Histórico
17 abril 2014Fran Alameda

Barça-Madrid: Ciclotímicos y galeses

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Hay ciclos de noventa minutos, ciclos de años, ciclos de meses y no ciclos. Ay. El Barcelona agotó un ciclo, dicen, que empezó ganando y acabó perdiendo. Probablemente, el gato de mi vecino del quinto hubiese dado con esta conclusión de tal profundidad. Gano, bien; pierdo, mal. La fortaleza del Barça, como todas las fuerzas que consiguen la excelencia, radica en la idea y no en el resultado, en el camino y no en la meta. Concepto gandhiano éste que podría ir perfectamente asociado a los valores que, de repente, el club ha preferido disociar de lo cotidiano a favor de trapicheos en fichajes, dudas en los niños y el azote permanente a Messi. Como algunos otros genios, depositario de responsabilidades para lo bueno y para lo malo.

El Barcelona fue al partido como va uno al quiosco, de forma natural y, si cabe, con el pijama. Ir al quiosco es una suerte de inercia que uno hace por matar el tiempo. Así las cosas, el Madrid trazó un plan simple: seguir la estela de quien escoge quedarse en el sofá. Es decir, vio el partido del Atleti y del Granada y siguió el camino. Ancelotti corrigió aquel pasillo a Messi de Liga y puso a Isco y Di María, cada uno en una banda, pero pegados al centro como imanes. A algunos equipos de fútbol se les olvida que la portería está en el centro y acaban regalando la frontal del área, vaselina incluida, para correr a tapar las bandas, por donde no pueden pasar mucho más que los atletas y los artistas. Ayer el Madrid no quería salir en cama y corrió mucho, se desgastó y acabó hasta con Carvajal, Varane, Pepe, Ramos, Coentrão, Xabi, Illarramendi y Casemiro en el campo. Máxima expresión del pragmatismo, incluso de la planicie general. Plan suficiente e inteligente, todo sea dicho.

El Madrid tan solo tuvo que resolver el fallo en Liga para llevar el partido a la idea de ayer: estar replegados y contragolpear, su plan simple, pero acertado

Antes de esto, Benzema había puesto su esmoquin al servicio de la lavandería defensiva blaugrana, esa suerte de masía andante creadora de balones de oro. El caso es que Bartra y Mascherano no defendieron ni mal ni bien –quizá sí Alves–, pero volvieron a exhibir el peldaño que les falta para la élite. El francés de claqué se encargó de que Bale y Di María pudieran correr, allí se fue a lanzarle apoyos a la banda y a conectar con Isco –una maravilla, un genio que camina lento y piensa frío–. A su manera, la de la frialdad incolora y casi inconexa, se echó el Madrid a las espaldas de la inteligencia, mientras el Barça, más creyente que intelectual, buscaba contrarrestar las leyes simples y básicas de la física.

El partido fue uniforme y ciertamente plano. El Madrid tuvo un plan y medio (repliegue medio-alto y repliegue bajo) y el Barça tuvo un plan a medias, posesión por posesión partido posesión. Martino volvió a decepcionar en la escasez de fondo táctico que ¿su? equipo alardeó (aunque el verdadero problema no sea tanto el fondo táctico como sí el plan táctico principal y elemental). Sin pasillos interiores por los que rebotar el balón de pared en pared, centro al área para buscar la sorpresa. O el milagro, que es lo que se tenía que dar para que Messi, Xavi, Cesc, Iniesta, Pedro o Neymar, con una media de 1’72, remataran ante Ramos, Pepe, Alonso o Coentrão (1’83). El físico, aunque la mayoría de veces sea estrictamente fútbol, también marca diferencias. Y que le pregunten a Bartra, al que Bale le sacó las costuras de la contundencia y luego las de la velocidad.

Lo sorprendente es que el Barça haya degenerado en un equipo lanzador de centros laterales cuando se harta de la posesión por el mero hecho de tener el balón

Si ha llegado hasta aquí, ha podido deducir, o no, que el ciclo del Barça es de juego y no de resultados. Que viene de largo y se irá para largo si las decisiones vuelven a ser vanas o incompletas. No hay fin, sino necesidad de coherencia. El equipo de Martino, escrupulosamente inferior a Atleti y/o Madrid, ha podido ganar los dos. Porque sus jugadores son historia –viva–. Es decir, porque hay idea y talento. Y porque el fútbol no es matemático –por eso nos gusta tanto, dicen Camus y Bielsa–. Por eso el herniado Bale corrió ayer enseñando la radiografía y su cheque de cien millones, porque al fútbol se goza, se llora, se gana, se pierde y se habla (solo) en el campo.

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