Histórico
27 febrero 2014El Enganche

Europa League: Donde crecen los héroes

Europa League 2014Por Rocío García

Era mayo de 2001. En Dortmund, el Alavés, ese equipo de segunda que algunas generaciones recordamos  por ser el primero en la página de Panini más que por sus victorias, no sólo se había clasificado para los puestos europeos, en un ir y venir de categorías, de aparecer y desaparecer de las páginas del álbum, sino que había conseguido llegar a la final. Al otro lado, el gigante de Anfield. Los goles llegaron pronto, el Liverpool veía cerca la victoria. McCallister, Javi Moreno o Fowler, míticos en la memoria, propiciaban que los noventa minutos acabasen con empate a cuatro, con lo que las grandes cantidades suponen para la posteridad. Un gol de oro decidiría la final. Un gol de oro en propia puerta de Geli les dirigía a la derrota. Una derrota para ser parte de la historia con Europa como testigo, donde los pequeños quieren ser grandes y los grandes se aburrieron de serlo.

Así, como un hermano pequeño sube al taburete para alcanzar al espejo y llenar su cara de espuma de afeitar y cortes provocados por la inexperiencia ante la cuchilla. Con los restos de esfuerzo y de querer más, la Europa League se acerca a los campeones sin complejos. Ser el mejor de la clase en los recreos valía más que jugar contra los mayores y perder.

Alavés-LiverpoolEn el mismo patio y con las mismas reglas: Europa y el fútbol. Allí, donde los pequeños juegan, también quedan partidos para el recuerdo: Aquel gol de Palop en el descuento o ese otro de Antonio Puerta en la prórroga que metía al Sevilla en su primera final europea después de malvivir cien años. Un Getafe-Bayern para soñar que se puede. Un Alavés-Liverpool o un derbi madrileño en Europa.   Un espejo donde mirarse y decir: “yo también quiero, y puedo”. Y acabar pudiendo.

A diferencia de la Champions, que la constituyen leyendas de gigantes; la Europa League, otrora UEFA, está edificada sobre leyendas de pequeños que acabaron siendo héroes

Un sistema de competición largo que conlleva un innombrable esfuerzo: play-offs, fase de grupos, dieciseavos, idas y vueltas para poder ser sólo dos. Y un título. La concentración suficiente para aguantar encuentro tras encuentro bajo el lema de “partido a partido” y seguir subiendo escalones para llegar a ese patio donde messis, cristianos o ribérys pelean por el balón.

Estar a la altura. Un patio, el de abajo, donde también se puede brillar. Donde Radamel Falcao es, hasta hoy, el rey de la pista, imbatible con sus 70 goles y finales ganadas. Pero no sólo él, cicatrizando los cortes y llegando sólo al espejo, sin taburete. Un espejo donde mirar las victorias y los pasos impensables de una lucha continua. Un espejo donde el Alavés se vio campeón hasta el final, donde el Getafe plantaba cara a los bávaros del Bayern hasta la prórroga. Una derrota para formar parte de la historia. Para ser, a su manera, héroes. Héroes que, parafraseando a Romain Rolland, son aquellos que hacen todo lo que pueden. Los que consideran el fútbol una obra de fe y no de razón.

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