Histórico
28 abril 2014Rocío García

Sergio Sánchez: Volver a vivir para volver a jugar

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Por Rocío García (@Roo_GR)

Cuando el fútbol profesional es la vida, la vida acaba convirtiéndose forzosamente en el fútbol. Jugar o jugar. Jugar para vivir y vivir para jugar, un todo inquebrantable en el que alejar una de las partes sería reducirlo a nada. Y la nada, a veces, se siente como un uno contra uno imparable  y un regate imposible que nos deja, segundos más tarde, mirando el balón cuando hace ya rato que entró a portería. El balón se le escapó en aquella jugada a Sergio Sánchez cuando el 2009 llegaba a su fin y de la lista de promesas cumplidas y propósitos por hacer aparecía, subrayado y en negrita, un deber obligatorio, próximo y a medio escribir: volver al fútbol, la única forma, en realidad, de volver a sentirse vivo, futbolista y persona.

Lo conseguiría doce meses después, tachando, a dos días de acabar 2010, el último de los propósitos escritos: Sergio Sánchez volvía al terreno de juego. Había sido un año antes, aquel 31 de diciembre de 2009, cuando el Sevilla anunció cómo había que despertar de un sueño (disfrazado, pensaría Sergio) que prometía durar cuatro temporadas y acababa de empezar: Sergio Sánchez dejaba el fútbol momentáneamente y por estricta prescripción médica. Era vivir o jugarse la vida. Una revisión periódica para detectar anomalías cardíacas en el equipo hispalense (protocolo habitual tras la trágica muerte de Puerta, esa suerte de déjà vu directo al corazón que se repetía en cada desplome) había detectado variaciones fisiológicas y los hallazgos aconsejaban el cese de toda actividad deportiva. Y el miedo, la nada y el eterno retorno de un Sánchez Pizjuán que había visto, dos años antes, cómo Antonio Puerta caía al campo en un minuto 28 que nadie olvidaría.

Una revisión rutinaria despertó de golpe las decisiones de Sergio Sánchez; tenía que elegir: vivir  o arriesgar

Tampoco Sergio Sánchez, que valoró positivamente la situación entre el caos que dejan las grandes ilusiones al romperse y las personas al irse. “Las familias de Jarque y de Puerta pagarían por estar en mi situación”, aseguró el barcelonés triste, pero feliz; o sea, cabizbajo pero afortunado. Una prueba aparentemente rutinaria le había preguntado si prefería la salud o el fútbol. Así de cruel y así de cierto.Rendirse, en esta historia, nunca fue una opción posible. Ninguna jugada era la última mientras el árbitro pitase el final en un partido donde ganar era la vida. Y la vida, en cierto modo, el fútbol. Sergio tenía una hernia que provocaba una dilatación en la aorta en la salida del corazón. Con veintitrés años y tras cuatro meses de parón en su carrera, de un partido que jugaba solo, de lucha y esfuerzo, de caer y levantar, el fichaje proyecto de defensa para un lustro del Sevilla se enfrentaba a la jugada más importante de su vida y sólo cabía acertar, claro. Digamos que era penalti a favor de Sergio contra la anomalía de su corazón.

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El 29 de abril de 2010 (mañana se cumple el cuarto aniversario de su ‘revivir’) Sánchez se operaba en Hamburgo. Una reparación en la aorta y una programación posterior de rehabilitación era el plan trazado por un míster que esta vez llevaba bata blanca y estetoscopio al cuello. Ante los del batín, sea el doctor, tu padre o el cura, no caben las excusas y la lucha llegaba al final nueve meses más tarde (nueve meses, como si el defensa hubiese parido una de salud para volver). En diciembre de 2010, los médicos dan el alta a Sergio Sánchez y anuncian que puede volver a jugar. Regresa a Sevilla, a seguir frenando balones con el mismo ímpetu en que supo frenar miedos. En la capital andaluza jugó siete partidos, quizá lejos del nivel que había mostrado antes de su particular calvario. Tras el verano, Sergio Sánchez ficharía por el Málaga, que creyó justo, personal y futbolísticamente, la necesidad de oportunidad para empezar de nuevo y demostrar aquello que de verdad sabía hacer: jugar al fútbol. Despejar balones y no sueros, correr la banda y no los pasillos del hospital.

Mañana, 29 de abril de 2014, se cumplen cuatro años de que Sergio Sánchez se operara en Hamburgo, donde se dio cita con pasado y futuro, o sea, con la vida por el fútbol

En el fútbol, como en la vida, caer implica volver con más fuerza. Mirar al miedo a los ojos y enfrentarse a él, acaba convirtiéndonos en valientes. Con la pelota en los pies los partidos nunca duraron solo noventa minutos. Son el tiempo previo y el posterior, el del entrenamiento. Son el tiempo de la reflexión, el de todo lo que pudo haber sido y no fue, el de todo lo que fue y sus porqués. El fútbol profesional también era saber empezar de cero tras una semifinal perdida (pero en verdad ganada) y afrontar las victorias sin olvidar que la posibilidad de perder sigue ahí. Era 29 de abril de 2010 cuando Sergio Sánchez volvió a empezar a ganar, a apartar con su operación cualquier anomalía que le impidiera su futbolístico instinto animal. A vivir. A poner en marcha un corazón que haría que sus piernas corriesen más, avanzasen por la izquierda para adelantar camillas, inyecciones y enfermeras y por la derecha a extremos contrarios, aunque ahora sea central. Sufrir para vivir. Sufrir para ganar, como dictan las reglas de las grandes victorias, de los partidos que trascienden, obvio, los colores y lo corriente.

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