Histórico
25 marzo 2013El Enganche

Benzema, Katidis y Manuel Fraga

Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

Nunca fui de himnos antes que de personas. Como nunca tuve un tipo delante y quise perder contra él. Sentir la derrota es verse inferior frente al espejo o el molde, porque el rival no deja de ser alguien como tú, dispuesto para jugar y ganar. Perder, desde luego, no es, como dijo Chesterton, coger otro tren, sino tomar el que ha descarrilado. Por eso no creo en el tipo que se deja perder. ¿Y qué más se le puede pedir a un deportista sino competir? Resulta complicado enlazar cantar o sentir con rendimiento deportivo. Me imagino a Manuel Fraga esprintando por la banda para recuperar un balón y a Marcos Senna, en plena Eurocopa, reflexionando sobre si debiera estar junto a Gilberto Silva o junto a Xavi. Sobre la playa o sobre el césped. Sencillamente vestido de amarillo o de rojo. Y me imagino respondiéndose: “Donde pueda jugar al fútbol”.

Separar política de deporte es separar persona de jugador. Hoy, y probablemente siempre, la política atraviesa transversalmente todos los campos humanos. Y el fútbol va camino de ello. Pero de momento no hay estudios sociológicos que acrediten que un republicano compite mejor que un demócrata. O viceversa. El deportista, fundamentalmente, trabaja para sí mismo sin dejar de ser consciente de que su victoria, usando el fútbol como ejemplo, depende de diez tipos más a los que la necesidad de vencer les obliga a remar en una misma dirección. Esto es la profesionalidad, el hambre, la victoria. Rendir en el césped es el mayor homenaje a un país o un himno. La sociedad no parece curada de patriotismo pese a los ejemplos de ilustres ‘extranjeros’: Zidane, Özil, Ibaka o Klose. Benzema podría unirse a la lista, pero a él no le va cantar, no le va escenificar sentimientos. Al final, la gloria es individual, colectiva, aunque el reconocimiento acabe siendo nacional.

De los futbolistas y la palabra hablaremos otro día. Hoy es tiempo de comprensión para el trabajo, tan a menudo comprensible, del jefe de prensa. Y luego queda Giorgos Katidis, que hizo todo cuanto pudo por recordar a Mark Twain (“Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda”) asegurando, mano en alto y cerebro al hueco, que desconocía cómo era un saludo fascista. Leer, naturalmente, sería su mejor castigo.

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