Histórico
14 octubre 2013El Enganche

Bélgica: Coge nuestra manos, Hazard

Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

Bélgica aún es una selección. Sin más, pero con una media entre sus teóricos titulares inferior a los veintitrés años y medio. Como no tantos combinados nacionales. Una plantilla especial, porque la suma de su talento natural para jugar al fútbol es superior a la media. Porque nadie la esperaba y, de repente, han llegado los Witsel, Benteke, Fellaini, Vertonghen o Kompany para fruncir el ceño en una selección que ha pasado de cena familiar a reunión de ilusionantes JASPs. Para eliminar el verde de su piel, creer. La confianza, no obstante, es el primer secreto del éxito, vino a decir Waldo Emerson. El factor psicológico juega un papel fundamental en el deporte. Por esto se tiende a decir que el entrenador, habitualmente, está más cerca de un psicólogo o gestor de emociones que de un organizador táctico o colocador de piezas sobre el césped. Bélgica acaba de llegar, necesita ese periodo de adaptación de piezas y distribución de roles para concluir como equipo. Las individualidades han colocado la “e”, pero el tiempo, la cohesión del grupo y el seleccionador colocarán o no el resto de letras.

En medio de esta especie de crucigrama aparece un nombre propio no nombrado aún: Eden Hazard. Un equipo es, con seguridad, mucho más cuando hay líderes espirituales y futbolísticos dentro del vestuario y, por supuesto, en el césped. Esto es: responsabilidad y jerarquía. Alguien a quien mirar cuando el partido se arrastra hacia lo tenso (o no) del paso de los minutos. Y Hazard es esto. Cual tipo distinto se le acusa de inconstante. Su luz solo emite chispas intermitentes a lo largo de un partido. Lógico. El ser humano no tiene por costumbre ser sublime sin interrupción, como sí tenía (o decía tener) Baudelaire.

Pero el último mes del jugador del Chelsea se acerca a lo que proclamaba el bohemio francés. Partiendo desde su zona de influencia real, la banda, ha crecido como jugador. Gana en el gesto técnico en uno contra uno, filtra y, sobre todo, desequilibra hacia dentro, hacia la portería. Ha caminado paulatinamente desde el flash hasta el jugador contextual. Ha dejado de ser el novio detallista para ser un marido ideal. Y éste, el joven, el hambriento, el que quiere más, es el que necesita Wilmots para su equipo. La diferencia se encuentra, naturalmente, en relación a sus compañeros. Con un referente, el colectivo, por tendencia humana, rinde a empujar. Se libera de la presión y crea.

Justo aquí brilla Bélgica. Un combinado de jugadores de segundo nivel mundial. Muchos, pero Hazard debe ser el que alcance el primer escalón. Fellaini, Dembele, Witsel, Mertens, Benteke… Hay una gama amplia de jugadores con enorme sensibilidad para sumar (y mucho), pero no para guiar. La brújula debe ser quien, en su día, recomendó Zidane para el Madrid. Un chico de apariencia liviana, pero de evolución notable en su tren inferior. De hacedor de jugadas a referente de partidos. El paso está por dar, pero Hazard ya lleva el esmoquin. Bélgica se ve como en su día se vio (el) Lille: en sus brazos.

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