Histórico
15 mayo 2014Fran Alameda

Benfica-Sevilla: manidas y medievales maldiciones

garay

Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

Cuando el ser humano se pone tradicionalista se vuelve insoportable. Comienza a pintar ese retablo de impresiones que algún día, por pasado que fue, eran importantes y hoy resultan un componente no solo zafio, sino inexplicable desde cualquiera de las posibilidades que la razón tiene.

Hace dos semanas entré en la peluquería de mi barrio. En la parte posterior al sofá de espera se encuentra un cuadro que representa el fenómeno Phi (la ilusión óptica que genera movimiento continuo y aparente), parte ya intrínseca de la peluquería y no tanto del atrezzo. Llegó un chico pelirrojo de aproximadamente cinco años. Quizá pudiera tener diez, porque uno se aleja de la edad y comienza a no separar más que por canas (otra injusticia, por cierto). El niño se quedó mirando el mencionado cuadro y casi cae al suelo del mareo. Su madre le dijo que aquello, en realidad, estaba quieto y eran nuestros ojos los que fermentaban el movimiento. El chico se acercó y se alejó, sus dudas eran tal que incluso se enfadó. Era incapaz de comprender por qué el movimiento evidente no era movimiento, sino quietud, su antónimo.

Resulta tentador atribuir la victoria del Sevilla a Bela Guttman, pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre y no por lo que parece que son

Ayer, entre los narradores y las redes sociales, se desató de nuevo el fantasma de Bela Guttman, el entrenador que maldijo (si esto existiera) al Benfica con perder todas las finales de los próximos cien años. Y de qué manera. “Beto Guttman”, como metáfora de una final, parece una comparación de gatillo fácil, pero marcado acierto comercial. Atribuirle el mérito a una leyenda sin pies ni cabeza para quitárselo al portero del Sevilla (¡por ejemplo!) es pensar por debajo de lo que podría hacer un perro (o sea, nada), utilizar un recurso gracioso para convertirlo en teorema. De esta manera, cada vez que se presente el Benfica los titulares volarán hacia una profecía inocua (como todas las profecías) que alargar o derrumbar. Al final, cualquier excusa parece fácil para evitar hablar de fútbol. Quiero decir: de lo que pasó en el césped.

Al Benfica se le pudieron contar hasta cinco ocasiones manifiestas (también al Sevilla, ojo) y más de diez disparos que fueron repelidos por Pareja y algún estorbo más del área de Emery, que se dedicó a achicar como si estuvieran a punto de ahogarse. Los Rodrigo desactivaron la puntería y Gaitán o Pereira no supieron acertar. Razón pura. De la misma manera que los penaltis no son una lotería, los fallos del Benfica (y los aciertos del Sevilla) no vienen marcados por una declaración despechada de un tipo que, además, volvió al equipo portugués tiempo después de haberlo maldecido. Qué perogrullo y qué obviedad, pero que necesario, a veces, es eliminar caricaturas que convierten en leyendas a causas y consecuencias. A veces, como el niño frente al cuadro, lo que vemos no es la realidad, sino simplemente nuestra realidad. Si no chocamos contra la razón, decía Einstein, nunca llegaremos a nada.

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