Histórico
21 abril 2014Rocío García

Manchester City: El fracaso no es solo perder

Pellegrini - Manchester City

Por Rocío García (@Roo_GR)

La manera de contar páginas del temario la noche antes de un examen. De aprender a calcular las horas y dividir y encontrar la forma exacta de repartir hojas en minutos. Todo lo que conlleva la esperanza de que, mientras quede tiempo, siempre se puede. Así llega el Manchester City a esta fase, final y casi delirante, de la Premier: como un estudiante apurado que dejó todo para el último día y al que las cuentas sólo le salen de manera forzosa para ser campeón. Salir airoso, demostrar a sus padres que la inversión en pagar el curso valió la pena. Quiero decir, del mal el menos.

El año costó más de cien millones de euros para mejorar la plantilla y poder. Poder arrasar o poder, ahora, aprobar el curso. Sacar nota. Aspirar al sobresaliente, a ganar todo. La posibilidad de hacerlo, la sensación de quedarse a las puertas. Pero los deberes se le acumularon a Pellegrini contra el Sunderland en el último partido, donde se jugaba casi todo y sólo supo empatar. Puede que el cansancio, la fatiga, la presión y el “ganar o morir” que resuena en las plantillas obligadas a ganar siempre fuese más fuerte aquí, donde el dinero late y el proyecto no crece. Puede que ganar dé miedo, que apostar a todo y perder sea, a veces, un riesgo mayor que quedarse en la sombra.

El fracaso no es solo perder, que ya constituye una rémora importante en un equipo diseñado para ganar, sino la ausencia de una idea clara e identitaria

Con Mancini, el City, que era un ser ultracompetitivo pero aburría incluso a los ciegos, ganó la FA Cup 42 años después. La comparación es odiosa porque este City, además de tener mejores jugadores, divierte más. Pero compite peor. Los matices no han añadido un grado más de nada, salvo vistosidad. Puro sonajero, que diría Arcadi Espada. Pudieron comenzar a escribir la historia a base de ganar, simplemente eso, lo que después de una requeteinversión, este año, se les ha olvidado. Juzgar por ganar o no ganar es injusto, claro, pero evaluando estrictamente el juego diríamos que el City está donde se merece. Y que los resultados han acompañado al equipo a donde está. Incluso más bien al contrario: el City, como otros muchos grandes, gana partidos por calidad individual, por acciones decisivas que golpean toda la estructura de un pequeño que soñaba y hacía cosas bien. Como aquel Madrid de Capello, que solventó la Liga a golpes de 1-0. Este City, hoy, no es mucho mejor, solo divierte más y compite quizá menos. O sea, lo absurdo está igual de cerca.

agueronegredo

La calificación final, este curso, está lejos del sobresaliente. Ganaron los de Pellegrini la Copa de la Liga contra el Sunderland en marzo y creyeron que sería sólo el inicio de una era de títulos. No fue así. Lo ha eliminado el Wigan, un equipo de segunda, pese a su idilio con la copa; lo ha eliminado el Barcelona (“el peor Barcelona en muchos años”, en palabras de Mourinho) y compite, en Premier, contra un Liverpool, a priori, con peor plantilla pero una idea reconocible y coral, como todas las grandes ideas. Compite contra el carisma indiscutible de Gerrard, capaz de levantar a un equipo trabajadísimo que puede presumir de señales que, en los de Pellegrini, no se palpan: el doble pivote no funciona, la defensa, aspecto dominante que heredaba Pellegrini, no manda, y el equipo se tambalea cada vez que Agüero (que es cierto que no es un jugador baladí) se echa la mano al muslo. Negredo, por ejemplo, era, a principio de temporada una suerte de revelación incalculable (de comodín a intocable) que, a día de hoy, lleva catorce partidos sin marcar y unos cuantos menos desaparecido del mapa titular.

La esperanza (y más aún la de ganar) es lo último que se pierde, sí, pero depender de los demás, equipos embrionarios como Chelsea y Liverpool, es una derrota de partida

La esperanza, decía Nietzsche, es un estimulante superior a la suerte. El City necesita de ambas. Necesita ganar y necesita la suerte de que los otros no ganen. La esperanza sigue viva: nada está perdido, pero menos está ganado. Al sobresaliente ya no opta, solo quedan los demás como recurso para aprobar. Al proyecto de Pellegrini no le han tocado los sones del fracaso ni del fin, pero la escasa repercusión de su equipo, ni para bien ni para mal, dice precisamente poco de ellos. Ni ladran ni cabalgan, que diría el ruidoso. Y lo que es peor: ni ganan.

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