Histórico
13 febrero 2014Jose David López

Wilton Connor, hachazos al fútbol anónimo

Wilton Connor

El futbolista como profesión, como hobby que permite sacar un sueldo digno, como aspiración personal fallida pero eternamente agradecida y, desde luego, como compañero de viaje diario. La batalla del jugador anónimo, ese que no ascendió el peldaño final que diferencia el lujo del humilde y el caviar del atún enlatado. Ese que ha aprendido a vivir conforme a su lugar de trabajo sin importar ya las sumas, las rentas futuras o las nóminas que pudieran marcar diferencias respecto al país donde se crio. Lejos de ser atrapado por un contrato, se guía únicamente por ese sentimiento natural de dedicación, emoción y sentimiento, el que desde que era joven soñador, mantuvo la ilusión intacta más allá de asumir que el tiempo alejaba un poco más la cúspide deseada. La pelota como instrumento de trabajo y no como herramienta mediática. El césped como paz interior y no como tapete de lucimiento. El fútbol como deporte, no como negocio.

Por ello, hoy hay futbolistas de cualquier bandera en cualquier esquina. Lejos de considerar a argentinos y brasileños como los eternos motores de exportación mundial, epicentros españoles, italianos y hasta ingleses, otrora elitistas, comparten hoy vestuario en pueblos de Arabia, Oceanía o impronunciables prefecturas japonesas… No hay destino inasumible, no hay club rechazable y no hay experiencia que frene las sanas intenciones de seguir disfrutando con aquello que te hace ser libre. Con aquello que te une al mundo, a la actividad laboral, a la cruel pero innegociable necesidad humana de generar para recibir. Un simple y llano trabajador dentro de la interminable cadena laboral del planeta. Wilton Connor, un inglés simpático y sacrificado, se enamoró perdidamente. Agarró sus maletas, las llenó de botas y puso rumbo a Rumanía, donde le esperaba Andreea, la chica por la que recompuso sus días y el motivo por el que mantenía la sonrisa junto a la pelota.

El mayor exponente inglés del fútbol anónimo, capaz de marcharse a jugar a Rumanía para mantener la ilusión y actividad en su 5ª división

Wilton, que ya tenía en camino un hermano para su primer hijo, tenía que empezar de cero en la ciudad rumana de Salaj. Trabajó en pequeñas obras ayudando a quien lo necesitaba y arrimó el hombro en las diferentes tareas que la familia de su mujer le asignaba dentro de su negocio local. Pero aquello no era suficiente, no había liberación, no había amigos y no había manera de hacerse entender en idiomas completamente opuestos. La fría y cerrada población autóctona parecía mucho más interesada en pasar las horas en los bares que en buscar aficiones, ambiciones o disfrute alternativo, lo que acabó por enfurecer a Wilton, que una tarde, se acercó al campo de fútbol del pueblo. Había preguntado varias veces, a su manera y con la mímica como constante emergencia sintáctica, por el equipo de fútbol, pero nadie, ni uno solo de sus allegados, había sido capaz de concretarle de manera exacta la categoría, el nombre o los jugadores que, desde el mayor anonimato posible, defendían los colores de aquél lugar perdido, Salaj.

Wilton Connor

Movido por una fuerza interior incapaz de rechazar las explicaciones, el intrépido inglés se asomó a la puerta de dirección, golpeó dos veces y antes de hacerlo por tercera vez, un hombre gritó a sus espaldas. “¿Qué quieres, chico?, aquí no hay nadie hoy porque no se entrena”. Wilton, contento porque pese a la ausencia de personas, adivinó a ver un amarilloso césped en la lejanía, no volvería a faltar ni un solo día a la sombra de aquella puerta. Durante unos meses, su presencia en cada entrenamiento suponía la muestra de cómo la pelota atrapa desde el interior, desde el sueño adolescente, desde la simpleza de sentirse bien con uno mismo. Para un británico incomprendido, cada pase significaba un metro más cerca de sus costumbres y cada gol, un elixir para dejar a un lado su falta de identificación con quienes le rodeaban. No necesitó muchos de estos goles para ser el jugador más querido del modestísimo y desconocido Gloria Ban, de la 5ª división rumana. Logró hacer disfrutar a los pocos ‘lugareños’ que buscaban compañía y barro los sábados por la tarde y tras unos partidos, todos en la modesta Salaj, se aprendieron el nombre más extraño que jamás había pasado por sus calles.

Pasó de ser un desconocido a convertirse en la estrella del equipo, algo que, al parecer, no gustó a los más radicales por su condición de ‘extranjero’

Hace unas semanas, en una noche de celebración tras una victoria, el bar al que solían acudir los futbolistas, se llenó de gente. Se acabaron los asientos, se acabaron los vasos y se acabó la paciencia de algunos seguidores contrarios a la idea de que su mejor jugador no supiera ni comunicarse con ellos. Un par de disputas, unos insultos imprevistos y unas copas de más, acabaron por encender las alarmas más salvajes. Unos inadaptados hinchas, encendidos y superados por la cerveza, atacaron sin compasión a Connor, que fue herido casi mortalmente en la cabeza. La noticia se multiplicó por el país en segundos y las imágenes no escondían la brutalidad de la agresión. Wilton apareció tumbado, sangrando bruscamente y con una enorme brecha en su cabeza provocada por un … hachazo. Los lugareños intentaron matar a su futbolista con un vil y desproporcionado ataque que continuó sobre su coche, al que destrozaron por completo.

Tras semanas de recuperación, mimos de Andreaa y el calor de sus chicos, Connor salió de peligro. Una herida inquietante en su cabeza le acompañará para siempre y el miedo a sentirse extraño incluso entre aquellos a los que defiendes, jamás encontrará paz. “Estamos contigo y con tu familia. Esperamos que te recuperes pronto para verte jugando y sonriendo otra vez”, comunicó oficialmente el club, condenando su ataque e iniciando ya una búsqueda junto a la policía de sus agresores. El único inglés de Salaj, el único inglés de la 5ª división rumana y el único inglés enamorado del fútbol como herramienta para salvaguardar sus ilusiones. El futbolista anónimo. El futbolista que todos llevamos dentro. Todos somos Wilton Connor.

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