Histórico
8 noviembre 2012Jose David López

Joop Munsterman, el ‘presidente guitarrista’ del Twente


La Eredivisie holandesa hace tiempo que se acostumbró a ser una de las mayores plataformas futbolísticas de Europa (sino la mayor). La rigidez financiera de sus entidades, los topes salariales equilibrados en las plantillas y una facilidad innata para reconstruir su base generacional, la convirtieron en el mejor aliado para campeonatos ‘vecinos’, que cada año saquean sus mejores brillantes. Adentrándonos en la raíz de los clubes holandeses, la realidad es mucho más cruel, pues a excepción de los clásicos, pocos mantienen un mecanismo saludable en lo extradeportivo y buscan soluciones de emergencia cada temporada. Y hoy, esa vía hacia el desarrollo sostenible en un país sin más explotación que la ya conocida, sólo lo asegura un inversor potencial.

En los años 80, Riemer Van der Velde, salvó de la quema al Heerenveen, al que sostuvo regularmente durante 26 años. Karel Aalbers, logró lo imposible con el Vitesse, ascendiéndolo y colocándolo entre los cuatro primeros durante varios años, muy similar a lo que lograría poco después Nol Hendriks en Roda y no hace tanto el AZ Alkmaar con Dirk Scheringa, hasta que sus fondos ya no admitían más malabares. El lema de todos ellos, citado por el singular ex presidente del PSV, Harry Van Raaij, era el de “llevar el nombre como una empresa pero vive como un club”. El Twente, cuyos únicos momentos mediáticos habían llegado en los 70, se vio envuelto en serios problemas financieros y, al borde de una quiebra letal, apareció en el frente su ‘salvador’, Joop Munsterman.

El éxito de un club está, a menudo, determinado por la presencia de un hombre que lo lidere. Un referente de personalidad fuerte. Un adalid que presione con su propio sello de poder. Que tenga la perspectiva de nuevos horizontes y, sobre todo, que sea consecuente con los sentimientos y pasiones que maneje. Munsterman, era ese hombre para el Twente. El mismo que fue contratado como personal de limpieza con 16 años en el Twentsche Courant Tubantia (periódico de Enschede) y acabó como director general cuatro décadas después. Se las arregló para convencer a cada superior, para multiplicar ingresos y hasta para dar un toque diferente al medio con la publicación de semanales y especiales que lo situaron en el estrellato periodístico.

Munsterman, natural de Enschede y un enamorado del Twente, creció viendo fútbol en el extinto Parque Van Heek y, posteriormente en el Diekman Stadion (sedes del club de los ‘werknemers’ (trabajadores) hasta el nuevo siglo). Cada semana (como él mismo ha repetido en algunas entrevistas), con su abuelo y sus amigos, disfrutaba de los Willem de Vries, Egbert Ter Mors, Ned Bulatovic, Darío Dhlomo y, desde luego, de la magia de Abe Lenstra. Por tanto, cuando a principios de siglo ya había logrado suficiente poder como para ayudar al club en su moribunda economía, alquiló un palco en el recién estrenado Arke Stadion para recuperar sensaciones pasadas. No aguantó mucho, pues su pasión emanó de inmediato y poco después acabó llegando a la presidencia.

El club arrastraba una deuda de 12 millones de euros. Cifra que en la Eredivisie podía significar el descenso administrativo por incumplimiento de las normas oficiales del campeonato. Como líder del Grupo Wegener, que aúna varios medios del país, tomó su experiencia empresarial y su labia como inversor, para reconducir al club. Viajó por todo el mundo en busca de modelos deportivos de éxitos y quedó prendido del Fenerbahce, en el que se inspiró. Organizó algunas mejoras en cuestión de meses pero su plan iba más allá, diseñando un proyecto de emergencia financiero-deportivo en enero de 2003 junto a Hermann Wessels (familia vinculada al club y que preside algunos estamentos del mismo). Al proceso se le llamó FC Twente in de steigers (Las tuberías del Twente) y el resultado final salta a la vista. Hoy el Twente es mucho más que un club en su entorno, una plataforma de unión donde los aficionados, las finanzas, la lectura deportiva y los proyectos sociales, van de la mano.

Los alrededores del Grolsch Veste (nombre que también recibe el Arke Stadion) han evolucionado conforme las propuestas de Munsterman tomaban forma. Un centro de convenciones, dos hoteles, grandes cafés, una pista de hielo, un complejo de cines, escuelas, centro de salud, un circuito de karts y nexos con los ferrocarriles holandeses para mejoras comunicativas. Una economía progresista, ejemplo de gestión ascendente, le dio impulso hasta acabar imponiéndose al dominio de Ajax y PSV el año pasado. Munsterman, aislado ya de su querido periódico, es hoy un presidente singular. Es un artista. Canta, toca la guitarra y hasta compuso una canción a Adje Vandenberg. En Holanda es un personaje extravagante. Un ‘limpiador’ adolescente cuyo orgullo personal es el Twente pues, para él, “el cielo es el único límite” y la guitarra, su camino hacia él.

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