Histórico
20 abril 2014Jose David López

Everton: Leighton Baines, fingiendo no ser estrella

Leighton Baines - Everton

Proyectar una imagen mejorada de sí mismo es un acto radical ante un notorio déficit de auto-estima. Una careta invade el rostro, altera los gestos, revitaliza las expresiones y ensalza la simpatía. Una careta invade la realidad, altera la falsedad, revitaliza las mentiras y ensalza la soberbia. El egocentrismo exacerbado es una nueva modalidad social que multiplica sus casos durante los últimos años ante la ausencia de ambiciones y retos personales producto de la debilidad económica del momento. Esa carencia de convicción personal se desarrolla interiormente, permitiendo que una versión simulada de nuestro ‘yo’, se encargue de llevar el protagonismo durante las 24 horas del día. El objetivo no es otro que encontrar una alegría que estimule el ánimo, aunque en el proceso, oculto en la indefinición de un estado de crisis subjetiva, se desencadena justo lo opuesto, fingir ser quien no eres, fingir ser una ‘estrella’.

Esta nueva estrategia social creada en días turbios y de intensas charlas personales, desarrolla varias cualidades para auto-convencerse de lo contrario. Desde armar un papel brillante de su obra, hasta proyectar seguridad en su físico, minimizar las debilidades más reconocibles para protegerse o, desgraciadamente, usar a otros seres cercanos para diagnosticar males que le permitan sentirse más cómodo con su persona. El proceso, que estos años se estudia en diversas universidades psicológicas, busca únicamente superponer sensaciones inventadas donde debería nacer el respeto y aprecio sincero. El arduo trabajo de fingir es incluso más costoso que asumir la realidad y luchar frente a ella. Un pleito interior que conoce a la perfección Leighton Baines, hasta hace poco, incapaz de mirar atrás con cierta comodidad, reírse de sus mermas y disfrutar de sus errores pasados. Los mismo que, aun hoy, supera para no tener que fingir una notable evidencia, que ya es una estrella.

En las dudas de su adolescencia, plagadas de desconfianza y temores de incapacidad ante el resto, solo fingir ser Robbie Fowler calmaba sus preocupaciones. Siempre fue del Liverpool y no pudo ocultarlo

Él, que inventaba desde niño ser Robbie Fowler en las calles de Kirkby (un pequeño pueblo metropolitano cercano a Liverpool), tenía como héroe todo aquello que rezumara Red. “Fui partidario del Liverpool porque mi padre, que siempre fue muy futbolero, les apoyaba cada día. Fowler era zurdo como yo, marcaba goles como yo quería hacer y cuando en la escuela jugábamos en el tiempo de ocio, no dudaba nunca, yo y solo yo, podía ser el delantero del Liverpool que me encantaba. Fingí durante años ser él. La alteración de la realidad desde los ojos de un chico tímido, no parecía un problema mayor, pero con el paso del tiempo y la necesidad de demostrarse a sí mismo que sus patadas al balón podían convertirse en una carrera de éxito, la broma dejó de serlo. Siempre he luchado en términos de confianza en mí mismo. Me esforzaba en dormir por las noches, se me secaba la boca, el corazón me latía con mucha fuerza y la duda siempre volvía a reproducirse en su cabeza… ¿Qué van a pensar de mí? ¿Seré lo suficientemente válido?”, explicaba hace unos años.

Baines - EnglandEsas dudas interminables desde su infancia, encontraban puntos determinantes cuando siendo un niño con ganas de vestirse de corto en Anfield, se topó con un obstáculo insalvable, el de un entrenador que le abrió la puerta de salida a su sueño. Llevaba varios años luchando contra sus miedos en el Liverpool Centre of Excellence (Centros de la FA con chicos de 9-16 años donde se les identificar y desarrolla la habilidad dentro de un programa técnico-educativo diseñado para producir excelencia en la relación con el desarrollo personal y el fútbol), mejorando por momentos y superando sus debilidades personales, pero la hiperactividad que aquella mañana le renació, tenía una clara justificación, su adiós desde el equipo juvenil. Sin posibilidad de seguir progresando en su meta Red, el chico de eternas uñas mordidas y angustia natural, encontró el perfecto clima de sintonía con su estado de tensión en Wigan. Paul Jewell, el creador de la versión más primaria de los exitosos Latics del nuevo siglo (técnico que generó el ascenso a Premier desde League Two), le encontró la solución, al menos en el césped, a base de confianza, charlas de entusiasmo y motivación. El resultado fue tan bueno que en solo cuatro años, pasó de jugar en divisiones casi amateurs, a desbordar por la cal de la exigente y mediática Premier League.

Baines padece desde joven un notable problema de auto-confianza que le persigue cada día. Hoy ha mejorado pero no esconde que jamás se atrevió a tomar sus retos desde el positivismo, sino desde la penuria del débil

“Paul Jewell me llevaba a su oficina y me decía lo bueno que era. Lo que seguramente ignoraba es que, según me daba la vuelta, mi cabeza ignoraba todo aquello y volvía a repetirme durante horas que eso significaba que dudaba de mi capacidad y que seguramente me daría la espalda. Tanto miedo tenía de que mis ganas de ser futbolistas se perdieran cualquier día, que durante muchos meses, cuando llegué al Wigan, no conté a nadie que ya era papá pese a tener solo 18 años. No me atrevía a decirles que me había convertido en padre porque estaba asustado por cuál sería su reacción. Pensarían que era un polémico”. No debieron imaginar esos temores en el Everton cuando, pese a conocer su afiliación al Liverpool, ofrecieron un contrato profesional de élite a aquél chico que se había convertido en uno de los más importantes jóvenes del panorama inglés en tiempo record. “No paraba de repetirme que mis nuevos compañeros se preguntarían… ¿Qué narices hace un chico del Wigan aquí en nuestro equipo?”. Años después, Roy Keane quiso llevárselo a Sunderland y cuando todo estaba perfecto, el irlandés le dijo que si tenía alguna duda, no fichara por su club. Aquello fue como pedir a un ‘erasmus’ que no salga un jueves…

Y es que Baines era, es y será educado, callado, amable y generoso, y todo, desde la humildad más insospechada en un fútbol de lujo, diamantes, relojes de oro y pendientes con más brillo que identidad. Todas esas referencias adolescentes vinculadas a la seguridad, bravuconería y virilidad masculina, pasaron de largo para él. Como si su cara inmaculada de bronceado y su peinado ochentero tan singular, interpretaran un papel que nada tiene que ver con una fuerte personalidad, sino con una enorme falta de carácter que lo persiguió toda su vida. Una falta de ego increíble en el fútbol actual, casi insultante para muchos de sus compañeros generacionales y una definición absolutamente exclusiva a su modestia. Y todo, siendo el mejor lateral izquierdo de la Premier, internacional con Inglaterra, especialista en destrozar carriles izquierdos y deseado por el todopoderoso Manchester United. Y así se ha ganado a todos. ¿A quién no le cae simpático? Recientemente renovado por el Everton y quizás traspasado a precio de oro en unos meses, todavía lucha contra su incertidumbre natural, la que le obliga a fingir ser quien no es. No temas, Leighton, tú eres una estrella…

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