Histórico
24 mayo 2014Rocío García

Real Madrid: La décima historia que escribir

madrid

Por Rocío García (@Roo_GR)

Me enfrento al folio en blanco como si de verdad pudiésemos volver atrás, poner cámara lenta y revivirlo todo. Como si de verdad pudiesen explicarse las emociones o la infancia. Aquellos años creíamos que Europa era sólo España. Que Europa era, incluso, Madrid. La final de la Champions con la misma cercanía que la Copa del Rey; porque la Champions, un año sí y otro no, se celebraba en Cibeles. Así pasé yo mi infancia, rodeada de hermanos y amigos que eran incapaces de ser de otro equipo que no fuese el Real Madrid. Porque el Real Madrid era Europa y era ganar y generar mucha atención. Y cuando uno es niño no quiere analizar partidos y entender por qué mejor doble pivote, por qué ese pase o qué pasaría si. Uno quiere ganar. Ganar y celebrarlo. Usar la camiseta diez días seguidos. Tener una excusa para irse a la cama tarde un día de diario, cayendo rendido aún con la bufanda del equipo, la camiseta e incluso, por qué no, los guantes de un portero que, con 18 años, sabía qué era conquistar un continente. La pasión, entendida como aquellos años, era el principio de ser adulto: llegar al colegio tarde y frotándose los ojos porque ayer la noche fue larga. No hemos cambiado tanto.

“Cuando éramos reyes”, canta Quique González. Lo eran ellos. Illgner, Panucci, Hierro, Sanchís, Roberto Carlos, Seedorf, Redondo, Karembeu, Raúl, Mijatovic y Morientes. Eran reyes por la victoria anhelada en la guerra por un continente. El once de gala dirigido por Jupp Heynckes. El “este año sí”, el “sí se puede” a gritos en Ámsterdam. Era 20 de mayo de 1998 y el Real Madrid, treinta y dos años después, volvía a ganar una final en Europa. Un gol de Mijatovic en el minuto 66 contra la Juventus devolvía el sueño a Cibeles. Sería solo el principio. La primera página de una historia que no estaba escrita y que se estancaría tras el capítulo nueve, siempre a medio hacer, con inspiración insuficiente y ganas de un buen final.

El Madrid mide, con la historia en los bolsillos, la ilusión de un rival que solo entiende de victorias, pero solo se ha visto en una de estas

A todo lo bueno se acostumbra uno. También a ganar. El Real Madrid no esperaría mucho. Dejar pasar un premio que el Manchester United había logrado en el Camp Nou y seguir. Sin prisa. No esperaría tampoco su fuente y sus ganas de celebración. No más de dos años. Europa volvía a ser España. Era España en un país vecino y en el Stade de France, en Saint Denis, merengues y chés peleaban esta primera Champions del nuevo siglo. Un jovencísimo Iker Casillas, con los 19 recién cumplidos, ya asomaría la cabeza que posaría en la siguiente en la historia del Madrid. Delante de él: Salgado, Karanka, Helguera, Iván Campo, Roberto Carlos, Mcmanaman, Redondo, Raúl, Morientes y Anelka.

 El Real Madrid en un juego inverosímil de año sí, año no, volvía a levantar la copa en 2002. España se había malacostumbrado. Era un acontecimiento más y el cosquilleo, seguro, había desaparecido, como desaparece siempre cuando conseguimos lo que queremos con cierta frecuencia. Los blancos sufrirían, como en las victorias que merecen ser recordadas. Y se ampararon en la legendaria versión de Casillas, que se encontró con la lesión de César y la gloria delante de sus reflejos. De reto inesperado a exhibición recordada. Como si fuese la última vez y la imagen que quedaría doce años después buscara una repetición, tanto en equipo como en Casillas. De suplente al cielo. Era 15 de mayo de 2002. Play, pause, replay. Revivir la volea con la que Zizou congeló el tiempo. El 2-1 ante el Leverkusen que sellaría el standby de finales de Europa. Real Madrid, rey de Europa. Tres veces, seis años. Hasta hoy.

casizizu

De esto sólo queda lo que fueron. Lo que somos, en realidad. La historia no la escriben tanto los que vencieron sino los que quisieron formar parte de ella. De aquella Europa de oso y madroño queda hoy, sábado, 24 de mayo y la conquista de Lisboa. Las entradas a un precio que pagan aquellos a los que el 2002 le resulta lejos y el sitio en el sofá para los que no recuerdan siquiera haberlo vivido. El lunes, Madrid, pase lo que pase, tendrá niños que quieran ser héroes en el recreo y que usen la camiseta una y otra vez. En Madrid habrá fiesta y despertará de resaca, como tantas otras veces. Y las fuentes lucirán ropa nueva: las equipaciones, sus equipaciones. La de Cristiano Ronaldo o la de Gabi, la de Casillas o la de Courtois. Courtois, otra vez un portero que Madrid ve crecer y defender los palos como si la vida le fuese en ello. Porque le va la vida en ello.

El fútbol era esto: no entender la vida sin el fútbol ni el fútbol sin la vida. Los recuerdos de cuando una vez fuimos niños o la primera borrachera, aquel mayo, cuando con 16 años cualquier excusa era buena para salir. Salir y gritar. Celebrar las victorias como si fuesen propias. El fútbol, dijo Galeano, es esa religión que no tiene ateos. Y hoy es de todos, veteranos, noveles. También niños. La excusa de la familia y las calles vacías desde Las Ventas, seguro, hasta Chamberí. De la inocencia de querer ser héroes y de la nostalgia de los que ya lo han sido. De la décima, esa promesa a medias que persigue a los de Ancelotti como una obligación (que no maldición, al fútbol se juega con la cabeza y con los pies, sin dioses). La obligación de ser sublimes hoy y de vencer a un equipo que sólo sabe (y quiere): ganar, ganar y ganar. Reto para campeones y pasado como enseñanza.

También te interesa: Los días en los que la Cibeles fue ‘atlética

Síguenos en Twitter y Facebook

Contacta con El Enganche




Nuestras redes sociales

 

Contacta con nosotros

Puedes ponerte en contacto con El Enganche a través de este formulario.

Envíanos tus consejos, dudas, quejas o sugerencias para ayudarnos a mejorar. Rellena el formulario y haznos llegar tu mensaje. #yosoyenganche