Histórico
17 marzo 2014Jose David López

Roma: Pjanic y la máquina de los deseos

Pjanic - Roma

Los niños son hoy impacientes. Esperar, dialogar para tratar de conseguir algo o maniobrar formalmente, no forma parte de ellos. Son incapaces de entender por qué no pueden conseguir algo que desean en el mismo momento de requerirlo. Viven rápido, su sentido del tiempo es diferente al de un adulto y los retrasos inevitables no son comprensibles dentro de su realidad diaria. La velocidad con la que deseaba crecer, vivir experiencias interesantes y dejar de sentirse como aliado pasivo de la vida, llevaron a Josh Baskin a una vieja máquina de feria, la única que representaba para él una solución. Sus padres le trataban como a un niño extraño y las chicas nunca le habían mostrado alguna carantoña, por lo que su única ambición, impaciente y tenaz, era ser mayor. Una moneda, un deseo y una máquina que, extrañamente, funciona pese a estar desconectada. Una mezcla que, con imaginación y un poco de nigromancia, le hace envejecer hasta los 30 años cuando se pone en pie la mañana siguiente.

Josh había abandonado sus 12 años para convertirse, en apenas unas horas, en un adulto, pero el impacto sería irreversible. Aquella impaciencia inicial por tener barba y ser deseado por las mujeres, era ahora una huida constante, pues absolutamente nadie cree su irracional explicación. El paso de los días le hace destacar en su nuevo empleo, le une a una chica guapa y le sitúa entre los más admirados hombres de su ciudad, maximizando aquellas sensaciones adultas que siempre había deseado. Este guion (película Big) de deseos cumplidos en vivo, es la adaptación cinematográfica de los últimos días en la vida de Miralem Pjanic. De chico válido pero secundario en un contexto trivial, a protagonista absoluto en todo el planeta fútbol gracias a sus habilidades con la pelota. Mundial con Bosnia el pasado martes y ‘doblete’ de líder para sentir su rol mucho más gigantesco en esta imparable Roma. La máquina de los deseos vuelve a funcionar…

Pjanic - BosniaY si Josh era un chico que sentía abandono de un mundo que lo había encasillado en la sombra, Miralem no tuvo tiempo en su infancia de pensar en sensaciones personales. Parar era un lujo que su familia apenas pudo darse ante el estallido de la Guerra de Bosnia apenas dos años después de su nacimiento. Tuzla, hoy la cuarta ciudad más grande del país y desbordada de refugiados desde entonces, fue bombardeada agresivamente en una tarde primaveral de 1995, matando a 71 chicos civiles (todos entre 18 y 25 años), muchos de ellos, amigos de Miralem. “Educad a los niños y no castigarás a los hombres”, rezaban por entonces todos los ‘yugoslavos’. Entre ellos, su padre, Fahrudin, por entonces jugador del modestísimo Drina Zvornik. Su amor al deporte rey caló muy hondo en su hijo. Ante una oferta del fútbol luxemburgués, no tuvo que explicar los motivos en su familia, siendo el niño Pjanic, desde su inocencia, el que ya presagiaba el irremediable destino: “Ahora se dice que nadie esperaba una guerra en mi país pero yo, desde los estadios de Tercera División, notaba ese odio y no podíamos seguir allí”, comentaba. Su madre, Fátima, recordaba como si fuera hoy el difícil momento en el que pidió los ‘papeles’ en el club con la intención de liberarse y poder marcharse del país: “No querían darme esa libertad y de no ser porque el pequeño Miralem empezó a llorar, dudo mucho que hubiéramos podido salir del país, recordó emocionada.

