Histórico
30 enero 2013Jose David López

Copa del Rey: Real Madrid-Barcelona: El milagro del vértigo

No hay un duelo en todo el mundo del fútbol actual, que aglutine semejantes lecturas, potencial talento y tanta imprevisibilidad como un Real Madrid-Barcelona. El gran clásico del fútbol español demostró una vez más que los planteamientos les definen, les critican, les elogian pero, sobre todo, les ofrecen una identidad única que ningún otro duelo puede ser capaz de igualar actualmente. Unos tenían las bajas que menos desearían para combatir, frenar, limitar a su principal rival (Casillas, Sergio Ramos y Pepe), pues hasta ahora ellos habían sido las bases propuestas por Mourinho para eliminar el ritmo a base de intensidad y agresividad. Los otros, (con su equipo ideal sobre el césped salvo Pinto por una decisión copera habitual y loable) mentalmente convencidos de que su estilo es, para todos y ante todos, su marca registrada en cualquier escenario, por lo que no existe mejor manera de devolver el espectáculo de la noche, que ser fieles en todo momento.

Diez minutos de ambición enérgica del Real Madrid pudieron haber dado premio goleador a los blancos, que tras ese arreón del Bernabéu, frenó su mentalidad ganadora para ser inteligente, buscando no conceder demasiados espacios. Para entonces, la pelota ya era culé y no iban a existir argumentos para hacer girar esa dinámica. En un guion mil veces visto, Carvalho dejaba dudas, Varane se doctoraba en la élite definitivamentelas contras no se concretaban por la falta de acierto de Callejón y Benzema y las asociaciones rápidas y precisas de la medular azulgrana, sin un líder pero sí un bloque activo, dominaban a su antojo. Cristiano no tenía presencia sólida, pero tampoco existían ayudas desde los carriles (algo más férreo Essien en este sentido). Una clara vertiente que estaba condenada a morir sin empujones en los minutos finales dentro de un cuadrilátero vestido ya de inteligencia barcelonista, de esos galanes de la pelota que dominan tiempos y visiones como nadie.

Así hasta que el gol surgió en un error defensivo de quien no debía estar en esa área (el citado Callejón), que aprovechó Cesc con perspicacia. El corazón no respondía, las fuerzas habían caído al mínimo pero la casta reforzó la idea blanca cuando Varane, inconmensurable, cerró su noche mágica con un testarazo ganando a todos por alto. Cierto es que antes, cuando el gran desgaste hacía mella en los locales, Pedro, Jordi Alba y Messi, erraron claras situaciones de contragolpe aprovechando los espacios de una defensa blanca excesivamente temerosa y adelantada. Sin romper definitivamente el resultado, la mecha nunca se apagó y el equilibrio deja un contexto absolutamente provechoso para todos.

Un empate que pudo ser peor para unos (así lo sabe interpretar el madridismo) y mejor para otros (sin brillantez excesiva pero con identidad, los campeones sí pudieron matar la eliminatoria), pero que deja todo completamente abierto para disfrutar un nuevo clásico en un mes. Una Copa que regala noches de vértigo con dos identidades contrastadas a nivel mundial. Y esto, por desgracia, no se puede disfrutar con asiduidad, sino que puede considerarse un milagro. El ‘milagro’ del clásico.

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