Histórico
30 octubre 2012Francisco Ortí

Real Madrid: Michael Essien, el David de Accra

“Eres perfecto. Sólo falta que andes. ¡Camina!”, gritó Miguel Ángel al mismo tiempo que estrellaba su cincel contra la estatua. El artista había enloquecido ante la belleza de su creación. Acababa de terminar el David, que posteriormente se convertiría en uno de los iconos del Renacimiento y de la obra del artista italiano. El rostro cuidadosamente moldeado, los rizos del cabellos definidos al detalle, y las medidas del cuerpo (exceptuando cabeza, manos y pies) siguiendo las normas canónicas. El David era una creación perfecta. Eso desquició a Miguel Ángel y su ira quedó patente en la obra. En una de las rodillas se puede ver una pequeña brecha como consecuencia del golpe que le propinó el artista con el cincel. De este modo, el perfecto David quedaba imperfecto. Su rodilla era la prueba de ello.

Más de quinientos años después de que Miguel Ángel culminara su opera prima (con permiso de la Capilla Sixtina) la naturaleza creó a su propio David. Mentón robusto, una musculatura definida con cincel, potencia física sobrehumana y resistencia ilimitada. Una máquina de piel y hueso, pero, tal y como hizo Miguel Ángel con su David, tampoco le permitirían ser perfecta. Su tara también se encontraría en la rodilla, su particular talón de Aquiles que marcaría su existencia. Allí late la imperfección  de Michael Essien, el David de Accra, un centrocampista poderoso, de descomunal despliegue físico para quien la rodilla se ha convertido en un pesado lastre durante los cuatro últimos años.

La arrugada cicatriz de su rodilla, consecuencia de sus visitas al quirófano, marca la frontera entre las dos versiones de Michael Essien, con el 5 de septiembre de 2008 como día clave. Es la fecha en la que su rodilla sucumbió a su perfección por primera vez. Durante un partido con la selección de Ghana se rompió el ligamento anterior cruzado de su rodilla y uno de los centrocampistas más poderosos del mundo pasaría a transformarse en un hombre imperfecto que buscaría desesperadamente durante los años posteriores entre gimnasios y camillas reencontrarse con su mejor versión, con su yo del pasado, cuando se creía perfecto. Hasta ese trágico 5 de septiembre, Essien se había convertido en un referente para los mediocentros.

Criado en el Bastia y perfeccionado por el Olympique de Lyon llegó al Chelsea en 2005 por petición de Jose Mourinho a cambio de 30 millones de euros. El técnico portugués estaba construyendo un proyecto capaz de dominar la Premier League y asaltar el trono de Europa, y Essien era la pieza que le faltaba para completar un centro del campo devastador. Claude Makélélé sería el hombre escoba, el guardaespaldas que barrería balones.Frank Lampard aportaba llegada y gol. Para todo lo demás estaba Michael Essien. Su despliegue físico era descomunal. Era capaz de cubrir todas las zonas del campo, robar balones en la inmediación del área rival, aparecer salvador en el área propia, o culminar contragolpes con una potencia animal. Era mucho más que un mediocentro. En cierto modo, con Essien, Mourinho desarrolló la figura del mediapunta defensivo.

El ghanés alcanzó el estatus de estrella e incluso contribuía directamente a decantar los partidos decisivos a favor del Chelsea a través de sus goles (un gol suyo eliminó al Valencia y estuvo cerca de hacer lo mismo con el Barcelona). Era un auténtico prodigio. Essien no ocultaba su secreto de su forma física: “descanso mucho. Duermo 10 horas al día y cuando el partido es importante duermo 12“. Era un líder en el Chelsea y su sola presencia convertía a Ghana en una de las selecciones más potente de África. Fue nominado tres años consecutivos al Balón de Oro, se le votó como el 15º mejor jugador del mundo, y los seguidores del Chelsea le eligieron el mejor de la temporada 2006-2007. Los Blues, conscientes del diamante que tenían en su poder, blindaron su futuro. El 12 de marzo de 2007 firmaba su renovación con el conjunto londinense hasta 2013. Año y medio después se rompía la rodilla por primera vez. Jamás volvería a ser el mismo.

Comenzó entonces una sucesión de reapariciones y recaídas que le llevaría a perderse el Mundial de Sudáfrica 2010, al mismo tiempo que menguaba su estatus como estrella, arrinconado entre las sombras del olvido. La temporada 2008-2009 se la perdió casi al completo. En la 2009-2010 dio la sensación de poder volver y, de hecho, renovó hasta 2015, pero recayó. Y lo mismo sucedió durante la pretemporada de la 2011-2012 cuando se rompió de nuevo el ligamento anterior cruzado y el menisco, viéndose obligado a pasar por quirófano otra vez. Desde entonces ha podido participar en 19 partidos más, pero su despliegue es mucho menor. Atrás quedaron los robos en la frontal del área rival o las carreras por la banda cuando le hacían jugar de lateral derecho. Se había convertido en un mediocentro simplemente ‘humano’.

Con su llegada al Real Madrid en condición de cedido (cerrada en el último día del mercado de fichajes), Michael Essien ha descubierto que hay otro modo de herirle: a través de las críticas. Desde que aterrizó en el Santiago Bernabéu no ha escuchado más que palabras de desprecio y más después de que se sacrifique jugando de lateral izquierdo, una posición en la que nunca había jugado hasta ahora. El Bernabéu no está teniendo paciencia con él, pero a sus 29 años, el centrocampista ghanés ni se rinde ni pierde la sonrisa. Quiere volver a ser aquel poderoso jugador que asombró a Europa y sabe que en Madrid tiene el escenario perfecto para lograrlo. Essien quiere volver a ser perfecto, aunque la arrugada cicatriz que recorre su rodilla le recuerda cada día que realmente nunca lo fue.

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