Histórico
8 mayo 2014Rocío García

Arsenal: El último suspiro de Highbury

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Todos los días, en algún momento, revisas el calendario. Ayer, como ya saben, era siete de mayo de 2014. A muchos no les dirá nada la fecha. A otros, quizás sí: cumpleaños, algún examen o aniversario de boda, casi todas desgracias. A mí, en cambio, me dio por imaginar. E imaginé en algún rincón de Londres (en Highbury Square) a un niño de seis años que, enfundado en ese tesoro que es su camiseta roja de Ramsey (ese jugador del que dijeron que tenía pinta de acabar componiendo canciones ligeras para Take That), grita el gol de Giroud delante de la televisión y celebra, a gritos, su clasificación para la Champions del próximo curso. Sus recuerdos no van más allá de los pasos de Aaron por el Arsenal y Cesc es una penumbra del recuerdo. No ama a un equipo campeón porque entre sus recuerdos no hay victorias en Premier ni FA Cup. Tampoco ha escuchado hablar nunca de Herbert Chapman y aquella leyenda de la que hablaban los mayores.

En sus recuerdos no hay partidos épicos en Europa ni equipos invictos durante una temporada completa (2003/2004). Apenas un romanticismo a veces motivo de burla, pero la sensación de que ha merecido la pena intentarlo. Aún, delante de la televisión, camiseta de Ramsey y bufanda al cuello, el pequeño gunner, grita. Grita mientras su padre aparece por detrás con ese gesto que se les dibuja a los adultos en la cara cuando quieren hablar de algo importante. Lo agarra del brazo, entonces, y lo lleva a la ventana. Y señala allí fuera. Allí donde los jardines, las escaleras y las cristaleras forman un conjunto de apartamentos que él siempre llamó ‘hogar’ y que, antes de él, lo llamaron tantos. Miles o cientos de miles, quizás. El apego a un lugar y a un sentimiento, al fin y al cabo, se mide por los momentos vividos en él y allí, donde hoy grita el gol de Giroud a través de la televisión, se gritaron tantos y tan fuerte.

Hace ya ocho años que el Arsenal no juega en Highbury. Desde 2006 no juega en casa. O lo hace, como el que decide mudarse a un lugar mejor al que nunca es capaz de llamar “hogar”

El padre de mi gunner imaginario le habla de Henry e indica con el dedo índice. Allí, su hat-trick ante el Wigan (4-2). Allí, era siete de mayo de 2006 y el francés se despedía de su casa (la de todos los gunners, en realidad) arrodillándose, con un beso, con la elegancia que merecía una despedida a cualquier viejo caballero de 93 años, también de un estadio. Hace ya ocho años que el Arsenal no juega en casa. O lo hace, como el que decide, al llegar a la vejez, mudarse a una casa más grande y más cómoda a la que nunca es capaz de llamar ‘hogar’. No quisiera parecer materialista, pero al material se la adora a veces como si fuera persona; como si fuera, quiero decir, carne humana, historia viva, nostalgia eterna. Hace ocho años que Highbury (‘Arsenal Stadium’) cerraba sus puertas para convertirse en un complejo de apartamentos de lujo y desahuciar a una historia que empezó en 1913, a toda prisa. Un Arsenal-Leicester (2-1 desconocemos si merecido o con más posesión que el rival) estrenaba el estadio aún sin acabar que no tendría su conocida apariencia hasta 1930, donde el famoso reloj empezaría la cuenta atrás: 76 años de victorias y derrotas, de ganar y perder pero, por encima de todo, de seguir escribiendo líneas en un equipo, dicen los modernos, sólo apto para románticos.

Highbury había visto llegar a Herbert Chapman y ganar la FA Cup en 1930 pero también la Football League en 1931 y en tres de las siguientes cuatro ediciones, modernizando el fútbol y el equipo, y siendo líder en aquellos maravillosos años 30. Un Highbury que durante sus noventa y tres años disfrutó de los mejores. Los vio ganar y perder. Un estadio que se encontró con David Seaman, Winterburn, Campbell o Adams. Un Arsenal que encontró el horizonte con Vieira pero también con Brady. Y que se cruzó en su camino a jugadores de la talla de Henry, el último gran mito, y Fàbregas. Jugadores que fueron parte del último gran Arsenal, siendo la alegría de los soñadores de Londres, compartiendo la alegría de alguien que brilla por encima de los demás y lo hace donde de verdad uno aprende a crecer: fuera de casa. O sea: cada uno a su manera.

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Highbury es la historia de todos aquellos que quisieron escribirla y de todos ellos que, aun llegando tarde como mi pequeño gunner, buscarán una y otra vez entre los viejos libros y periódicos, y dejarán que señalen con el dedo dónde importaba más el cómo que el fin, y donde nacieron tantos ídolos de un Arsenal que rozó lo pluscuamperfecto, por bonito y eficaz, con Wenger, un tipo que puede definir qué es Highbury: esa relación sincera en la que se ama hasta que sus defectos acaban siendo virtudes. Highbury es y fue parte del Arsenal, el romanticismo bien entendido que ahora supone una forma de vida y antes una envidia. Highbury es fútbol.

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