Histórico
10 marzo 2013Jose David López

Olympique Lyon: Malbranque, 251 días superando mentiras

Tras semanas donde su participación en los terrenos de juego había quedado en el ostracismo, el secreto personal que ocultaba alarmó a su entorno, que quedó sorprendido al leer ciertas versiones que los medios apuntaban como motivo de su ausencia. El más absurdo de los rumores había llegado hasta lo irracional, pues aseguraba que abandonaba el fútbol de inmediato por cáncer de su hijo, al que tendría que cuidar muy de cerca. Frío y seco, con la mirada apuntando al vacío y aspecto visiblemente enojado, Steed Malbranque intentaba frenar la avalancha de rumores que lo invadían ante la falta de minutos que había encadenado en las primeras jornadas de la Ligue 1 (hace un año), cuando acababa de fichar por el St.Etienne y solo había disputado veintiséis minutos en el mes de agosto. Sus palabras, tajantes, directas y aleccionadoras: “Mi hijo no está enfermo. Simplemente no es posible, porque no tengo hijo”.

El jugador belga-francés, tras diez años engendrando una carrera interesante en la Premier League (Fulham, Tottenham y Sunderland), llevaba semanas instalado en la penumbra, sin césped, sin botas, sin disfrutar porque la única explicación a su falta de minutos radicaba en lo anímico. “Yo no estaba disfrutando del entrenamiento, traté de ser feliz, pero simplemente no podía manejar mi situación”, explicó un día después, cuando ambas partes rompían su acuerdo de liberación y el técnico de Les Verts, Christophe Galtier, admitía que Malbranque no había completado la mitad de las prácticas esas semanas por dolencias e incapacidad mental de sobreponerse ante su retorno a Francia. Algo no funcionaba y esas dudas, ya superada la treintena, apuntaban a un retiro. Steed se apartó, olvidó la pelota, la exigencia y la tensión durante 251 días, los que tardó en darse cuenta que su mecha, pese a las mentiras, aún tenía mucha pólvora por explotar.

El mejor sitio para reorganizar sus ideas, mentalidad y físico era su ‘casa’, aquella en la que entró con quince años para enamorarse perdidamente de la pelota, fabricar la confianza de un competidor nato y engrasar sus virtudes entre los mejores cuidados. Ese lugar era Lyon, el club de su niñez, que ante la llamada del ex canterano (debutó en el Gerland con 17 años y estuvo tres temporadas) para volver a ejercitarse y sentirse futbolista, nunca le cerró opciones. Entró en junio, pidiendo permiso para unirse al grupo del entrenador Rémi Garde que, sin saberlo, con aquella aceptación para que no siguiera apartado del fútbol, no sólo estaba recuperando el ritmo físico del jugador, sino que le ayudaba a recuperar poco a poco su mejor versión. Pero esas prácticas desarrollaron una prueba pactada entre ambas partes que creció a un mes de entrenos con el filial, amistosos contra chicos más jóvenes, uno ya en la élite con el primer equipo (de pretemporada en Oporto el 4 de agosto) y, finalmente, una “opción interesante” (así lo valoraba Garde) que acabó convirtiéndole de nuevo en lionés.

El ‘año sabático’ significó un tanque de oxígeno, una grata improvisación de sus facultades, una liberación mental para recordar aquellas situaciones y sensaciones que de verdad le hicieron enamorarse de la pelota. Y todo, ejemplificado ya a base de elogios multiplicados conforme avanzaban las jornadas pues, entre aquellos que seguimos a diario la Ligue 1, el prisma ha ido trastocándose conforme analizábamos cada uno de sus partidos. Sus primeras apariciones levantaban duda, disparaban sospechas sobre su estado de forma, sobre la necesidad oculta del Lyon para tener que ‘repescar’ a un jugador previamente abandonado a su suerte por decisión propia y por hastío. Al segundo mes, esas vibraciones negativas se habían transformado en consideraciones afectivas, elogiables y positivas, como el fútbol que desempeñaba y que pasó en partidos del ostracismo al dominio y liderazgo en la medular.

Malbranque mantiene su dinamismo, capacidad técnica y llegada desde segunda línea, pero todo amplificado por su experiencia, comportamiento táctico y sabiduría. Si a ello le sumamos la naturalidad e imprevisibilidad de quien acaba de ser recuperado para una causa hace poco inviable, para quien ha dejado atrás un año de terror y para quien encuentra en el fútbol a ese amor de la juventud pasada, el resultado es el mejor refuerzo del curso para el cuadro lionés. Acompañado de Gonalons en la medular, Malbranque lidera, equilibra, hace progresar y empuja, además de aclarar el panorama hacia la conexión con los delanteros o filtrar asistencias que solo él ha sido capaz de ofrecer este curso en Lyon.

Absolutamente decisivo y titularísimo en el actual líder de la competición gala, su imaginación y porte le han llevado incluso a optar a la llamada de la selección francesa, un reto personal que ni en sus mejores años profesionales fue capaz de conseguir. En 2004, para un amistoso ante Holanda, sí fue convocado pero jamás llegó a vestirse de corto en el césped. Ahora, su experiencia, estado de forma y liberación mental han mejorado a un jugador cuya trayectoria profesional puede tocar techo con 33 años para iluminar a Les Bleus. Un punto álgido inesperado para romper definitivamente esas sombras y dudas llenas de mentiras tras 251 días en blanco.

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