Histórico
7 junio 2014Jose David López

Borussia Dortmund: Gundogan, el calvario sospechoso

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Por José David López (@elengancheJD)

Post actualizado, pero publicado el 7 de junio de 2014.

Casi 15 meses sin andar. Casi 15 meses perdiendo las amistades que uno creía cercanas. Casi 15 meses sin respuestas ante unas preguntas repetitivas que retumbaban en mi cerebro cada larga madrugada. ¿Qué me pasa? ¿Se solucionará? ¿Por qué me ocurre? Era un adolescente común, tan fiestero como hiperactivo, tan frenético como inmaduro pero, sobre todo, alegre y con un nivel de auto-exigencia alto en todo momento. Una mañana, en plena actividad laboral (trabajé desde muy joven en tiendas para pagarme estudios y alquileres) después de semanas donde mi búsqueda de opciones periodísticas no veía luz y seguía destrozando mi autoestima interior, mi cuerpo decidió frenar por mí. La carga mental superaba cualquier capacidad e, instalado dentro de mí desde hacía mucho tiempo, acabó por arrebatarme la libertad y castigarme vilmente. Hermanado a constantes problemas de migrañas y auras desde muy pequeña edad, sí era habitual pasar semanas metido en la cama a oscuras por absoluta incapacidad para mantener equilibrio. Acostumbrado a esos parones cada cierto tiempo, aquella mañana la sensación fue más impactante, letal, angustiosa. Mi pierna izquierda no respondía…

Superado mentalmente por una desconocida falta de movilidad en esa zona, no era capaz de mantenerme con solidez, al tiempo que la cabeza me explotaba y el mareo se instalaba con colchón en mi cabeza. La pierna había cedido, perdía movilidad de manera incomprensible y no era capaz de soportar el peso para andar. Solo podía agarrarme a las paredes. Llegué hasta una escalera en mitad de la tienda en la que trabajaba y, apoyado, un cliente me preguntó asustado. “¿Te encuentras bien?”. Mi respuesta debió ser tan estremecedora, que el chico bajó rápidamente a avisar a mis compañeras y en minutos estaba camino al hospital sin recordar lo acontecido. Aquella fue la primera mañana de cientas en las que dejé de ver sentido a muchas cosas. Estar parado era sufrir, desesperar, enloquecer sin mayor anhelo que el paso del tiempo en busca de una milagrosa recuperación. Decenas de médicos, pruebas, pinchazos, noches ingresado y gastos familiares para saciar cualquier temor ante previsiones de enfermedades más drásticas. Nunca se supo que ocurriría, pero pasar 15 meses angustiado, sin conocer tu panorama y siendo un adolescente ‘lisiado’, golpeó mi personalidad. La homeopatía y un especialista coreano con singulares métodos consiguieron que levantara el vuelo. Mientras, el neurólogo se atrevió a dudar de la veracidad de mi personalidad tras usarme casi de cobaya ante su incapacidad para afrontar un diagnóstico insospechado. Saldría adelante pero muchos, muchísimos, jamás me creerían… Momentos que me marcaron y que, en plena fase de duda, atravesó, a su manera y hasta hace muy poco, Ilkay Gundogan

El mediocentro turco-alemán perdió la fuerza en sus piernas y dudó incluso sobre la continuidad de su carrera profesional debido a un problema de espalda que, tras 7 meses, nadie acabó de creer por completo

El mediocentro turco-alemán del Borussia Dortmund (que pese a muchas dudas en sus primeros partidos, fue contratado desde el Nurnberg con la única mentalidad de suplir la marcha del también turco-alemán Nuri Sahin cuando éste fichó por el Real Madrid), se ganó elogios en apenas unos meses. Su estupendísima campaña pasada, donde con creatividad, equilibrio y una capacidad innata para organizar a uno de los equipos más vistosos del planeta, fue capaz de hacer olvidar cualquier otro jugador fantasioso desde la base de la jugada, le encumbró mucho más allá de lo esperado. Ofertas de los mejores clubes del planeta, internacionalidad con la Alemania más fantasiosa de los últimos lustros y rozar la Champions tras una fase espectacular donde su aportación fue clave en el engranaje amarillo, ampliaron la aureola estelar que le cubría. Una manta de oro y brillantes que le situó en el podio de los jugadores más valorados del curso y que apuntaba a recuperar ese rol casi extinto que extermina rivales con la fuerza de la posesión y la inteligencia del talento.

