Histórico
17 marzo 2014El Enganche

Libertadores: Nacional Montevideo: Desde el pozo hasta el parque

Nacional de montevideo

Por André Stinson

Santiago Romero Díaz. Ese nombre mis padres decidieron ponerme y naturalmente me encuentro orgulloso de pronunciarlo. Lamentablemente, ni ellos ni ningún otro familiar mío puede decir lo mismo. Y no los culpo, no existe nadie orgulloso por tener parentesco con un presidiario del penal de San José en Montevideo. Me encuentro en el Sector 1 de un tétrico agujero, quien porta el paradójico nombre de “Penal de Libertad de San José”. ¡Cuan burlesco y retorcido debe ser quien bautizó esta pocilga con una de las facultades más necesarias del ser humano; peor aún! ¿Cuanta maldad debe portar aquel que condene a un humano a tan macabro escenario?. Esas preguntas me he hecho durante mis ocho años de estadía en este, como yo lo llamo, pozo del infierno.

El arribo a esta ratonera se debe a mi necesidad por ganar dinero. Nadie parece comprender las obligaciones de un padre soltero, en especial en nuestro tormentoso ambiente. Mi hija necesitaba comer y la verdulería que yo dirigía no nos otorgaba los suficientes ingresos para mantenernos. Es ahí cuando decidí incursionar en el mundo del comercio. No mentiré, era un narcotraficante de poca monta y sólo era capaz de mover cristal. Pero, he de confesar, no me iba mal económicamente. El final de mi carrera de comerciante llegó muy pronto. Un sábado por la mañana un grupo de policías irrumpió en mi casa y decidió llevarme detenido. Ahí había acabado todo, la compra y venta de cristal tuvo un muy corto periodo de vida y ahora debería afrontar las consecuencias de mis actos. Ocho años de cárcel, ese fue el dictamen que otorgó el juez del distrito de Montevideo, lapso durante el cual mi madre se haría cargo de mi pequeña.

El fútbol, la televisión y un equipo, ya mi ‘querido’ Nacional, me permitieron aislarme durante 90 minutos muchas tardes. Me hacían sentir vivo. Me hacían sentir libre

Atrapado en las secuelas de mis errores, encontré un faro de luz que me permitió cordura. Ahí, en el comedor de los presos descubrí un televisor, el cual nos era permitido ver, siempre y cuando se hiciera una petición previa. ¡Quién lo diría! Dentro de ese caos había orden hacia el único objeto de salvación. Es en aquella pantalla que se manifestó mi amor por el Tricolor. Ahí estaba, listo para nuestro romance. Todos los partidos de Nacional eran transmitidos en la pantalla del viejo y polvoso televisor. De la misma forma, yo observé entero cada uno de los encuentros disputados por El Albo. Durante 90 minutos podía escapar de mis tristezas y penumbras. Mi mente escapaba a El Gran Parque Central y es ahí donde, al ritmo de la batucada, los gritos y el aroma a pólvora provocado por las bomba de humo de la afición, me sentía vivo. Me sentía libre.

Aquí, atrapado en mi miseria, obtuve seis alegrías. Quizá las únicas en ocho años. Todas provenientes de la playera tricolor. Los seis campeonatos ganados, por quien se convirtió en mi cómplice, mi compañía y en algo más que un amante, fueron gritados al máximo en un lugar donde los alaridos usuales eran por tristeza y dolor, nunca por fútbol y regocijo.

8 años de tristeza y 90 minutos de alegrías. Nacional le dio fuerzas, le impulsó en momentos grises y le estimuló para visitar su estadio con la familia que más quería

Nacional de MontevideoQuedan 5 meses de mi penitencia y cada vez siento más cercano el pitazo final del peor partido de mi vida, un encuentro de 8 años llenos de inmundicia donde contradictoriamente encontré al amor de mi vida, un romántico ente de apariencia tricolor capaz de mitigar las penas. Bendito Nacional, te convertiste en mi mejor arma para combatir la tristeza y melancolía, hiciste un intercambio y la única angustia que me provocaste era cuando tus defensores no cumplían su tarea. Ansío por ver el rostro de mi hija, me encuentro ávido por escuchar todas aquellas historias que no he podido atender durante mi ausencia y vivo con la impaciencia por conocer cuales son sus actividades actuales. Quiero formar parte de su vida, estoy seguro que ahora lo haré mucho mejor que antes.

Cuando me pregunte por mis actividades durante estos años de exilio social, sin dudarlo le comentaré sobre el campeón de Montevideo. Quiero adentrarla al glorioso mundo de un equipo con más corazón que argumentos y más explicaciones que excusas. Contrario a nuestra relación familiar, donde no le otorgue explicación o aclaración por mi larga ausencia. A escasos meses de mi salida, la penitenciaría ha decidido hacerme una evaluación psicológica. La primer pregunta hecha por la trabajadora social fue acerca de mi aprendizaje y cuál había sido el conocimiento adquirido durante mi estadía en el pozo del infierno. La respuesta fue sencilla. A amar la vida y a valorar la alegría a través del Tricolor, a través de Nacional.

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