Histórico
27 septiembre 2012Francisco Ortí

Tottenham: God save the King

Todo el mundo tiene un punto débil. Puede ser mental, con un complejo que atormenta desde dentro; emocional o, simplemente, físico, como le sucedía a Aquiles con su mitológico talón. Algunos ocultan su punto débil para protegerse. Para otros, en cambio, es imposible hacerlo. Ledley King pertenece a este segundo grupo. “Siempre que veo o escucho mi nombre a continuación se habla de mi rodilla. Eso me duele mucho. Es frustrante“, confesaba en 2009 el central del Tottenham, quien, finalmente, no ha podido continuar peleando más tiempo contra su punto débil y ha tirado la toalla. King anunció antes de iniciar la temporada que no continuará jugando a fútbol y debe colgar las botas definitivamente. La rodilla ha ganado la batalla.

Una rodilla izquierda que convirtió en la tiránica dueña de la vida de Ledley King y lastró la carrera de un jugador al que muchos señalaban como el que sería el mejor central de Inglaterra de la década. A los 16 años ya se entrenaba con el primer equipo del Tottenham y a los 19 años debutó en la Premier League, en esos momentos todavía era centrocampista. Con 20, marcó su primer gol con los Spurs a los 9.7 segundos de que arrancara el partido contra el Bradford, firmando el gol más rápido de la Premier League. King no lo sabía, pero ese gol es la mejor metáfora de lo que le esperaba después, siempre viviendo deprisa.

Con el paso de las temporadas se convirtió en un central fuerte, velocísimo y seguro por alto que protagonizó jugadas inolvidables. El Tottenham le nombró capitán, se convirtió en indiscutible para los Three Lions y se le consideraba el futuro de Inglaterra, pero en 2006 comenzó su calvario. King se lesionó la rodilla nada más empezar la temporada. Pudo reaparecer unas semanas después. Era sólo una lesión menor. O, al menos, eso parecía. Fue el inicio de una sucesión de operaciones, reapariciones esporádicas y constantes recaídas. King no lograba encontrar continuidad. Jugaba unos meses sí y otros no. Todos se preguntaban que le sucedía realmente a su capitán, que pasaba en su rodilla. Su entrenador Harry Redknapp, un hombre que se define a sí mismo como desordenado y analfabeto, resolvió la duda con más claridad de lo que lo había hecho cualquier médico hasta el momento: “no hay cura. No hay nada que operar. Sólo es cuestión de saber gestionarlo“.

Por “gestionarlo” Redknapp se refería a aguantar. Concretamente, a aguantar el dolor. Los problemas de Ledley King no tenía solución, todo dependía del tiempo que el pudiera resistir el dolor de su rodilla izquierda. Eso le obligaba a vivir deprisa porque cada partido se convertía en una contrarreloj. Podría estar sobre el terreno de juego mientras que el dolor se lo permitiera. Podría jugar sin problemas hasta que la cuenta atrás llegara a cero y su rodilla dijera basta. El tiempo de resistencia variaba de un extremo a otro. Tan pronto era capaz de disputar 120 minutos frente al Manchester United que se veía obligado a solicitar el cambio al cuarto de hora. Una carrera encerrada en un reloj de arena.

Una de las soluciones que se encontró fue eximir a Ledley King de los entrenamientos. Sólo jugaría los partidos, y entre semana no correría ni tocaría un balón para mantener en reposo su rodilla. Mientras el resto de compañeros se ejercitaban a las órdenes de Harry Redknapp, King se encerraba en una sala para hacer trabajo de gimnasio o nadaba en la piscina y los fines de semana saltaba al terreno de juego como uno más, con la incógnita de saber cuantos minutos le regalaría su rodilla esa tarde. “Después de jugar un partido necesita siete días para recuperarse. Prefiero que no entrene, ni corra, ni nada por el estilo. Si haciendo esto puede jugar al menos 20 partidos sería perfecto porque es tan bueno que siempre que juegue aumentarán nuestras opciones de ganar“, explicaba Redknapp.

No ejercitarse junto al resto de sus compañeros, sin embargo, consumía a King. “El trabajo que tengo que hacer es aburrido. Disfrutaba entrenando con mis compañeros, pateando un balón. Aquí me estoy volviendo loco, pero es lo que tengo que hacer”, reconoció King, quien llegó a pedir que se le retirara el brazalete de capitán al sentirse culpable por no poder trabajar a diario con sus compañeros. “Un capitán debe estar siempre ahí para lo que haga falta y yo sólo estoy los fines de semana“, lamentaba. Nadie le quitó el brazalete hasta que el pasado viernes el último grano del reloj de arena tocó el fondo. La cuenta atrás llegó a cero y Ledley King decidió que no podía seguir aguantando el dolor de su rodilla izquierdo por más tiempo. El hombre que jugaba con prisa se despide del mismo modo, antes de lo esperado. Una carrera brillante secuestra por un simple punto débil. God save the King.

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