Histórico
9 febrero 2014Jesús Camacho

Manneh Oppong ‘Weah’ (1995)

George Weah

Dicen que la calle, mi calle puede ser tan grande y varia como el mundo, cuentan que en todo el mundo no hay más de lo que hay en aquella calle. Puede ser un medio tan confuso y hostil como acogedor, donde puedes encontrar a los peores enemigos y peligros tan reales como ciertos. Sobrevivir sobre sus mojados adoquines, colchones de almas perdidas, puede ser tan complicado que cuando estés preparado para hacerlo lo estarás para todo. Con estas palabras  muchos de nosotros podríamos haber iniciado el recuerdo de nuestra infancia, pues nuestra calle y nuestro barrio podrían ser el de cualquier ciudad, el de cualquier lugar, pero existen olvidados enclaves geográficos en los que cobra aún mayor crudeza este axioma universal de techos estrellados y aceras de cartón.

Barrios como el de Clara Town, situado en Monrovia, el corazón de la convulsa Liberia y la olvidada África, donde el caucho hizo enriquecer a unos pocos que jamás pensaron en paliar la pobreza e ignoraron alevosamente los conflictos bélicos que azotaron al país. Justo en el centro de aquel ‘campo minado’ nació un chico llamado Manneh Oppong, uno de los trece hermanos que componían su numerosísima unidad familiar del grupo étnico Kru, enclavada en una de las zonas más pobres y deprimidas del país.

Familias que a duras penas pueden sobrevivir y que en el caso de Oppong pudo hacerlo gracias a su abuela, que lo acogió y sacó adelante. Cuenta la historia que aquel chaval sorteaba las matanzas que se libraban por las calles de Monrovia, para recorrer cuatro horas diarias con destino a las impracticables explanadas del barrio de West Point, donde el fútbol le hacía olvidar de forma temporal el hambre que golpeaba su estómago. De esta forma se iniciaba el duro camino de George Tawlon Manneh Oppong Ousman Weah, entonces conocido como Oppong pero destinado a pasar a la historia como George Weah.

Una primera etapa en su país en la que vistió los colores de los Young Survivors of Clartown -Jóvenes supervivientes de Clartown-, Mongrange, Nighty e Invincible, donde ya dejó muestras de sus impresionantes cualidades. Cualidades que siguió desarrollando en las filas del conjunto camerunés del Tonnerre de Yaoundé. En el mítico Yaoundé sus innatas cualidades para el fútbol no tardaron en captar la atención del entonces seleccionador camerunés, Claude Le Roy, que le habló entusiasmado al técnico del Mónaco de las impresionantes condiciones de un joven delantero liberiano. Aquel técnico era Arsene Wenger y la necesidad del conjunto monegasco de encontrar una alternativa al delantero inglés Mark Hateley, hizo posible que el joven liberiano llegará al campeón de Francia en 1988.

George Weah había encontrado a su ‘padre futbolístico’ y el Mónaco que por entonces tenía un sensacional equipo, -Jean-Luc Ettori, Manuel Amorós, Patrick Battiston, Claude Puel, Glenn Hoddle- acogía en sus filas a un futbolista africano de leyenda. La lesión de Hateley y la valentía ya conocida de Wenger le otorgó la posibilidad de demostrar su impresionante potencia y su inagotable fuente de recursos técnicos. Habilidad y potencia al servicio del gol, una locomotora que frenaba como la seda. Durante esta etapa aprendió mucho y tuvo en gran estima los métodos con los que Wenger le llevó en estos primeros años: “Me enseñó a perseverar, a vivir una vida decente y a jugar con deportividad. Me enseñó las costumbres europeas, pero comprendió mis orígenes africanos y los respetó. Me dejó hacer mi fútbol, a mi manera”.

