Histórico
15 abril 2014El Enganche

Italia: Ezio Vendrame y la taquicardia del fútbol romántico

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Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

Todos los extremos funcionan de manera taxativa, exacta, predecible incluso en lo inverosímil y alejados de la pura realidad. El fútbol es epicentro de pasiones de todo tipo de forma vida, hasta el icónico y romántico caso del fútbol sin el fútbol o el fútbol como hobby y solo como esto en cualquier división por profesional que pueda parecer. Ezio Vendrame es un tipo forjado en la leyenda de lo contado. Apenas trascienden imágenes que confirmen lo que las letras impresas de su tiempo y él mismo (aún sigue vivo) cuentan.

Ezio Vendrame (1947) nace al fútbol en el Udinese, donde se forja hasta los veinte años. A partir de su salida, su vida futbolística constituye un frenesí de idas y vueltas, de jugadas, de momentos, de detalles, de anécdotas que trascienden lo futbolístico para implantarse en algo próximo al itinerario casi de la ficción. El gemelo de George Best, como se le conocía cuando era futbolista por algo más que su estricto parecido físico con el mito del United, pasó por once equipos distintos en su carrera profesional. Fruto, claro, de su indisciplina, de su displicencia y de su carácter a caballo entre lo rebelde y lo decadente, entre el compromiso y el romántico alejado de cualquier interés por competir (“para mí ganar es una condena”).

Vendrame es un prototipo que no existe en la actualidad, un rebelde sin causa, un romántico sin precedente que pudo ser todo y se quedó en la historia

Es en Vicenza (1971-74) y Padua (1975-77) donde consiguen exprimir todo el fútbol que, como cuenta Enric González en su imprescindible Historias del Calcio, lo elevó al reconocimiento público del jugador más vistoso de todo el fútbol italiano. Ezio, ahora poeta y escritor aunque igualmente decrépito, romántico y desprovisto de cualquier tipo de compromiso con la rutina, colecciona anécdotas que lo resumen como un loco o un artista. O sencillamente, el futbolista artista, o sea, el que hace la realidad volar, como decía Jardiel Poncela.

La antología, ya puestos en poesía, de anécdotas de Vendrame es larga y, aunque no quedan muestras audiovisuales del relato, distintos testigos aseguran que nada está inflado por más que la literatura y el fútbol tiendan a la hipérbole. Cuentan que, en San Siro, su depurado arte con el balón dio con un túnel a Gianni Rivera, mito histórico del fútbol italiano, que dejó en evidencia a la estrella y alumbró a Vendrame. Éste consideró no menos que una ofensa al fútbol y a la vida aquel recurso para regatear y, volviendo a la jugada, le pidió perdón en cuanto sucedió. El gemelo de Best se explicaba después: “No se puede humillar así a una artista como él delante de toda su gente”.

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Aunque el momento histórico y definitivo de Vendrame llegó en un Padova-Cremonese en el que había en juego un ascenso. A ambos equipos le bastaba con empatar y el fútbol se tornó rácano, pasivo y ajeno a todo tipo de espectáculo. El talentoso y rebelde italiano, disgustado con el desarrollo y el bochorno conformista del partido, tomó el balón, se giró hacia su portería, comenzó a regatear a compañeros hasta que, llegada la altura del portero, lo dribló y se frenó delante de la portería. Sin ningún obstáculo ni topo visible. Y se volvió a girar. Vendrame, lógicamente si se puede decir, no marcó en su portería, pero fue demasiado tarde. Un hincha del Padova, convencido de que su jugador iba a hacer historia contra su propio equipo, falleció de un infarto. Nunca más se supo del aficionado, pero Vendrame se excusó: “¿Cómo puede venir a verme jugar alguien que está débil del corazón?”.

Vendrame era el George Best italiano, con la misma clase dentro del terreno de juego y con la misma tendencia inconformista-decadente lejos de él

El genio puritano de Vendrame le retiró con once equipos a la espalda y un largo historial de anécdotas y pequeños disparates que sembraron el precedente de tipos como Best o Balotelli. Ezio ha acabado conviviendo con la depresión como forma de resistencia al fantasioso inconformista, marcado, además de por su realidad (que no pose) decadente, por algunos problemas económicos que se atisbaban desde su primer salario: con el primer pago se compró un abrigo que, minutos después de estrenarlo, regaló a un niño gitano necesitado que encontró en la calle.

La virtud de la historia de Ezio Vendrame es que no es leyenda, sino realidad. La misma realidad, inmisericorde con el romanticismo de jugar por el placer de jugar, y no de ganar, que le privó de pasar a la historia que se escribe en los libros de estadística y no en el boca a boca. Ezio Vendrame, como El Trinche Carlovich, forjaron su leyenda a partir de las letras y el recuerdo del boca a boca, lejos de la galería mediática incluso de su época. De ellos queda lo hablado. Pero las palabras, parafraseando a Manuel Alcántara, no se las lleva el viento sino que permanecen y persisten de la misma manera que la leyenda de dos virtuosos que amaron el juego por el juego queda escrita, y para siempre.

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