Histórico
10 febrero 2013Jose David López

Copa África 2013: Burkina: Aristide Bancé, el gigante exiliado

Llevaba años sin aparecer por allí, sin asomarse a ver a quienes le habían acompañado en la infancia, sin ver de cerca a sus abuelos y sin apreciar las sensaciones de una niñez que pasó fugazmente ante sus ojos. Sus recuerdos no afloraban a pesar de que, por lo que intentaban explicar, poco o nada había cambiado en aquél barrio humilde de Abidjan, la caótica capital de Costa de Marfil. Paseaba sin inmutarse hasta que topó con la casa donde había crecido, aún intacta con algunos familiares aglutinándose a su regreso, pero sobre todo, al ver el improvisado campo de fútbol que seguía sacudiendo polvo por el vecindario. Su singular look occidental, ese tinte dorado de su peculiar pelo, no pudo pasar desapercibido para nadie, pues incluso los más veteranos, aún recordaban aquella planta gigantesca que ahora estaba rodeado de niños en busca de una sonrisa. Aristide Bancé volvía a casa como héroe, pues todo el que logra su sueño futbolístico, es catalogado como tal el día que vuelva a plantar el pie en su tierra.

El día maravilloso tenía un colofón ideal, pues el potente y corpulento delantero, se citó con compañeros de su infancia y del fútbol local en un bar que regentaban aquellos años que su cabeza se esforzaba en recordar. Un par de cervezas, un par de bocatas y una noche de charla serena junto a su esposa (curiosamente la hermana del ex internacional marfileño, Aruna Dindane), debían finiquitar la jornada pero de repente, recordó por qué nunca más había regresado a su barrio. Las vacaciones no son fáciles para los futbolistas aquí, puesto que todos corren serio peligro de ataques, asaltos o agresiones, importando muy poco la vida y mucho unas simple monedas. Vitale, un joven experimento de artista de la zona, no soportó que la fama momentánea del jugador en el local, evitara que su voz y guitarra fueran protagonistas y, cabreado, llamó a un par de amigos para atacar a quien sabía que podría tener los bolsillos llenos. ¿El resultado? Diez puntos de sutura y una mordedura en el hombro derecho fue el parte médico final… del asaltante. Nunca nadie pudo con Bancé…

Aquella fue la primera vez que el delantero había puesto pie en el territorio que le vio nacer, pero no el que había logrado despertar el verdadero respeto, educación y nivel de vida que quería para sí mismo y los suyos. Y es que pese a ser marfileño, la verdadera nacionalidad de Aristide reside en el ‘vecino’ del norte, pues Burkina Faso, país con el que hace frontera, sí cambió su vida y le ofreció un equilibrio emocional que prometió defender para siempre. Pese a haber jugado con varios clubes pequeños en Abidjan, cambió de aires cuando apenas alcanzaba la mayoría de edad, siendo claves las doctrinas de su padre, un nómada de los negocios terciarios que se había ganado la vida gracias a los mercados llegados desde Burkina. La dedicación paternal siempre alimentó la gratitud que Bancé procesaba hacia su país de adopción hasta punto que nada más llegar al Santos FC (club de la ciudad de Ouagadougou) como primer equipo en el exilio, empezó a marcar diferencias a base de goles que sirvieron para que le llegara la llamada internacional gracias a su vez, a viejos orígenes familiares en la zona.

Le bastaron unos meses en la modestísima liga burkinesa, para que le multiplicaran los agentes, le sacudieran ofertas para saltar a Europa y se consagrara como delantero estrella en la selección (Les Etalons). Bélgica fue su primer destino, el que le hizo comprender que se había convertido en profesional, el que le curtió personalmente y el que endureció su carácter. Lokeren acabaría siendo eso, simplemente un paso más hacia su constante búsqueda de sensaciones positivas mientras su corpulencia, fuerza, capacidad para recepcionar balones largos y estatura para ofrecer alternativas a la segunda línea, le convertían en un recurso válido que anotó quince goles y le abrió una ‘peligrosa’ mejoría.

Un año en el Metalurg Doneskt, que lo cedió una segunda campaña a Beerschot, frenó el que debía ser su punto referencial, pero seis meses a préstamo en el singular Kickers Offenbach alemán, iban a ser el inicio del salto definitivo. El potente y directo estilo de las categorías inferiores del fútbol germano, le otorgaron la confianza que necesitaba y varios goles en esa rápida experiencia, le hicieron hueco en un Mainz que estaba creando un proyecto interesante donde 14 goles en su primer año y 10 el segundo ya como artillero revelación de la Bundesliga, le convirtieron en un delantero carismático. La clara intención de aprovechar esa gran temporada en la élite para encontrar un contrato económicamente mayúsculo, hizo que aceptara una oferta brutal del fútbol emirato y qatarí (dos experiencias en Al Ahli y Umm Salai), mientras que la llama del punta competitivo que podía ser, se apagaba drásticamente. Hace un año los turcos del Samsunspor intentaron devolverlo al panorama europeo sin mucha suerte (cinco goles), aunque la llamada del Augsburg (club similar a aquél Mainz donde él destacó) sí le hizo regresar con energías renovadas a Alemania.

No es el mismo, no ha marcado en todo el curso y no tiene fácil siquiera ganarse la titularidad pero la convocatoria con ‘su’ Burkina Faso para esta Copa África 2013, ha reactivado durante unas semanas una carrera que parecía prematuramente extinguida. Vuelve a ser el más fuerte, el más potente y el más intimidatorio del área, un territorio que, ahora vestido de burkinés, le ha recuperado para, a base de sacrificios y ‘panenkas’, escribir su propia historia, la del ‘gigante exiliado’.

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