Así nació el George Weah que todos conocemos y recordamos, un jugador que en su primera campaña -88/89- como rojiblanco, hizo 14 tantos y consiguió su primer Balón de oro africano. Nacía “La cobra”que desquició a los mejores defensores de la Ligue y por el que el PSG pagó 8.500.000 dólares. Con la zamarra del PSG el también conocido como “Black Magic” o “King” de Liberia confirmó su tremenda calidad, habilidad y descomunal potencia. Formó una letal sociedad con David Ginola y compartió talento con jugadores de la talla de Rai o Valdo. En las tres campañas que el liberiano estuvo en el Parque de Los Príncipes conquistó una Liga, dos Copas, una Copa de la Liga, un subcampeonato liguero y disputó las semifinales de la UEFA, la Recopa y la Copa de Europa.

Especialmente brillante fue la etapa técnica de Luis Fernández, que volvió a darle su sitio y logró la mejor versión del imponente delantero liberiano, que se exhibió en Europa -fue máximo goleador con ocho tantos-. Para entonces Weah había cambiado el concepto del jugador africano y los grandes se rifaban a la “pantera liberiana”, por lo que cuando en 1995 el AC Milan lo compró por 11.000.000 de dólares, la cifra no escandalizó a nadie.

Lejos quedaba ya aquel tiempo en el que el Tonerre Yaoundé pagaba 5.000 dolares por un desconocido Oppong. Ahora era George Weah y llegaba a un grande de Europa para hacer olvidar a otro grande de la historia del fútbol como Marco Van Basten, y lo cierto es que en cierta medida lo consiguió. En 1995 firmó una fabulosa temporada como rossonero, formando una gran sociedad con Marco Simone, un año que gracias a los cambios experimentados en la normativa -que abría fronteras a las diferentes nacionalidades- del Balón de oro, le permitió convertirse en el primer jugador africano -que no de origen africano- de la historia en recibir el Balón de oro al mejor futbolista europeo del año. Galardón que se sumó el FIFA World Player al mejor jugador del Mundo y a los tres Balones  de oro africanos que ya poseía. Precisamente y en relación a la concesión del FIFA World Player, hay que destacar que en la ceremonia de entrega, Weah regaló el citado galardón y dedicó unas sentidas palabras a Arsene Wenger, que subió al estrado visiblemente emocionado.

En su primera campaña en San Siro y con Capello en el banquillo conquistó el Scudetto y a la siguiente temporada nos dejó las dos caras del barrio, la del santo con un inolvidable y antológico gol al Verona, que le retrató como jugador: El delantero liberiano agarró el balón desde su defensa y dio una clase práctica de conducción y potencia, dejando atrás rivales vencidos y asfixiados, que solo podían perseguir la estela que surgía a la cola de aquel avión. Un ‘avión’ que tuvo la suficiente frialdad, como para cerrar aquella histórica acción como solo saben hacer los grandes. Sin duda uno de los mejores goles de la historia de la serie A y posiblemente el más bello de la carrera de “King George”...Y la cara del canalla, por un cabezazo al defensa luso Jorge Costa por el que fue sancionado con seis partidos de suspensión. En todo caso su paso por el conjunto rossonero se saldó con dos títulos de la serie A, tangibles momentos de enorme calidad y goles de puro genio. En 1999 y tras dejar un gran recuerdo en los aficionados del Milán se marchó al Chelsea, donde jugó de enero a junio de 2000.

Comenzaba así el tramo final de su carrera, que continuó en el Manchester City, donde jugó de junio a octubre de 2000 y luego pasaría brevemente por las filas del Marsella, para por último poner punto y final en los Emiratos Árabes, en las filas del Al Jazira, en 2003. Dos años más tarde el Estadio Velódrome de Marsella era testigo del partido homenaje a un grande del fútbol africano y mundial, que otrora fuera hambriento chico de etnia Kru surgido de una de aquellas calles duras  y varias como el mundo, que te consumen y acaban contigo o te convierten en santo/canalla. Quizás por ello su calidad humana haya sido tan importante o incluso más que su legado futbolístico, y de ahí su designación como Embajador de Buena Voluntad de UNICEF donde hizo un trabajo admirable y el mismísimo Nelson Mandela le definió como “orgullo de África”.

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