Histórico
29 enero 2014Fran Alameda

Juventus-Inter: La expresión de un derbi

Juventus - Inter

Ya dijo aquel, y se le suele atribuir a Simeone, que las finales no se juegan sino se ganan. Como los títulos, las elecciones o una partida de cartas contra el abuelo. A la vida no viene uno para andar perdiendo y dando manos con la cabeza gacha y el corazón digno, sino para ganar. Ya me perdonarán que Camus siempre aparezca en los textos, pero es que estos dos deportes, la vida y el fútbol, tienen un rostro tan familiar que a menudo cuesta diferenciarlos. Viendo los periódicos, por ejemplo, observo no sin cierta razón que el sillón de un equipo funciona como pasaporte al sillón charanguero de un Ayuntamiento (marbellí, si tiran de la lengua), al juego de una autodeterminación insostenible o al bombardeo económico de comisiones en Brasil, Catar o Guinea.

El caso es ganar, ya sean partidos o billetes. Imaginen a algunos jugadores, que incluso ganan a las dos. Los derbis, como las finales, no se juegan, se ganan; ni siquiera se compiten, se ganan. Ya sea con goles en el último minuto o penaltis inexistentes. La dignidad se aparca para que el vecino no toque la puerta bufanda en mano y cubalibre en el riñón para recordar la victoria de ayer, que, con suerte, pasará hasta que se juegue el próximo partido. Seguramente, en aquella analogía de Camus o de Valdano (“En ningún sitio aprendí tanto de mí y de los demás como en una cancha”) sobre la vida y el fútbol había un componente que no podemos saltar: la cultura. Italia y Argentina comparten una visión de sentir el fútbol, vivirlo.

O sea, el fútbol en Italia no se disfruta, no se analiza, no se mira, no se mima, sino que se vive. En cada equipo se plasma una forma de pensar que no corresponde a ningún cliché maniqueo, sino a una tradición que acompaña, como poco, a los hinchas del equipo cuando no a una ciudad entera.

El derbi de Italia es una rivalidad patológica entre los dos grandes clubes de Italia por antonomasia. Juve e Inter comparten estado, ambos pasan por transiciones, solo que en distintas alturas de la clasificación

Boninsegna

El Calcio, de hecho, es la competición con más derbis al año; en cada rincón hay una historia detrás, un motivo de afrenta y morbo, para vivir un partido de manera especial. Si no, se inventan motivos tal que Don Quijote y los molinos. Desde 1907 y los goles de Borel, el Juve-Inter ha patrocinado, y con razón, el Derby de Italia, aunque resuene a medieval cuando uno empieza a recordar: el partido fantasma, los juveniles posteriores, Giuseppe Meazza o el intercambio de camiseta de Boninsegna pasando por el trasiego fallido de Guarín y Vucinic.

En este curso no les une más que las transiciones: de la victoria en casa a la victoria (pésimamente dada) en Europa y de la ausencia de rostro hasta la búsqueda de personalidad. El caso es encontrarse, que si de algo puede acusar al Inter es de dar volantazos excusados en la austeridad de un coche que falsificó Mourinho ganando lo que no podía. Ni siquiera debía, que la ilusión, como dijo Rulfo, es vivir más de lo debido.

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