Histórico
12 junio 2013El Enganche

España: Cuando ganar es lo normal

Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

Un día se miraron con tanto por hacer que decidieron, por fin, unir sus caminos. Quedaba espacio para otra derrota, pues nunca había conocido cómo era aquello de sonreír cuando el otro lloraba. Ni siquiera había experimentado la pertenencia que su clicheada furia debiera traer consigo. Al norte del país, un equipo se mimetizó de tal manera que, muy a menudo, elevó el cómo a categoría de vida. Nunca más citó a cualquier uvedoble a solas. El cómo, el qué, el por qué y las demás eran incapaces de viajar solas. Unos tipos creyeron firmemente y, de manera casi descuidada, se apoyaron en títulos para obtener la razón que, para algunos, solo el resultado puede dar.

Aquel equipo evolucionó vestido de otro color y representando a una idea, pero a otra cosa. El escenario seguía siendo verde, pero todo lo demás era distinto. Sin embargo, un viejo al que como a la mayoría llaman sabio, cambió el rumbo. Manuel Castells, prestigioso teórico, habla de sociedad de la comunicación. Es decir, en la cúspide de la pirámide –o bien en la base, nunca se me dio demasiado bien este tipo de jerarquías– encontramos la forma y el discurso. Y el viejo, ni corto ni perezoso, convenció a un grupo criado entre derrotas, pero una poderosa idea que aquel era su momento.

El viejo, luego sucedido por una persona contraria al hombre, los puso ante el destino. Ellos solo tuvieron que jugar, elevar la idea a categoría y vencer. Esto último es primordial, aunque solo fuera porque te permite seguir en el juego. Y ganaron. Y ganaron. Y llegó el inhumano hombre calmado. Y siguieron ganando. El camino, aunque incluso hoy lo parezca, no fue de rosas. Recuerdo cómo la obsesión casi maniaca de llevar tu idea como si de fe se tratara no causaba pasión en los del balón-ladrillo. Este país, al fin y al cabo, era (y es) el paraíso de las columnas de opinión, donde a menudo se dice menos que en el titular de este texto. Y ese, por bonitas que sean, es una radiografía irrevocable.

Cinco años después del comienzo de la aventura, quien sabe si final, de una idea obsesa por llevar a la perfección los pensamientos, se citaron de nuevo. Ellos van como el que lleva estudiando dos meses para el examen: relajan los brazos y sonríen. Más a menudo por apariencia y práctica que por realidad. Pero siguen estando. Y sigue importando lo mismo, salvo un detalle: al (glorioso) fútbol se juega corriendo. Bueno, quizá, no. Porque todos estos tienen un mismo padre y el tal Johan dijo: “Al fútbol se juega con el cerebro”. Y apostilló: “Si tengo el balón, ellos no me pueden marcar. ¡Pero esto hay que jugarlo para ser un espectáculo!”. O sea, hay que jugar para jugar. Para ser feliz. Para que, parafraseando a Chesterton, todo parezca como cuando eres niño: una maravilla. Me disculparán, pero se me ha vuelto a cruzar en un texto que, pese a esta gente, perder puede ser lo normal.

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