Tras jugar unos meses en el desconocido FC Schifflange 95 con la única aspiración de enterrar malos recuerdos, le llegó una travesía a la esperanza que su padre ya había observado: “Cuando tenía seis años vi en él algo especial y su habilidad para el fútbol era notable. Una noche pensamos que nos estaban robando pero los ruidos del garaje no eran de un ladrón, sino de Pjanic, que no podía dormir y se levantó a jugar a la pelota”. El Metz, un club ascensor de Francia cuya cantera tiene bastante prestigio en el país galo, fue el primero en atarle a sus juveniles y en cuestión de semanas, tras verle un par de partidos, “los scouts no paraban de enviar faxes para contratarle”. Con ofertas de PSV, Bayern, Inter y Schalke en la manga, decidió negociar con el Barcelona: “Fui allí a hablar con ellos y justo cuando iba a formarse todo, el club cesó a Rijkaard y pensé que lo mejor para mi hijo era otro alojamiento, con lo que decidimos renovar con el Metz y esperar”.

Apenas tenía 2 años cuando estalló la Guerra de los Balcanes y, junto a su padre futbolista, inició un aprendizaje veloz que la hace ser hoy, experimentadísimo a sus apenas 23 años. Pudo fichar por el Barcelona

Esa campaña ganó el campeonato juvenil, fue nombrado mejor jugador de la categoría y debutó con sólo 16 años ante el PSG. Una semana después fue titular y en cuestión de semanas pasó a ser la ‘perla’ de un club que no pudo resistirse a la jugosa cifra de 8 millones de euros que le puso el Lyon sobre la mesa el verano de 2008. Nominado como uno de los tres futbolistas más prometedores de la Ligue 1, decidió no salir del país donde estaba progresando y crecer poco a poco en el Gerland. Tras una primera campaña con problemas para ganarse su puesto, acabó convertido en una referencia de quienes lo tachaban como el  ‘Nuevo Juninho (porque abandera esa cualidad y tiene una habilidad notabilísima en el golpeo de balón tanto directo como indirecto). Sin poder demostrar esas virtudes en su máxima expresión, la Roma le llevó al Olímpico donde la irregularidad institucional y su desequilibrado rendimiento, le dejaron en un rol secundario del que no conseguía salir. Una sensación de vacío, de incapacidad para explotar y de mantenerse en un perfil simplemente correcto, que le sometía a una presión personal enorme, esa que le hacía chocar una vez tras otra en situaciones de grandeza.

Su gran habilidad a balon parado siempre supone un estímulo para su equipo, pero este curso está con la confianza de quien se sabe aún más líder en Roma y en Bosnia. Es su año.

Miralem, convertido hoy en el pequeño e impaciente Josh, ha logrado en apenas una semana, romper todas sus limitaciones. Empezó un martes, donde tras dos play-off consecutivos cediendo en el último suspiro, Bosnia entró en la primera fase mundialista de su historia (siendo Pjanic absolutamente imprescindible y líder creativo-medular), regalando a sus vecinos la mayor alegría deportiva que jamás disfrutaron y siendo la única selección balcánica en conseguir el pasaporte hacia el Mundial 2014 (puede conseguirlo aún  Croacia en la repesca). Y continuó el viernes, donde en el duelo estelar de la campaña en la Serie A (Roma-Napoli en el Olímpico), ejerció de patrón para romper el partido con un magistral lanzamiento a balón parado y un penalti que reforzaba una auto-estima personal absolutamente imparable estos días. Mundialista y estrella en busca del Scudetto. Dos deseos inimaginables que le colocan en el mejor de los contextos para reclamar ese protagonismo atractivamente repartido entre país y club.

Ahora, Miralem se pregunta lo mismo que Josh. Aquél Tom Hanks treintañero (protagonista de Big) también sintió esa sensación. Pero una vez en el éxito, en lo más alto de su cúspide personal y con la mayor de las pretensiones profesionales conseguidas, comprende el regalo de la vida, en la que ser niño no tiene parangón. La máquina, a cientos de kilómetros, le acabaría devolviendo a su realidad. La de un chico apto y con una experiencia acumulada que le será determinante en el futuro. Semanas que sirvieron para mostrarle el recorrido que lograría con su talento, sin prisas, sin impaciencias. Días que Miralem ya pasó en su infancia, donde la impaciencia no fue una elección, sino una reacción automática convertida en la única salvación de su futuro. La máquina de los deseos vuelve a funcionar y Pjanic ya tiene varios encargos para este curso…

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