Histórico
6 julio 2013Jesús Camacho

Italia 90: “Siempre gana Alemania”

Las finales de los grandes torneos suelen ser encuentros en los que el respeto, el miedo a perder y el peso táctico de los planteamientos de sus entrenadores impiden el desarrollo de un juego de calidad y atractivo para el espectador. Por regla general y salvo contadas excepciones esto suele ser así, por lo que difícilmente una final constituye la síntesis del juego desplegado por los distintos equipos durante el desarrollo del torneo.

Esta sería una teoría aplicable a la mayoría de las grandes finales de la historia, pero no en el caso de la Copa del Mundo de Italia de 1990. En este caso concreto podemos asegurar sin miedo a equivocarnos que el partido decisivo disputado en Roma fue fiel reflejo de un Mundial más bien pobre en lo que a espectáculo y buen juego se refiere.

Salvo contadas y agradables sorpresas, -como la estelar actuación del camerunés Roger Milla ya con 38 años- todos parecieron dar un paso atrás otorgando más importancia al posicionamiento que al balón. Fruto de ello pudimos contemplar un mundial que hizo honor a la tierra del catenaccio en la que se disputó. Maradona no era ya el de hacía cuatro años y Bilardo seguía siendo Bilardo pero sin el mágico estado de gracia del nº10. Argentina era básicamente la inspiración de Goycoechea en los once metros, los chispazos de Burruchaga, las pinceladas a cuentagotas de Diego y la velocidad del “Pájaro” Caniggia arriba. Brasil tampoco dio la talla e Italia se agarró al pequeño Salvatore Schilacchi para jugársela en semifinales ante la Argentina de Maradona, ante la que sucumbió.

Por el otro lado del cuadro Alemania se mostraba como el conjunto más potente del torneo, con hombres como Matthäus, Völler, Brehme y Klinsmann en su mejor momento y dirigida por el legendario “Kaiser” Franz Beckenbauer. Un equipo con futbolistas de talento y fuerza, sólido, mecanizado y martilleante, alemán en toda regla.

Bajo estos condicionantes un 8 de julio de 1990 arrancó el partido definitorio con el pitido inicial del colegiado mexicano Edgardo Codesal Méndez, que desgraciadamente cobró demasiado protagonismo en el desarrollo del mismo. La clara favorita a diferencia de lo sucedido cuatro años atrás era Alemania, y es que ni Argentina era la misma, ni Diego era aquel futbolista del 86, y para colmo su jugador más en forma -Caniggia- estaba suspendido y no podía disputar la final.

El partido no fue nada vistoso en sus primeros 45 minutos, Bilardo tiró a los suyos aún más atrás si cabe, y Alemania aún siendo la única que buscaba el marco rival, solo lo hizo a través de las subidas de Brehme -que jugó prácticamente en la media todo el partido-. En la segunda mitad ambos contendientes siguieron ofreciendo idénticos planteamientos, disputándose todo en la parcela central, en la que hubo una guerra de medios en toda regla, allá donde comenzó a decantarse la final tras una absurda patada de Monzón a Klinsmann que significó la expulsión del futbolista argentino.

A partir de ese momento el encuentro se convirtió en un monólogo de Alemania ante una selección argentina que depositaba todas sus esperanzas en la solvencia y los guantes de Sergio Goycochea en una hipotética tanda de penaltis. Esto fue así hasta que se produjo la acción más polémica del partido, un inexistente agarrón de Sensini sobre Völler que fue interpretado por el colegiado mexicano como pena máxima. La suerte estaba echada y la decisión pese a las protestas de los argentinos era ya irrevocable.

Corría el minuto 85 de partido, Andreas Brehme agarró el balón y con gesto grave y nervios de acero, el defensa izquierdo del Inter de Milán con su pierna diestra tiró el penalti que casi consiguió parar el portero argentino Sergio Goycochea.

Brehme lo vivió de la siguiente manera:

- “Lo peor fue la espera de seis o siete minutos antes de que pudiera tirarlo. Los argentinos estuvieron discutiendo ese tiempo con el árbitro y sacaron el balón del campo”. “Pero cuando me metí en el área me concentré en el disparo y batí a Goycoechea”.

Un gol que definió una final que a los puntos y por superioridad debió ganarla Alemania, pues a su habitual pegada e inquebrantable moral se sumó la buena dirección técnica de Bekenbauer y una excelente generación de futbolistas liderada por Matthäus, Völler, Klinsman y Brehme, junto a los los Hässler, Augenthaller, Kohler, Illgner y compañía.

El fondo hacía justicia con el campeón pero no la forma, por ello Argentina -que se sintió asaltada- perdió los papeles y acabó por enturbiar los últimos minutos de aquel pobre Mundial. Una victoria sin brillo y como tituló acertadamente la Gazzetta dello Sport, haciendo un inteligente juego con las lágrimas de Maradona y el pobre juego desplegado por ambos conjuntos: “Una final para llorar”.

En todo caso la coronación de Alemania como tri campeón del Mundo, el comienzo del final de la carrera de Diego Maradona y la confirmación de Lothar Matthäus como uno de los grandes medios de la historia del fútbol alemán.

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