Histórico
8 mayo 2014Fran Alameda

Selecciones: Oposiciones a mí país

delbosque

Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

Suele decir Manuel Alcántara (y quien no lo conozca que lo lea, incluso con permiso para detener esta lectura aquí) que le gusta escribir de lo que al día siguiente se hablará en la taberna. Manolo, gran bebedor y mejor persona, fermenta su texto las cuestiones trascendentales dando la justa dimensión bañada de un dandismo que uno, optimista para parecérsele, aspira a que sea cosa de los calendarios y no de la persona. Los cambios en la tecnología permiten ya la tertulia de cafés y también las de Twitter, donde se pueden recoger llamaradas de pensamiento que puede convertir uno a ideas (y que me perdone Arcadi Espada).

Ayer surgió el debate sobre la convocatoria de Brasil que dio Scolari. Ya sabrán: en España hay una gran tendencia al profesionalismo de opinar y hay aproximadamente los mismos millones de médicos que de entrenadores, abogados o políticos, entre otros oficios de la cosa popular, que ni siquiera pública. La cuestión rápidamente derivó en la (in)justicia –poética, futbolística, qué se yo; todas parecen la misma cosa cuando aparece el sujeto opinante– de no haber llevado a Miranda y Filipe Luis como si ir a una selección (equipo) fuese cuestión de acudir a unas oposiciones donde, sencillamente, ganan los mejores en función a parámetros muy concretos (je, je). En realidad, el concepto selección va más allá del mérito temporal del que se habla en estos casos. La selección se une al concepto equipo, o sea, a la de plantilla confeccionada para ganar. Con sus roles, sus relaciones y su vida propia y no con la entelequia de los mejores (¿cuándo mejores?, ¿en qué sistema mejores?, ¿con quién se llevan mejor?, ¿qué hacen mejor o distinto que el que juega en la misma posición? Y un eterno etcétera de matices).

La base para entender una convocatoria es saber que una selección no son unas oposiciones: los jugadores no son resultados fríos de un test que corrige una máquina

Scolari, como Del Bosque en España, utiliza recursos de equipo. Soldados propios para una confianza que uno no tiene tiempo de ganarla en tres semanas de preparación. El Mundial se cae encima sobre los seleccionadores como el plomo sobre los pies. Las decisiones son cortas y grandes, nimias y trascendentales, pero no justas o injustas. La empeñada meritocracia es subjetiva y, ya que estamos, injusta. Atiende a valores que conocemos con menor precisión todavía que en un club, donde sí juega (suele) el que mejor está y no siempre el que mejor es, fundamental escisión desde que en primaria enseñan el verbo to be. Pararse en ejemplos conviene a minucia, por cierto, o la selección española, el ejemplo más cercano, iría sin jugadores del Barça, salvo Iniesta.

El fútbol, ya lo habrán leído y lo sabrán, no es un fenómeno matemático. Suficiente argumento para eximir la justicia de cualquier discusión. En el fútbol, como dice Martí Perarnau, el que gana no tiene razón ni el que pierde deja de tenerla. Se sufre o se disfruta. Sin más (¡como si fuera poco!). Porque donde dice “a” y viste de blanco es “c” cuando viste de rojo y “h” cuando se sienta en el banquillo. Cohesionar una idea aglomerando hombres desconocidos es un verdadero milagro y estos solo existen, verdaderamente, en las oposiciones a mi país.

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