Histórico
13 abril 2013El Enganche

#QuesitoNaranja: ¿Sabes cuál fue el mejor Real Madrid-Barcelona?

Real Madrid-Barcelona

Por Alberto Piñero (@pineroalberto), periodista cobertura diaria Real Madrid

Regresa nuestra nueva sección Quesito Naranja (recordando esa mítica y salvadora pregunta naranja de Trivial), buscando respuestas para cuestiones de lo más variopintas.

Un partido, un jugador, un título, un presidente, una jugada, una filosofía, un gol, un árbitro. Cualquiera de las suertes y circunstancias del fútbol pueden cambiar la historia de un club para los restos. O al menos, dejar huella en el imaginario de una generación. Ahí están el Brasil del 70, el Milan de Sacchi, el Alavés de la final de UEFA, el Southampton de Le Tissier, o seguramente también, el Málaga de Craig Thompson (con el permiso de Pellegrini). Mucho se podría reseñar de Real Madrid o Barcelona al respecto. Colosos del fútbol de ayer, del de hoy, y también del de mañana, nadie olvida al equipo de las cinco Copas de Europa con Di Stéfano, al de Cruyff, al de la Quinta del Buitre, al del Dream Team, al de los Galácticos, al de Guardiola, etcétera, etcétera. Épocas todas ellas ya indelebles para su propia historia. Y siempre, merengues y culés caminando de la mano por senderos paralelos.

Ambos, protagonistas de sus propios éxitos y fracasos, siempre han influido en la concepción de los logros del contrario sin embargo. Desoyendo la teoría de los vasos comunicantes. No se entendería igual la historia del Real Madrid sin el Barcelona. Y viceversa. Un título que gane uno de los dos, supone una copa menos para el otro. Y paradójicamente, entre los dos se han hecho aún más grandes entre sí. Alimentados por una rivalidad que fagocita y agiganta a partes iguales, según décadas, y que va camino de cumplir un siglo. Si no, más. Al menos, todos los analistas coinciden en subrayar como uno de los puntos de inflexión en las relaciones entre blancos y blaugranas un suceso del que esta semana se cumplen 97 años: las semifinales de 1916 en una Copa que aún daba sus primeros pasos, siendo entonces el único torneo de referencia en España.

Madrid y Barcelona ganaron un partido cada uno (2-1 en la Ciudad Condal y 4-1 en la capital), con lo que quedaron abocados a un partido de desempate. Nadie entonces había pensado aún en la diferencia de goles, en que los goles fuera de casa pudieran valer el doble que el resto, ni en una tanda de penalties que cobraría vida casi medio siglo después, en Cádiz. Hubieran impedido en ese caso lo que terminarían siendo dos partidos memorables, necesarios para entender la grandeza y la rivalidad que empezaba a germinar entre Madrid y Barcelona.

Real Madrid-Barcelona 1916“La expectación es máxima y la turbamulta que se congregaba a las puertas da una idea del interés creciente de este match. Ya parece un clásico” decía de hecho la crónica de la época en un primer encuentro de desempate que acabó con un asombroso 6-6, el Clásico con más goles de toda la historia, junto con el famoso 11-1 del Real Madrid. Cosa que jugadores de un talento superlativo como Ronaldinho, Hugo Sánchez, Messi, o Ronaldo nunca pudieron repetir en los cien años posteriores.  Con un 4-4 se llegó al final del tiempo reglamentario, y cuatro goles más en la prórroga terminaron de poner el broche a un partido que, según las crónicas, “resultó hermosísimo, jugando ambos equipos de un modo soberbio. Los aplausos se los repartieron tanto los foráneos como los de casa [se jugó en la capital, pero en el campo del Atlético, entonces todavía Athletic de Madrid]”. Santiago Bernabéu y Belaunde firmaron sendos hat-trick para los blancos, con Alcántara (3), Bau y Mallorquí rubricando la réplica blaugrana, en lo que fue un partido trepidante. Así lo contaba entonces el periodista Javier Caballero, viciado aún por cierto por los anglicismos de la época, cuando no se habían terminado todavía de asentar términos ni costumbres futbolísticas en España:

