Histórico
2 abril 2013Jose David López

Bayern: Heynckes, éxito entre el menosprecio

Heynckes y Guardiola 2012

No hacer caso de alguien, no tomarlo en consideración y, en su máxima expresión, llegar al punto de menospreciarlo. El ninguneado (palabra que se empezó a usar en Buenos Aires para increpar a sus políticos) representa la parte más humilde y a la vez gregaria, el desechado, el que no logró convencer a la elitista sociedad y el que perdió la batalla al canon (existente pero incógnito entre nosotros), con el que alguien nos toca desde el día en el que nacemos. Esa primera respiración nos ubica en el mundo dentro de un contexto que nadie elige pero que representará el hoy, el mañana y, desgraciadamente, el valor que otorguemos al ente planetario en el que nos movemos. Esa finalidad de nuestra llegada al mundo empieza allí, arrancando una lucha intensa y eterna por revolucionar y agitar cada instante de la misma en pro del éxito. Intentamos luchar contra las definiciones negativas, ante todo lo que nos aleje de cualquier razonamiento ejemplar y buscamos aquello que genere un contexto respetuoso. Ambiciones y metas que unos elegidos sí son capaces de alcanzar y superar pero que, aun así, no son suficientes para despertar una eterna credibilidad futbolística.

El deporte rey tiene una intachable y estricta capacidad de olvidar, de aislar a quien cree pasado de moda, de ocultar sus deficiencias y enmascarar carencias para engañar a quien intente invadir ese pantanoso terreno. No existen dogmas de fe, estadísticas salvadoras o títulos conseguidos porque a veces, un solo nombre, un solo gesto, un solo momento, trastoca cualquier legado exitoso abonado a décadas de excelsa brillantez. Jupp Heynckes es, por registros, sueños logrados y objetivos superados, un auténtico ejemplo del olvido y ostracismo que emana en cantidades industriales este deporte. Más de 1000 partidos como jugador y entrenador lo avalan. Campeón del Mundo, campeón de Europa, cuatro Bundesligas, tercer máximo artillero en competiciones europeas aún hoy en día y, desde el banquillo, dos Bundesligas, Cuatro supercopas y una Champions League. Un muestrario de retos, heroicidades y méritos concretan el éxito personificado pero el fútbol se apresura en intentar olvidarlo, sacándolo del primer plano y faltándole el respeto sin censura alguna. Su adiós está cercano pero su despedida, puede ser inigualable en un Bayern de Múnich al que lleva a cotas jamás alcanzadas…

Los apenas 160 francos mensuales que ganó en su primer sueldo como prometedor canterano del mejor Borussia Monchengladbach de su historia (que extrapolados a la actualidad son apenas 80 euros), reflejan lo arcaicamente excepcional de un personaje instalado en la élite futbolística hace medio siglo. Ninguna de sus jugosas historias, de sus milagrosos títulos y de resultados acreditados, terminó de convencer a la gran mayoría, aquellos a los que sí había unificado gracias a sus goles, que determinaron una época gloriosa del fútbol alemán. Decidido a abrirse camino en los banquillos, sus ideas de césped encontraron fácil acomodo desde la posición más criticable, siendo esta una cara que jamás le iba a abandonar. No hubo aventura sin adversarios ni opositores. Por más que llevara al Athletic a lugares insospechados o que estableciera recuerdos únicos en Tenerife, sus detractores se imponían a los elogios, incluso llegando al controvertido vestuario del Real Madrid. De blanco, fue capaz de poner luz en el vacío histórico más avergonzante, el de superar tres décadas sin levantar una Copa de Europa. La Séptima (gol de Mijatovic en el Ámsterdam Arena a la Juventus), fue suya, fue su aún hoy máximo título, su cima y, desde luego, su caída libre. Semanas después, la entonces directiva merengue (Lorenzo Sanz a la cabeza), lo cesó por su incapacidad de liderazgo ante las nuevas estrellas (lo que en corrillos periodísticos madrileños se conoció como la Quinta de los Ferraris).

Fue el gran acto de desprecio a su trabajo, a sus ideas y a su metodología que, ninguneado cuan novato, le llevaron del éxito al fracaso en apenas días. Le costaría levantarse, le costaría reaccionar y le costaría regresar a la élite pues, tras varias experiencias no igualmente positivas, volvió a Alemania para recibir el apoyo del único lugar donde aún se confiaba en su mitología. El mismo Gladbach que él hizo gigantesco vestido de corto, necesitaba establecerse en la Bundesliga tras años de ascensos-descensos acumulando sensaciones dubitativas y pasando por alto cualquier intento de unificar criterios en busca de una identidad. El epicentro ideal para quien necesitaba defensas, apoyos, confianza y, desde luego, volver a sentir la competitividad de su lado. No tuvo tiempo sino de poner las nuevas bases pues la llamada de un Bayern enfermo al que debía curar con resultados en unos meses (cuando cesaron a Jurgen Klinsmann), lo devolvió al primer plano. Tal fue su notabilidad en el rescate anímico, que el Bayer Leverkusen lo contrató para que recuperar su lugar entre los combatientes del campeonato germano. Lo logró en dos cursos y, con grandes estadísticas, otra vez el Bayern apareció en escena aunque esta vez para transitar en el vacío post Louis Van Gaal. Y lejos de cumplir expediente, fraguó una mini-etapa de brillantez, logrando un proyecto apetecible, llegando a la final de Copa y Champions League (perdió ambas) y, sobre todo, creando una verdadera máquina esta campaña.

Pero la cruel memoria, el recuerdo pasajero, vuelve a surgir en su entorno. La grandeza de un club que sigue rompiendo obstáculos y que nunca perdió el tren continental, lleva al Bayern a buscar un nuevo referente mundial para su banquillo. El elegido ha sido Pep Guardiola, el que todos idolatran el que todos quieren, el que todos tachan de mejor técnico del planeta gracias a su portentosa exhibición en Barcelona. Llegará en unos meses, suficiente peso y esperanza en el futuro, como para olvidar e parte un presente realmente único y arrollador. Nadie contó con que Heynckes, a sus 68 años, aún no hablaba de retiro, sino que se pretendió resolver un problema de manera pasajera, ignorando la grandeza del protagonista que, ninguneado, solo ha pedido respeto mientras su maquinaria bávara destruye rivales (sólo ha perdido dos partidos en todo el curso, va a ganar la Bundesliga con estadísticas nunca vistas y es serio candidato al trono europeo). “Dejo el Bayern, pero nunca dije que quisiera retirarme. Me gustaría ser yo el que lo anunciara, y aún tengo seis meses por delante. Yo seré el que decida cuando lo dejo”.

Acaba de rechazar una oferta del presidente Uli Hoeness, para seguir como ayudante de su cantera y sostiene que nadie buscó una alternativa respetuosa a su contrato porque, sencillamente, el poder mediático de quien llegará, supera la expectativa por el futuro de un viejo goleador con cara colorada. No tardará en salir del Allianz, en volver a levantar títulos y en dejar un legado que, quizás, ni su potente sustituto sea capaz de igualar. Pero Jupp será, ayer, hoy y mañana, el mayor ejemplo de cómo malinterpretar el éxito en un fútbol  de mediocre respeto. El milenario menospreciado.

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