Histórico
22 junio 2014Rocío García

Bélgica: Talento y deberes al amparo de Wilmots

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Por Rocío García (@Roo_GR)

Caía España en primera fase y uno de esos bares de moda que aparecen de la nada, como si el Mundial fuese motivo para llenar bares, empezaba a vaciarse. El hincha que primero había animado a Chile creyendo que era España por el hecho de vestir de rojo y, más tarde, había subsanado su error con un claro “ah, los blancos son Paraguay” presenciaba insatisfecho el juego de su equipo. Entre sus quejas, el hambre -desconocemos si la propia o la de los jugadores-. O como justificación, alegando al cansancio y las ganas de irse a casa de los jugadores. Como si un mundial fuese el patio del recreo, como si no fuese cada cuatro años, como si no fuese algo inmejorable, histórico, único y el motivo por el que seguir y mejorar y aspirar a más. A lo más.

De eso sabe Wilmots. Bajo esa orden infantil de hacer los deberes antes de ir jugar. Él los hizo antes de Brasil y ahora toca pasarlo bien. Él clasificó a su equipo y jugó a unir piezas hasta hacer un puzzle aparentemente perfecto. Como cualquier niño hoy día, más tarde, se cansa de ser niño y quiere más. Y quiere ser mayor y hacer lo mismo que sus hermanos clubes. Wilmots debió hacer bien los deberes, pedir por favor y encender la consola. Insertar el FIFA y apretar fuerte los botones. En su juego ellos no entendían de cansancio ni de volver a casa. De hecho, aún no lo entienden.

Wilmots construyó un equipo que, durante la clasificación, fue perfecto y ahora rinde cuentas a las expectativas creadas; se trata de ser niño o ser mayor, en realidad

Bélgica no es (seguramente ni pueda serlo) revelación. Bélgica es un 4-2-3-1 de títulos y lucha. A veces, 4-3-3, haciendo flexible su idea. A los de Wilmots no hace falta estudiarlos en el álbum de Panini, analizar en guías o ensayar pronunciaciones. Ellos son los de todos los fines de semana, los de la Premier y los de aquí, ordenados estratégicamente y para probar un todo con partes sublimes. Bélgica son estrellas formando un todo que aún no supo de mundiales. De doce años de aquella última vez y de dos citas por televisión, soñando qué y esperando cuándo. Ahora el turno llega para ellos. Esos Courtois, Hazards, Kompanys o Van Buytens que han luchado y peleado por las mejores ligas y por los campeones. Ellos, que representan ganar la Liga en España, la Bundesliga, la Premier y luchar por la Champions. Ellos, rebelándose contra los de siempre y reclamando a gritos su hueco en la cita, cada cuatro años. Reclamando en toques de balón que no pasarán doce más.

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El puzzle de Wilmots tiene piezas (y de qué calibre) de repuesto. Recambios de la calidad de lo del campo: de la misma o más, que para eso lo llaman revulsivos. Una caja nueva por estrenar, por combinar, por encajar. Y un fin: el Mundial. Allí, donde el fútbol es más imperfecto que de septiembre a mayo y hasta los campeones caen. Donde La Roja y los Lions tuercen el camino ante los pequeños y se rehacen los planes una y otra vez. Las de Wilmots son, casi todas, aún jóvenes. Nuevas caras, casi sin usar, sin comparación ante los que llevan años siendo imágenes del inicio del verano. Lejos de los Pirlos, Gerrards, Kloses o Mondragones, expertos y antiguos incluso, Bélgica peca de juventud, siempre con alguna excepción para confirmar la regla y saltarse, sin embargo, la norma de que los mundiales se ganan con veteranía y saber estar. Pero también con juego. Sólo caben dos posibilidades: que estos jóvenes hayan cambiado el acné por las canas de repente o que lo anterior fuese una falacia cultivada por la nostalgia de los mayores.

Como cualquier plato nuevo, Wilmots tiene los ingredientes, esa obligación infantil de que “si te gusta el pescado y las patatas, cómete el guiso”, como si fuese, acaso, parecido. El Mundial es la receta nueva por perfeccionar para devorar con champagne, pero, con los deberes hechos y las expectativas creadas, Bélgica merece disfrutar de la cena. Y apurar el postre.

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