones políticas encubiertas. Afortunadamente el elegido fue Zagallo (compañero de Pelé), que conocía a la perfección al crack brasileño y a todos y cada uno de los componentes de aquel equipo. Por si todo esto no fuera suficiente apareció el general Garrastachu Medici, el dictador de turno que impuso la presencia del delantero Darío en el equipo, en contra del criterio del seleccionador y de los jugadores.

Con todo ello se llegó a la cita con la incertidumbre de no saber hasta dónde podía llegar ese magnífico grupo de futbolistas que convocó Zagallo. Y digo bien, grupo de jugadores porque hasta entonces no eran conscientes de que estaban construyendo al mejor equipo de la historia. Todo comenzó un 31 de mayo de 1970 en la Ciudad de México, en el Estadio Azteca. Aquel día México y la URSS dieron el pistoletazo de salida con empate sin goles a uno de los mejores mundiales de la historia. Un mundial en el que Pelé y la canarinha hicieron una oda al espectáculo, con aquel armonioso baile de posiciones, con aquellos tres virtuosos en la zona media como Gerson, Clodoaldo y Rivelino, y con cinco futbolistas en el once inicial de carácter muy ofensivo a los que hoy podríamos encajar a la perfección en la mediapunta. Cinco geniales números diez como Pelé, la cabeza del Santos que jugó donde quiso, Rivelino, del Corinthians, que hizo de extremo zurdo, Tostao, del Cruzeiro, que hizo de delantero, Gerson, del São Paulo que hizo de mediapunta y, Jairzinho, de Botafogo que hizo de extremo diestro.

tostao

Un equipo que fue solidario y que basculó sobre el césped de manera genial, trabajando todos con el balón y consiguiendo que Pelé fuera la joya de un equipo en el que la genialidad era la norma y no la excepción. Aunque ya se ha repetido hasta la saciedad y sobre el “Fútbol Total” hay mucho escrito, estos brasileños lo tenían en su espíritu en sus transiciones, en su forma de jugar y buena prueba de ello es aquel cuarto gol en la final ante Italia, todo un manual de fútbol ofensivo, de movilidad, de inteligencia, de incorporaciones, de sentido de equipo. Y es que era un auténtico goce disfrutar con las incorporaciones de los laterales, Carlos Alberto y Everaldo. Además en la zona central de la zaga encontrábamos a  dos excepcionales defensas que aportaban calidad y seguridad: Brito (contundente fuerte y atlético) y Piazza (muy inteligente tácticamente y muy seguro), no se quedaban atrás.

Nos dejaron momentos para el recuerdo en cada partido en un Mundial en el que la televisión había llegado con fuerza y propició que las imágenes de aquella orquesta verdeamarelha dieran la vuelta al mundo. En esta ocasión no era fruto del mito, de la leyenda o la imaginación sino que aquel fútbol de ensueño era realidad, lo estaban viendo. Era el fruto de un equipo inolvidable y de un jugador único que nos regaló momentos como aquel lanzamientos desde el centro del campo ante Checoslovaquia, en el que Edson estuvo a punto de hacer inmortal a Víctor, el portero checo. O aquella maniobra de otro planeta (para mí lo mejor que he visto en fútbol) en la que Pelé recurrió a un engaño que solo podía salir de la cabeza de un genio. Y nada menos que ante el portero uruguayo Mazurkiewicz, uno de los mejores guardametas de la historia, y en el mano a mano una leyenda. Dos acciones que no acabaron en gol pero que han quedado grabadas en la memoria como si lo fueran. Y es que la forma siempre saldrá vencedora ante cualquier otro tipo de planteamiento si hablamos de generar fascinación y recuerdos imborrables en los aficionados. Brasil fue un constante goteo de fútbol de alta escuela, de momentos únicos.

La trayectoria de Brasil, durante el torneo, fue apabullante también: encontraron la forma y la calidad hizo lo demás

Ya en la primera fase los brasileños demostraron su superioridad goleando 4 a 1 a Checoslovaquia y derrotando a Inglaterra y a Rumania. En cuartos pasaron por encima de Perú, (4 a 2) y en semifinales hicieron lo propio con Uruguay (3 a 1). Su imparable trayectoria concluyó el 21 de junio de 1970, cuando en el estadio “Azteca” (México DF.) jugaron la final en la que salieron campeones. El encargado de dirigir el choque fue el colegiado alemán Rudy Glockner. Y 108.000 espectadores fueron testigos de la culminación de un sueño futbolístico, su obra cumbre. El director técnico Mario Lobo Zagallo puso en liza al siguiente y legendario once: Félix; Carlos Alberto (capitán), Brito, Piazza, Everaldo; Clodoaldo, Gerson; Jairzinho, Tostao, Pelé; Rivelino. Por su parte el director técnico italiano Ferruccio Valcareggi puso en liza al siguiente y también extraordinario once: Albertosi; Cera; Burgnich, Rosato, Facchetti; Mazzola, Bertini, De Sisti; Domenghini, Bonisegna (capitán), Riva.

pele

Brasil se encontró con una Italia que hasta ese momento había hecho un gran Campeonato y que llegó incluso a poner las tablas en el marcador al igualar Boninsegna, el gol de cabeza de Pelé, pero luego el fútbol-samba de aquella apisonadora brasileña, desplegó todo un festival de buen fútbol y goles. Brasil derrotó a Italia por 4 a 1, con goles de Pelé, Gerson, Jairzinho y del defensor Carlos Alberto. Pero me quedo con aquel cuarto gol en el que el equipo brasileño interpretó a la perfección el mejor homenaje conocido hasta la fecha a un deporte inglés que los brasileños se empeñaron en convertir en arte. Todo ello en un Mundial en el que el nivel futbolístico que exhibieron las selecciones fue sensacional, que además destacó por la corrección y el juego limpio, en el que no hubo un solo expulsado y en el que en definitiva triunfó el fútbol con letras mayúsculas Fue la culminación a una concepción futbolística que iniciaron el mulato Arthur Friedenreich y “El diamante Negro” Leónidas da Silva en aquellos inicios del fútbol brasileño.

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