Histórico
18 junio 2013El Enganche

Málaga: Isco, el eterno crédito del talento

Málaga - Isco

Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

“Lo mejor está por llegar; nadie sabe dónde está su límite”. Lo dijo quien dirigiéndolo dos años. Dos años de constante evolución, desde ese jugador cuasi inexperto que llegó desde Valencia para dar oxígeno a Cazorla y reencontrarse con su ciudad natal. La sucesión de halagos a Isco se queda habitualmente en el detalle técnico, en el control para highlights o en el regate entre tres. Pero su trascendencia en el Málaga es mayor. Asume el peso del centro del campo cuando el rival empuja alejándose de la portería, da uno de los primeros pases sin dejar de dar el último. Futbolísticamente, no es el niño, no es la genialidad, sino el jugador.

Isco, en el campo, vive una realidad paralela al casi adolescente que acuñaba el premio que le dieron. En el césped es el lejano aspirante al premio de los mayores, pero todavía fuera del campo no deja de ser un chico de aura evidente y confianza plena. Todavía, entre descuidos, lo mima su madre. Hasta el punto de enterarse por WhatsApp de su convocatoria con la selección española. El, hasta ahora colofón a su carrera, que dos semanas después, ante la batalla entre dragones, se convierte en otro vistazo atrás. De hecho, es su entorno y Pellegrini, gran gestor de emociones desde los ‘lugares tranquilos’ que decía Goethe, desde esa realidad mínimamente alterable, quien evita cualquier tipo de pájaro en su cabeza. Podemos hablar de picos de rendimiento, pero nunca por un aspecto fruto de la sobrestimación.

Su evolución futbolística es fruto de dos nombres por encima del resto: Vicente Mir y Manuel Pellegrini. El primero fue su entrenador en el Valencia B, el año previo al viaje a su Málaga para quedarse. Mir es el primer responsable de que Isco dejase de ser un ‘10’ de ‘poco’ más que un último pase, goteo leve a lo largo del partido y un gesto técnico para demostrar su superioridad con el balón en el pie. Le llevó hasta el área y le elevó el tono físico. Isco corrió para recuperar y corrió para pisar el área. Mir multiplicó las utilidades de su habilidad técnica y lo hizo progresar en el control orientado, una forma de subsanar su déficit físico a través de la anticipación de la jugada.

Pellegrini lo terminó de hacer jugador. A Málaga llegó el chico de gestos, de alguna conducción y elevado dominio del balón. Un tipo con poco aspecto de futbolista, muslos anchos y limitada reactividad. Pero su cara decía algo. Sus esfuerzos, su gesto exigido por la carrera le dibujaba un esbozo de sonrisa. Y Pellegrini colocó al Málaga sobre sus hombres. De manera exponencial a partir de agosto de 2012. Su influencia sobre el inicio de la jugada es creciente y su toma de decisiones es casi perfecta. No hay conducción excedida, ni pausa no pedida. Él, lento por definición de su físico, corre con la cabeza. Llega antes a la jugada. Uno, cuando lo ve y lo examina a base de cámaras lentas, siente nostalgia de Riquelme a la hora de interpretar y de ese espíritu de niño y amateur que emana cualquier favela brasileña.

A la, a menudo, dolorosa y física realidad futbolística –no queda bien claro si moderna desde que existe el fútbol inglés o la llegada de Rinus Michels. Tal vez desde la aparición de jugadores que explotan todas las virtudes de las que disponen. Véase Cristiano o Bale–, Isco suma la precisión y la llegada. Es un futbolista de mayor complejidad que el efecto visual que produce. En Do Dragao tiene a su servicio el próximo doctorado. Ojo, una eliminatoria de Champions ante el equipo de Pinto da Costa. La situación no es baladí y el malagueño ha vuelto a su versión óptima tras el receso que le pidió su cuerpo.

Su evolución también es cuantificable: solo Willy Caballero, quien también podría merecer un post como este, ha jugado más minutos. Es el máximo goleador con 11 tantos. Probablemente, sin un gol estando, siempre apareciendo. Los cantos de sirena deben dejar de ser escuchados, para comenzar a pensar en Isco como realidad permanente. Nada asociado a la efervescencia de la juventud ni a la continuidad aristotélica, sino a la ambición, al trabajo diario. El arte, el virtuosismo, hay quien lo degenera en función a sus intereses y los expone cara a una galería de pequeños cuadros. Isco es progreso. Es jugador. Es querer. En definitiva, es hacer buena aquella frase del maestro Umbral: “El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”.

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