Histórico
9 septiembre 2012Jesús Camacho

Olympique Lyon: Bernard Lacombe, el ritual del gol

Decía Ludwig Wittgenstein, filósofo austriaco que la superstición es una confianza firme en la causalidad, una falsa creencia o una creencia disfrazada de conocimiento. Lo cierto es que la superstición es tan antigua como las pinturas rupestres y ha ido evolucionando con el hombre, sus costumbres regionales, el folklore y la leyenda. Hasta hace muy poco hasta los eclipses fueron motivo de creencias de lo más variopintas y objeto de tradicional superstición. Una palabra que ha servido para definir un comportamiento humano capaz de vencer a los pueblos, las religiones y las costumbres. Un comportamiento ritual, gestual, con el que el ser humano cree firmemente capaz de influir en su suerte y destino. Su cotidianidad es tan acusada que nos afecta posiblemente a todos y cada uno de nosotros en la vida diaria o en algún momento puntual de la misma.

En psicología  un mecanismo de defensa para hacer frente a sensaciones de malestar,  una sensación de control sobre situaciones en las que aparentemente no lo tenemos. Aquella que puede ayudarnos en momentos puntuales y puede hacernos sucumbir en el cenagoso terreno de la obsesión. Prácticamente todas las disciplinas humanas han sido objeto de la superstición en algún momento y el fútbol como no podía ser de otra manera, acapara buena parte de ellas. Y entre ellas destaca sobremanera la carrera de Bernard Lacombe, segundo máximo goleador de la Ligue1 en toda su historia y referencia ofensiva del fútbol francés en los años 80.

Goleador eficaz, de aquellos que hacían fácil lo difícil, nació un 15 de agosto de 1952 en Lyon (Francia). Un chico que inició su andadura futbolística en los cadetes del Olympique Lyon, donde se formó y debutó en 1969 en la Primera División francesa. Tremendamente eficiente en lo que al gol se refiere, siempre hacía el gesto justo, el movimiento innato para estar situado siempre de cara al gol. Precisamente uno de sus tantos en 1973 le dio la Copa Francesa al O.Lyon, un gol y una temporada que le abrió las puertas de la selección francesa, pues el legendario Stefan Kovacs, le llamó por primera vez e inició una carrera internacional en la que estuvo presente en el Mundial de Argentina 78, donde marcó el cuarto gol más rápido de la historia de los Mundiales, hasta la fecha. A los 37 segundos, en un (Francia-Italia). También estuvo presente en el Mundial de España 82, acabando en cuarta posición. Y en 1984 se proclamó Campeón de la Eurocopa de Naciones con Francia, al derrotar en la final a España.

Lacombe vivió y protagonizó en numerosas ocasiones el “derbi del Ródano”, aquel que enfrenta a Olympique Lyon y Saint Etienne. 50 kilómetros separados por la historia de un enfrentamiento entre obreros y burgueses al que el delantero galo puso pimienta con goles y frases como esta cuando le tocó vivir con posterioridad y como directivo el intenso duelo de rivalidad: “Está bien reencontrarse con los Verdes esta temporada; ¡eso nos supondrá seis puntos y una buena taquilla asegurada!”. En las filas del O.Lyon, se consagró como el finalizador y tercer integrante de un triplete de oro que deleitó a los aficionados del Lyon, durante muchos años. Una tripleta ofensiva formada por Lacombe-Chiesa-Di Nallo que dejó huella en la historia de Gerland, donde dejó su sello goleador firmando 153 goles en 274 partidos. P

Posteriormente en 1978, curiosamente pasó al eterno rival, el Saint-Etienne, conjunto en el que hizo 29 goles en 39 partidos en una temporada que le sirvió de puente para llegar al año siguiente al Girondins de Burdeos. Su llegada al conjunto de Burdeos coincidió con su madurez como jugador y con la presencia en el conjunto francés de  Giresse y Tigana, una pareja legendaria de medios que tejieron muchas de las jugadas que el infalible Lacombe, materializó en gol. En el Girondins, formó parte de un gran equipo y volvió a saborear títulos, conquistando tres ligas, (83/84, 84/85 y 86/87) y dos Copas de Francia, (85/86 y 86/87). El 21 de enero de 1984, ante el Estrasburgo, Bernard Lacombe marcó su gol nº 214, igualando así el récord de goles anotados por un jugador francés en la historia de la D1, por entonces en posesión del legendario Hervé Revelli.

El gol le definió como jugador, además de completar su formación y realización personal, aquella que constituyó la forma de ser de un futbolista llamativamente peculiar en lo que a supersticiones se refiere. Tanto que fue objeto de estudio del prestigioso antropólogo francés Christian Bromberger, que nos dejó esta interesante reflexión sobre el magnífico goleador de Lyon: “Trabajé mucho sobre Bernard Lacombe, que fue un delantero del equipo de Francia desde 1973 a 1984. Las vísperas de cada partido, se hacía rascar la espalda con un guante especial por su mujer y por sus hijos. Durante la noche ponía sus zapatos a los pies de su cama. Al llegar a la cancha, según sus propias palabras, hacía su pequeño ritual. Se instalaba siempre en el mismo buen lugar del vestuario, abría su bolso donde tenía una pequeña estatuilla que le había ofrecido un cojo. Una forma de conjurar la posibilidad de transformarse en cojo. También tenía un frasquito con agua de Lourdes, siempre se ponía la misma camiseta y masajeaba las zapatillas antes de ponérselas. Llegado el momento, tomaba el túnel que salía al césped acompañado por su hijo que le tenía la pierna, le sostenía la pierna. En el centro del terreno antes de comenzar el partido hacía el signo de la cruz con su pie. Sin embargo, Bernard Lacombe es un individuo perfectamente racional, que es actualmente el director técnico de un equipo de Lourdes”.

Como vemos un ejemplo flagrante de las muchas supersticiones que inundan los rituales personales de futbolistas, técnicos y aficionados cuando el futuro de su equipo entra en juego. Aquel que en 1987 y a la edad de 35 años, masajeó por última vez sus botas con la esperanza de que un nuevo ritual del gol aclarara su destino y perfilara la historia de su supersticiosa leyenda. Esa a la que dio continuidad en el desempeño profesional como entrenador y en la dirigencia deportiva del Olympique de Lyon, donde seguro sigue sucumbiendo a sus pequeños rituales con la esperanza de que la suerte sonría al equipo que le vio nacer, crecer y triunfar como gran goleador.

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