Gundogan acabó la temporada convertido en uno de los mayores exponentes creativos para la zona medular en la élite, pero empezó a ser perseguido por una peligrosa sensación que, cómoda en su entorno, lleva acosándole más de 7 meses. Su sombra no tenía forma, su sombra no tenía cara, su sombra no tenía respuestas. Pero, sobre todo, su sombra es invisible para los demás. Porque nadie veía sus molestias ni conocía sus dolores, porque nadie era capaz de profundizar en la realidad de sus eternas madrugadas. Se tocaba la espalda a todas horas. Intenta buscar algo, malo o bueno, dubitativo o desgraciado, pero algo. Una tirantez, una presión y un desgarro letal, pues allí, en la espalda, radica la base de tan alargada sombra. Desde agosto de 2013, Ilkay no está, no sonríe y no habla. Nada más empezar la temporada con la ilusión de un año que apuntaba a grandes retos en el Westfalen, la jornada de amistosos internacionales que representaba una vez más su estatus creciente como parte de la poderosa nómina de Joachim Low (al contrario que Sahin, sí decidió jugar con los alemanes y no turcos), le citaba con Paraguay. Pero el infortunio de una cita intrascendente en lo competitivo, se cruzó en su camino.

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Sin avisar, por sorpresa, de repente. Un roce por el suelo, una sensación gris y una mirada al banquillo. La espalda le frenó en seco, no le permitió dudar, algo recorrió su cuerpo y le hizo notar tanta frialdad que asumió precauciones durante varias semanas. El cuerpo técnico no tenía clara la procedencia de su molestia pero Gundogan aseguraba que era insostenible y que iba en aumento. Una primera revisión parecía anunciar unos cuantos días de calma, tranquilidad y reposo para recuperar la zona dañada. Pero la levedad pasó de largo y, como en sus peores previsiones, el turco-alemán acabó pálido cuando, semanas más tarde, donde casi no podía ni andar, recibió el diagnostico que apuntaba directamente a sus vértebras inferiores. Allí, no solo residía la molestia actual, sino que nacía el origen de una merma física que durante años había estado en silencio para explotar en el momento más inesperado (con un desgraciado amistoso que exacerbó el cabreo de Jurgen Klopp y el Borussia Dortmund con la federación alemana). Desde entonces, el vacío. El calvario insospechado.

“Sufrió para mantenerse en pie, para estar sentado e incluso cuando debía atarse las zapatillas. No podía mover las extremidades inferiores, se le pararon, dejaron de tener fuerza y la sensación de ‘hormigueo’ era constante”

Porque durante varios meses, Ilkay vivió los peores momentos de su vida. Esos en los que no hay explicación a nada, en los que solo se multiplican las dudas y en el que, además, por ser un jugador deseado para cualquier gran proyecto de futuro, se generan constantes debates acerca de la veracidad de aquello que le tiene ‘enfermo’ de cuerpo y mente. Y mientras se hablaba de una oferta oficial del Manchester United, del encanto del Real Madrid y hasta del desespero acumulado ya en las oficinas del propio Dortmund, le llovían los críticos. Incluso le siguen lloviendo. El director deportivo dortmuner incluso admitía que se duda “de su historial clínico” y solo sus padres, más sinceros y directos, han dado a conocer los entresijos de su sufrimiento.

“Sufrió para mantenerse en pie, para estar sentado e incluso cuando debía atarse las zapatillas. No podía mover las extremidades inferiores, se le pararon, dejaron de tener fuerza y la sensación de ‘hormigueo’ era constante”. Una mínima prueba de una etapa que quiere, por fin, borrar de su cabeza, pues temió seriamente por perder definitivamente la convicción cuando algunos rumores de prensa citaron la opción de invalidez al no responder sus piernas a las órdenes cerebrales. Sus peores noches, aquellas que ha desvelado, le llevaron a admitir que el final de su carrera deportiva estaba más cerca que nunca. Una carrera llena de adversidades. Una carrera que, más de un año, aun no ha recuperado su plenitud pero sí al menos la luz. El calvario toca a su fin. Las sospechas (lo sé por experiencia) y la inseguridad nunca lo harán…

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