Histórico
23 febrero 2014David De la Peña

Juventus-Torino: Amor y odio en una plaza turinesa

Este fin de semana se disputa nuevamente el Derbi de Turín. Aprovechamos para contar una de sus múltiples historias, las que lo hacen ser uno de los partidos de rivalidad local más interesantes del planeta. Vuelve Juventus-Torino.

Las historias del viejo se habían convertido para ellos en una costumbre tan placentera, que ni siquiera el gélido viento piamontés que acompañaba a la puesta de sol, y que tanto molestaba cuando chocaba con el sudor ya frío tras horas de fútbol, resultaba un impedimento para que los niños se amontonasen a su alrededor en su querida plaza turinesa. El viejo llegaba con paso parsimonioso, vestido con su inconfundible chaqueta grana, su sombrero de paja y sus zapatos de cuero cuidadosamente cepillados. Los niños bajaban cada fin de semana, cada sábado por la tarde. Bajaban los buenos, los malos y los regulares. Hacían goles entre las farolas, sorteaban a las fuentes y hacían paredes con los bancos. El viejo los miraba desde el balcón trasero de su piso, desde la parte de la casa que no dejaba ver la Mole Antonelliana. Pasaba allí largo rato después de comer, y sabía perfectamente quién era el bueno, quién era el malo, y quién el regular. El viejo tenía el fútbol en la sangre, y no podía ser de otra manera, porque hace muchos años, él era la admiración de aquel barrio cuando le veían manejar la pelota.

Cuando el viejo era joven, no sólo decían que era el mejor del barrio en éso que llamaban fútbol, si no que toda la ciudad le admiraba. “El chico de la camisa grana”, decían. “El imparable chico de la camisa grana”, añadían los demás, y así, el boca a boca recorrió todos los rincones de Italia. La admiración se extendió más allá de las fronteras, y al final, una enorme corriente de opinión coincidía en señalar a aquel chico de la camisa grana como uno de los grandes dominadores de aquello que llamaban fútbol. Sin embargo, la desgracia pareció cebarse con él, cuando sólo había conseguido unos pocos éxitos, y su techo estaba mucho más alto. Sus sueños, sus virtudes, y su patrimonio, quedaron enterrados bajo el monte Superga, y desde entonces el viejo no volvió a ser el mismo. Casi todos los vecinos lucharon por él, le ayudaron, el viejo peleó y consiguió de vez en cuando sonreír con la pelota en los pies. Casi todo el mundo en aquella plaza le quería y le admiraba, y muchos de los niños que jugaban cada sábado en ella se sentaban a escuchar sus historias de Valentino Mazzola y de Gigi Meroni.

La vieja señora pasaba las tardes de los sábados mostrando su hermosura en su balcón de imponentes vistas. La plaza quedaba debajo, la Mole Antonelliana, de frente, detrás del piso de aquél viejo testarudo y fanfarrón que tan bien manejaba la pelota. La vieja sabía que de joven era la más bella, a quien más admiraba aquel barrio gracias a eso llamado fútbol que a todo el mundo parecía gustarle. Después llegó el viejo y se dejó de hablar de ella, y la señora, tan exquisita e inteligente como pocas, peleó por poner su nombre en el palo más alto de aquella plaza. El tiempo pasaba, llegaron los coches, la FIAT y tantas otras joyas, y la señora empezó a andar más deprisa que ningún otro.

Puede que el andar parsimonioso del viejo y su vieja chaqueta grana despertarse admiración entre muchos de aquellos niños, pero el vestido blanquinegro de la señora tenía el respeto de otros tantos vecinos, que se sumaron a la bella Italia y a gran parte de Europa. Muchos niños se quedaban alrededor del viejo de la chaqueta grana para escuchar sus historias, pero las que la señora contaba desde su balcón retumbaban día tras día en toda la plaza. Las de Platini, las de Scirea o las de Del Piero.

Pasaron tres largos años en los que los niños terminaban de jugar, y ni el viejo les contaba historias, ni podían alzar la vista para contemplar la hermosura de la señora. La plaza turinesa lleva tiempo envuelta  en un ambiente de extraña tranquilidad y de angustiosa añoranza. El viejo de la chaqueta grana lleva demasiados meses en su sótano, entre viejos cachibaches y vetustos recuerdos, y la señora se pasea por Italia presumiendo de joyas, lejos del balcón que asoma a la plaza. Un nuevo domingo, un balón, y los buenos, los malos y los regulares. Largas horas hasta que el sol empieza a marcharse y la pelota tiene que parar. Pero esta vez es diferente. Un grito de Cerci mezclándose con algo que los mayores llaman “La Maratona”, y la puerta de aquel sótano abriéndose lentamente. Los niños se paran, todos callan, y la pelota corre sola hasta parar en los pies del viejo de la chaqueta grana. La señora, extrañada por aquella calma precedida de aquel grito se asoma a su balcón. La vieja señora mira al viejo de la chaqueta grana a los ojos. Los niños sonríen. Por fin. Juventus – Torino.

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