Histórico
17 noviembre 2013David De la Peña

Francia: La maldición de los mitos del 98

Laurent Blanc y su imagen modélica, su traje, sus gafas, y su temple de cara al público. Central fino, para algunos exquisito, su escena de aliento en el Mundial del 98 se distanciaba de los clásicos abrazos, apretones de mano, e impetuosos saludos a los que los futbolistas nos tienen acostumbrados.  Él besaba la calva de Barthez a modo de amuleto. Cierto es que de manías está el mundo del fútbol lleno, pero no es menos cierto que el particular talismán del zaguero sobre la despejada cabeza del guardameta se sitúa entre las más pulcras manías a la vista del público en el fútbol de élite. A Blanc no le eligieron como sustituto de Domenech por besar una cabeza, pero a buen seguro que esa imagen de tipo elegante, calmado y sobrio, ayudó a que se sentase en el banquillo de los bleus, si tenemos en cuenta el contexto en el que lo hizo.

Es de sobra conocido el enfrentamiento del grupo con Domenech durante el Mundial de Sudáfrica, y la escisión que esto provocó en la plantilla, hasta el punto de que la propia prensa gala tachó a los culpables de ‘desertores’. La imagen al exterior fue tan lamentable que el propio Sarkozy trató el tema en el Elíseo, y aquel incómodo entuerto acabó con el ex-entrenador del Girondins de Burdeos en el banquillo de la selección, con la difícil tarea de limpiar el desaguisado, y con el agravante de hacerlo sin algunos hombres importantes sancionados por la propia federación. Por si fuera poco, debía lidiar con la carga del éxito que la selección del 98 había extendido a toda Francia. El país, desde aquel momento, ya se sentía ganador, ya había tocado la gloria de ser campeón del mundo, y a partir de entonces la exigencia iba a ser acorde con tamaño hito.

Aquella generación extendió su supremacía durante un torneo de primer nivel más, cuando toda Francia gritó al unísono el tanto de David Trezeguet en la prórroga de la final de la Eurocopa de 2000 frente a Italia. Aquel gol de oro significaba la segunda Eurocopa, y refrendaba al país galo en lo más alto del panorama futbolístico mundial. Desde aquel momento, las desilusiones han ido cayendo una vez tras otra. Es cierto que el grueso de aquel grupo consiguió aún un par de brindis más, que rebajaron relativamente la sed, cuando en los años 2001 y 2003 se consiguió ganar la Copa Confederaciones. Torneo que, si hoy sigue siendo considerado como menor, por aquel entonces y con una historia aún más corta, tenía todavía menos impacto y valor emocional. La realidad es que el comienzo de esta época de sequía se puede situar en el preciso instante en el que Didier Deschamps levantó aquella Eurocopa en el año 2000.

El primer manotazo llegó durante el Mundial de Corea y Japón. La selección llegaba con la ilusión de obtener una triple corona jamás conseguida en la historia, y prensa y aficionados la ubicaban, con toda la lógica del mundo, entre las máximas favoritas. Aquel año, la decepción de la selección de Roger Lemerre (artífice de la Eurocopa dos años antes), fue enorme. Es cierto que Zinedine Zidane no pudo jugar hasta la 3ª jornada, pero un equipo con Henry, Trezeguet, Vieira o Thuram, no sólo no consiguió ganar un solo partido, si no que no fue capaz de hacer un solo gol. El grupo los había encuadrado con Senegal, Dinamarca y Uruguay, por lo que la hecatombe fue todavía más sonada dada la diferencia de nivel existente entre el combinado galo y sus oponentes. La eliminación fue un verdadero palo, y la caída en cuartos de final de la EURO 2004 contra Grecia provocó que las corrientes de opinión apuntasen claramente a un fin de ciclo.

Sin embargo, el Mundial de 2006 fue un pequeño rayo de luz colándose por una ventana que hacía tiempo que había empezado a caerse a trozos. Un Zidane potenciado al máximo por Domenech y un incipiente Frank Ribery consiguieron que el equipo se plantase en la final de la Copa del Mundo, contra todo pronóstico teniendo en cuenta esa espiral negativa en la que había entrado el equipo. La final contra Italia arrancó de la mejor manera posible. Zidane lanzaba un penalti a lo panenka, que casi con justicia poética se coló de milagro en la portería después de un pequeño rifirrafe con el travesaño. Parecía que los dioses del fútbol querían que uno de los más grandes de la historia se fuese levantando la copa más anhelada con un gol para el recuerdo. Sin embargo, diablos metidos en Materazzi y, como consecuencia, la agresión más famosa de la historia del balompié, que acabó siendo la imagen de la derrota de una Francia que caería en los penaltis contra la selección azzurra.

La Eurocopa de 2008 fue un nuevo varapalo, y aunque si bien es cierto que esta vez el grupo era durísimo (Países Bajos, Italia y Rumanía), quedar en último lugar del mismo fue un bocado demasiado agrio que llevarse a la boca para una afición que dos lustros antes reventaba los Campos Elíseos para celebrar un Mundial. Lo de Francia y los Mundiales desde ese 1998 es una relación casi malvada. A los ‘0’ goles en 2002, se suma el cabezazo de Zidane en 2006, y el lamentable episodio entre Anelka y Domenech en 2010, que, aunque por lo escrito hasta ahora parece quedar en segundo plano, tuvo un impacto directo en lo deportivo y una selección de bastante nivel volvió a quedar última en un grupo formado por Uruguay, México y Sudáfrica. La eliminación en cuartos de final de la Eurocopa de 2012 parece casi una anécdota, teniendo en cuenta que fue contra la todopoderosa España. Blanc no consiguió, a pesar de lavar la imagen y ofrecer ilusión, conseguir salir de la angustiosa espiral de derrotas.

El elegido para afrontar una competición que parece casi maldita desde 1998 fue Didier Deschamps. El único futbolista francés de la historia que ha conseguido levantar la Copa del Mundo para su país se enfrenta al reto. Deschamps ya era un líder en el equipo del 98, pero entonces ya tuvo que lidiar ante el vacío que dejó Laurent Blanc, y precisamente esa ausencia le sirvió como guía. Y es que Blanc fue expulsado en la semifinal, y como el propio Deschamps dijo “Su comportamiento entre los cuatro días que separaron la semifinal de la final fue ejemplar. No se si yo hubiera sido capaz de mostrar una indiferencia tan grande ante la tristeza y la frustración. No dejó traslucir nada y esa entereza nos sirvió de ejemplo a los líderes para transmitirla al resto del grupo”. Quizá, como en el 98, era el momento de adoptar algunos de los valores que Laurent Blanc transmitió al grupo, incluir los propios, y tratar de salir de una maldición en los mundiales demasiado larga para un país que, no hace mucho, sintió la gloria. Sin embargo, con resultados regulares pero sin identidad ni brillantez, las cosas han cambiado muy poco y a falta de solo 90 minutos para decidir si tendrán hueco en el Mundial 2014, el caos vuelve a ceñirse con Francia. Es la interminable maldición de los mitos del 98…

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