Histórico
27 enero 2013Jose David López

Copa África 2013: Barrada: La humilde confianza de Marruecos

Un recién nacido no tarda ni un segundo en buscar una defensa cercana. El torso materno, siempre sobre el lado izquierdo donde late su corazón, reproduce el primer encuentro de una larga historia de amor. El contacto, que siempre incluye una larga serie de lágrimas y recuerdos imborrables, aporta seguridad y relaja al bebé gracias a una acción hormonal denominada oxitocina, que además de ayudar a la expulsión de la placenta y estimular la secreción láctea, es fundamental la interacción afectiva de la madre con su pequeño tesoro. Un primer contacto que reclama calor, interés por cubrir sus primeras necesidades básicas y, desde luego, confianza en un contexto inmenso y desconocido donde aterrizar no es fácil, pero solo representa el primer paso hacia esas dos primeras horas claves. Ese periodo de tranquilidad donde distinguir la cara de quien lo mira sin cesar, es la tarea más complicada que descifrar por los ojos aún borrosos del bebé.

Después, llegarán sus primeros gateos, aquellos pasos desequilibrantes con temores de quienes lo rodean y una larga lista de días inolvidables cuyo éxito dependerá, en gran medida, de la confianza. El niño procesa todos aquellos comentarios de ánimo, gestos de seguridad, abrazos de energía y sonrisas que reparten alegría. Al final del camino, los brazos protectores de quien lo cuida por encima de su propia vida, siempre estarán esperando. Solo la humildad, el criterio y, sobre todo, la máxima confianza, generarán un positivismo eterno en ese pequeño individuo que superará todas las fronteras posibles gracias, en gran medida, al gran apoyo que recibió con cariño desde sus primeras horas. En Marruecos, la fuerza de quienes alimentaban las doctrinas futbolísticas, cedieron hace demasiado tiempo en esa tarea y ahora, tras casi dos décadas de hastío, el alumno aventajado de la nueva generación quiere trastocar la ‘confianza’. Esa que Abdel Barrada buscó hasta la extenuación para reconciliarse con su vida, para reconciliarse con la pelota.

Este marroquí de origen bereber (lo ha admitido como tal pese a que actualmente a gran mayoría de compatriotas evitan vincularse con estos antepasados para evitar problemas religiosos), ha recorrido un camino largo y obstaculizado para alcanzar sus primeras gotas de éxito. No pensaba en alcanzarlo hace solo unos años atrás, cuando aún correteaba sin rumbo por las dubitativas calles de la periferia parisina, anclado en una vida humilde que solo conocía de momentos afectuosos cuando el balón no paraba de rodar en improvisados partidos con sus amigos. Todos querían disfrutar, olvidar sus problemas de inmigración (en unos meses llegaron desde Marruecos, Argelia y Túnez miles a su barriada tal y como él mismo ha admitido) y poder relatar sus peripecias cuando llegaban a casa. Allí, pese a las necesidades diarias de una familia con demasiadas limitaciones monetarias, jamás encontró una espalda, sino comprensión, ánimo y apoyo cuando la pelota tomaba el control de las conversaciones entre tenedores de plástico. Sobre todo, cuando nada más cumplir 17 años, se alistó en el modesto club amateur de su área, un Senart-Moissy famoso en esas calles por facilitar la adaptación de inmigrantes a la vida francesa a través del fútbol (ahora mismo tienen en plantilla 13 africanos).

Un día, la charla nocturna se alargó en exceso, tomó un pasional descontrol y sacó a los vecinos de su bloque a la calle a celebrarlo. Ese contagioso noticiario que cada noche era capaz de repasar con detalle y animosidad el pequeño Abdel, hablaba a aquellas horas de una prueba en el histórico PSG, que había quedado prendado en un partido amistoso entre uno de sus juveniles y el Senart de Barrada. Nadie lo ganaba en ilusión, nadie podía compararse en intensidad y, desde luego, todos habían basado su día a día en un constante ánimo hacia el pequeño de la casa, que pasó tres largos años luchando por crecer en las divisiones inferiores de un Parque de los Príncipes que jamás pisó como miembro del primer equipo y que le cerró las puertas en verano de 2010. El salto parecía demasiado optimista pero sin intención alguna de lanzarse al vacío de la negatividad, siguió un camino lleno de torpezas, piedras e intereses, fiándolo todo a la palabra no demasiado afectuosa de un agente-amigo que fue buscando acomodo a su chico por España.

Pasó varios días en Asturias, intentando adentrarse en Mareo como parte del Sporting de Gijón, pero apenas lo dejaron entrenarse un par de días con los canteranos habituales y a los cuatro días la respuesta que debían ofrecer los del Molinón se alargaba sin sentido alguno. Nunca llegó alguien para mostrarle su opinión acerca de las cualidades que intentaba mostrar, pero su vía no tenía final español hasta que no pisara la capital. Se afincó en Madrid, compartió piso con unos compatriotas y su agente logró que el director deportivo del Getafe, Toni Muñoz, le cogiera el teléfono y le permitiera explicar que tenía un chico especial llegado desde los barrios parisinos en busca de su propia historia de amor con la pelota. “Llegó casi de rebote. Nadie quería hacerle pruebas. Apareció por aquí, con un amigo magrebí que hacía de agente y se movía por Marbella”, explicó hace unos meses el presidente del club getafense, Ángel Torres, aclarando que “nos convenció desde el primer día”.

Emilio Ferreras, técnico del filial azulón vio como un soplo de aire fresco aquella incorporación inesperada para su plantilla en Segunda B. Superó la treintena de partidos y logró afianzarse como uno de los mejores de la categoría en la medular. Suficiente descaro e identidad como para que despuntara  durante meses con una amalgama de cualidades que pronto llegaron a la élite de la mano de Míchel (por entonces aún entrenador del Getafe). Abdel no llegó a debutar en su primera temporada, pero la aclimatación al entorno se acabó de completar porque la ayuda del argelino Lacen y las barreras idiomáticas-sociales entre su casa y la ‘española’, pasaron al olvido, generando mayor comodidad para despegar de manera definitiva el pasado curso, cuando Luis García llegó al Coliseum y le dio galones en esa faceta liberada como llegador-enganche-clarividente, que le ofrece espacios para aportar talento y calidad entre líneas, sumando además un poderoso lanzamiento desde segunda línea. Y todo, por darle esa confianza que nunca le abandonó entre los suyos.

Su explosión definitiva llegó en verano cuando ya como internacional marroquí (eligió la bandera magrebí pese a poder jugar igualmente alguna vez con Francia), se convirtió en el bastión determinante de su país en los Juegos Olímpicos de Londres. Debutó con un show que completó con gol, destacando en cada partido por encima del descalabro continuado de los que le rodean, evidenciando desde ese momento que el chico de la barrada parisina, el que fue rechazado en Gijón y el que pese a ser estrella vive aún en un piso compartido con sus amigos, era la nueva esperanza para el resurgir marroquí. Una nación futbolísticamente poderosa en su continente hace décadas, pero frenada en seco durante las últimas décadas, donde ha desaparecido de toda cita competitiva de primer nivel. Ahora, con más galones, crédito y, sobre todo, confianza, Barrada se ha convertido en la perla nacional. Esa que, con humildad eterna, reactive los sueños de adolescentes marroquíes en las calles empedradas de toda Europa.

Todo sobre la Copa África 2013 en su sección exclusiva

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