Histórico
29 mayo 2014Rocío García

Heysel, 1985: La tragedia que persiste

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Por Rocío García (@Roo_GR)

En un pase largo de Platini a Boniek, Gillespie se interponía para derribar al de la Juventus. Forzó un penalti que Platini convirtió y acabó siendo el único gol del partido. Un gol de trámite. Un gol, la máxima expresión del fútbol, convertido en trámite de sentimientos. Era el minuto 57 en el estadio de Heysel, Bruselas, y aún quedaba casi un tiempo entero por disputar. Habían dejado de pensar en los goles, en rematar, en correr. Las tragedias pasan así. Despacio. A una cámara lenta que va a toda prisa. Como si en esa película de miedo en la que somos protagonistas no hubiese que conformarse con saber que todo va a acabar mal sino con ver cómo pasa, segundo a segundo.

Los sueños del Liverpool y la Juventus se convirtieron en esa pesadilla que se repite antes de dormir en las mentes de los 60.000 espectadores que querían gritar en Bélgica. Y gritaron. Pero no de satisfacción, de felicidad, sino de miedo. Como si al abrir los ojos devoraran el terror y al cerrarlos el terror los devorara a ellos. Era 1985 y el final de la Copa de Europa no era sólo eso, una final. Se había convertido en una Guerra Fría, en un quien puede más, en la oportunidad de los italianos de demostrar que estaban al alza, tras ganar el Mundial en 1982. El resultado, los hooligans contra los ultras y Europa, o su representación de Europa, como trofeo.

El partido, pese a heridos, muertos y tragedia en general, continuó, en un estupendo ejercicio de cinismo y ausencia de piel, un lamentable show que marcó la historia del fútbol

La guerra dejó de ser fría para acabar helando a todos. Aún quedaba una hora de partido cuando los aficionados del Liverpool comenzaron a arrojar objetos y abalanzarse sobre los italianos. Aquello no era un episodio más de fanatismo, de nervios y de finales en Europa, sino el fanatismo sobre el fanatismo, el animal sobre el ser humano. Algo estaba pasando: la grada cedió y cayeron. Introducción al caos. Los ultras trataron de alejarse tras la avalancha, acercándose hacia las vallas del estadio, sin salidas de emergencia, sin posibilidad de escape, sin forma de salvarse. Miles de personas se agolpaban ante las vallas en una avalancha que dejaba más de seiscientos heridos. Treinta y nueve muertos. Salvo siete, todos aficionados del club italiano agrupados en la zona afectada.

El show debía continuar. La final debía jugarse. Los dos mejores equipos del momento tenían que demostrar que, además de jugar al fútbol, no tenían piel y la tragedia no tenía que ver con ellos. Olvidar que ahí, más allá de las líneas que delimitaban el terreno de juego, el escenario era otro: policías belgas, heridos e incluso cadáveres que todavía no habían sido recogidos. El show tenía que continuar, decían, para que la situación no empeorase. El fútbol se había convertido en algo más importante que la vida. Y ellos, en el campo, querían que fuese el tiempo el que corriese. “Quería acabar el partido e ir con mi familia, asegurarme de que estaban bien”, aseguró Ian Rush. Había dejado de importar el resultado: acabar era la mejor victoria.

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Lo ocurrido en Heysel removió conciencias. Se revisaron los estadios, se arreglaron, se revisaron las vallas y se prohibieron en caso de peligro. Heysel se convirtió el Rey Balduino, tratando de borrar así los peligros pero también ese punto negro en la historia que muchos aún no ha superado. De los fanáticos, esos hinchas de manicomio, que decía Galeano, se supo que algunos fueron a la cárcel. Otros, siguen ahí (o siguieron). Pero sus herederos, directos o metafóricos, de la Juve, del Liverpool, del Zenit o de cualquier lugar, siguen llenándo estadios y haciendo de su equipo un motivo sobre el que articular sus idas de olla.

Sigue la pesadilla. Siguen las avalanchas y siguen los radicales al poder de los equipos. Heysel no fue un capítulo aislado, es también las horas previas del último Nápoles-Fiorentina y los heridos, es Argentina una vez al mes, es Rusia y es un etcétera incontable. Es uno más, otra historia. Es hoy, veinticinco años después de aquella final, el recuerdo. La pasión sin límites no entiende de calendarios, de fechas, de aniversarios. Queda el recuerdo y queda lo irracional, aún vigente, la defensa de lo propio y el enemigo en lo ajeno, del fútbol antes que la vida, de un festival que los clubes envuelven en su patrimonio.  Queda la enfermedad incurable por y para el fútbol, la delgada línea que lo separa de la vida, la podredumbre diagnosticada por Nick Hornby: la fiebre en las gradas.

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