Histórico
14 enero 2014Fran Alameda

La España del Balón de Oro

Cristiano y Messi

Supongamos que todo aquello, lo de Zúrich, donde dice Jabois que habitan tantas cuentas españolas que Cristiano las podría haber confundido con la afición, era una fiesta. Supongamos, que además de la exhibición textil, -‘exhibición’ como muestra desesperada de llamar la atención- hubiera una exhibición futbolística para que tantos viajaran. Pero no. Aquella parafernalia previa dispuesta a engordar las horas de televisión de algún bufón de turno que reclamaba votos para su preferido, deparó en espera absurda, rellena de contenido vacío, de apuestas más propias de las casas que del periodismo. Siquiera del fútbol, sino del espectáculo. El fútbol, otrora deporte, ahora, negocio, ha colocado un balón de oro ya en fase terminal, como los horarios -o la discusión sobre ellos- y el mandato de Villar.

Siempre se ha reconocido a uno en lugar de a once en un deporte, aspecto que ha generado alguna sospecha de superficialidad en una práctica donde cada uno de los jugadores son una onceava parte del todo sin las que el reloj no podría funcionar. El fútbol, que siempre ha tomado este premio como un goce para saciar el ego y rellenar espacio, ha convertido al balón de oro en un objetivo sin el cual no se puede comprender nada. De hecho, la vida, como llamaba Camus al fútbol, es un proceso antimatemático por antonomasia, no acepta categorizaciones individuales ni premios vacíos de contenido. El fútbol premia el esfuerzo y la funcionalidad individual de cada uno por y para un colectivo cuya fortaleza no radica en cada uno de los once, sino en su unión.

Pero elegir y reducir todo a uno, o dos quizá, es una costumbre tan nacional como culpar al de enfrente, independizarse o comer con las manos. Por eso, por lo sociológico del españolito, funciona tan bien el balón de oro en España. Como la carrera de caballos que se vende en los procesos electorales o la batalla dialéctica entre las dos españas durante el periodo de gobierno. Solo hay que elegir uno y gritar, incluso nos han conseguido colocar a Cristiano y Messi, los dos eslabones menos mortales de Madrid y Barça, como la antítesis. El alto, el guapo y el rico contra el bajo, el feo y el humilde. España se ha quedado nietzscheanamente corta. Aquí no hay hechos, evidentemente sí interpretaciones: una u otra. Usted elige.

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