El Madrid forma completo pero no es capaz de doblegar a los catalanes que se defienden como leones. Encima Lemmel no tiene su tarde y ha regalado un goal a los catalanes. Sólo de penalty injusto pudo empatar el Madrid. ¡Vaya una pena máxima! Bau dio un manotazo al ballon, pero fuera de las lindes del área. Bernabéu no discute estas cuitas y mete un cañonazo imparable. Luego se sucede un juego primoroso. Don Santiago reconcilia a los escépticos. Menuda fuerza la suya. Hoy las hadas están de su lado y acaba marcando dos goals más. Petit se une a la fiesta y anota otro. El Barcelona cae con estrépito. Ahora tiene el ballon en su alero. En el siguiente acto de este serial, los equipos empataron. Fue una tragedia digna de Shakespeare. ¡Que emoción! A cada goal del contrario respondía el rival con más ahínco. Acabaron el match seis a seis como bien pudo ser doce a doce”.

El propio Bernabéu sería el que firmase el último gol, por cierto, a sólo dos minutos del final. No se imaginaban entonces que hubieran escrito uno de los capítulos más lúcidos del fútbol español. No ya de aquellas dos décadas de balompié en nuestro país, sino de toda la historia, con la inmejorable perspectiva de hoy, un siglo después. Y todavía había de escribir el epílogo a semejante carrusel de lo que hoy llamaríamos Clásicos. Era necesario otro partido más de desempate, que se jugaría nuevamente en campo neutro, el del Athletic. Y si el fútbol y los goles habían sido los protagonistas indiscutibles en el anterior encuentro, seña ineludible del colosal legado de Madrid y Barcelona, sería en el segundo desempate cuando afloraría la también primigenia -y luego enconada- competencia histórica entre ambos.

Real Madrid-Barcelona 1916Ya en el primer partido de la eliminatoria, disputado en Barcelona, el público despidió al Real Madrid “lanzándoles piedras, invadiendo el campo e increpando continuamente a los jugadores blancos”. Pero sería al final del cuarto encuentro cuando tendría lugar una espantada que dejaría huella. Pues cuando, en la prórroga, el Real Madrid marcaría dos goles para deshacer el 2-2 y conseguir así el resbaladizo pase a la final de Copa, el Barcelona decidió abandonar el campo antes del final del partido. La razón: “que las decisiones arbitrales del Sr.Aguirreche les habían perjudicado”. Muestra de que las polémicas arbitrales no son ni mucho menos una reacción contemporánea.

Aunque, como sucede ahora, no sentó nada bien en el club merengue, que se negó a aceptar un amistoso con el Barcelona meses después, guiado por la Federación de la Región Centro, después de los hechos acontecidos en esa semifinal, y de que el Real Madrid hubiera sido recibido de nuevo bajo un ambiente hostil en la Ciudad Condal para la disputa de aquella final de Copa, que por cierto perdió ante el Athletic de Bilbao (4-0) después de lo costoso de su clasificación. Hasta la prensa empezó entonces a tomar partido por Madrid o Barcelona tras aquella enquistada semifinal según el medio fuera editado en Cataluña o Madrid. Los de la capital se quejaban de los continuos incidentes desde el público contra los jugadores madridistas en el primer partido de la eliminatoria, mientras que los catalanes justificaban la decisión del Barcelona de abandonar el campo en el último partido por el mal papel arbitral. La brecha se había abierto ya, y era más que evidente. Como en la actualidad, más o menos, sólo que entonces nadie estaba acostumbrado a semejante contamina… digo, interpretación.

Era el principio de todo. Nadie lo podría intuir siquiera entonces, pero aquella fue la eliminatoria que serviría de impulso para que echara a rodar una pelota que desde entonces no ha dejado de girar, alimentándose por grandes actuaciones balompédicas, pero también con el picante aderezo de las múltiples polémicas y rivalidades entre Madrid y Barcelona. El Clásico empezaba a ser un clásico, con todos sus ingredientes. Y ya nunca más volvió a ser como antes de aquella semifinal de Copa de 1916. En este caso particular, no fue ni siquiera un título, sino que fueron esos doce goles, y ese árbitro, el Sr. Aguirreche, los que dejaron una huella imborrable en esa simbiótica relación entre merengues y culés. Que va camino de alcanzar los 100 años, nada menos, e imperturbable ante el paso del tiempo.

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