Histórico
20 febrero 2014Fran Alameda

Mi equipo y yo

Paul Scholes - Manchester United

No hay mayor pasión que la que provoca el fútbol, salvo la que provoca el dinero. La pasión de tenerlo todo, asegurase una vida y tener la sensación de que en cualquier momento estalla la cuenta corriente. Los futbolistas, a sabiendas de la generalización, son jóvenes e incultos (y habitualmente mal asesorados) a los que se les llena el bolsillo antes que la cabeza. Rápidamente, los grandes de Europa pescan entre los figurillas emergentes asegurando contratos colosales que les permitirán el último Porsche y multiplicar su casa por dos. Los chicos aceptan. Lógico en una sociedad que mercantiliza la sanidad o la educación y se vanagloria ante la mediocridad y el mal ajeno.

Firmar un nuevo gran contrato, qué duda cabe, no convierte al jugador en mercenario como cambiar de empresa no le convierte a usted en un vendido. Sin embargo, hay un serial de jugadores en extinción. Los que van más allá del mercado; los que, aunque no cobren en donuts levantando el dedo, se rijan por el sentimiento desechando duplicaciones de sueldo por agradecimiento al club que le depositó en la élite. Porque en el fútbol hay mucho de azar hasta llegar a la cúspide. Tanto o más que de talento (o de insistencia como lo comparaba Umbral).

Uno es enteramente identificado con uno de los clubes más poderosos del mundo y jamás se movió de allí. Otro, pasó por decenas de lugares hasta conocer aquél escenario donde se le permitió ser él mismo. La esencia del One Club Man

Ruben Castro - BetisUna de esas leyendas, que no son más que realidades edulcoradas o redondeadas, que se han extendido en el fútbol es una frase de Moratti explicando su voluntad de fichar a Paul Scholes, uno de los últimos y más ejemplares one-club-man: “Nosotros intentamos duramente fichar a Scholes, le dimos un cheque en blanco al Manchester United y hablamos con él. Su respuesta fue corta y simple: ‘Si tú quieres que juegue para ti, tendrás que comprar este club’. Nunca tuvo un agente, así que era más complicado todavía”. Scholes es la metáfora perfecta que define el sentimiento por encima incluso de sí mismo: se retiró y, seis meses después, volvió para ayudar a su equipo a mitad de temporada.

Ayer, Rubén Castro declaró su voluntad de quedarse en el Betis si su equipo desciende, aunque suponga una considerable rebaja en el sueldo fruto de una cláusula anti-descenso. Ya se verá, pero sus palabras desprendían ese aroma de culpabilidad que da el sentimiento de una afición volcada y un club singular en serios problemas. Rubén ni siquiera es un one-club-man, sino un tipo responsable directo de su trabajo, donde unos deciden pertenecer a la gente y otros a su bolsillo o a su confort. Palabras con sentimiento de pertenencia y actos que, con intención o no de levantar al populacho, permiten situaciones románticas que derivan del sudor de la camiseta. Giros de volante en la afectividad de un deporte que, fuera el corazón, no sería nada.

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