Histórico
2 septiembre 2012Jesús Camacho

Barcelona: Andrés Iniesta, virtuosismo silencioso

Hoy quisiera hacer un texto sencillo para perfilar con soltura el boceto de la grandeza de tú pequeñez, para descubrir esa sencillez que muchos empeñamos en ocultar entre preámbulos y maniobras que nos alejan de lo que realmente somos: personas. Hoy quisiera descubrir por qué olvidé ser niño, de ser inocente, en definitiva de ser, y mucho me temo que algo terrible llamado adulto se empecina constantemente en crear una barrera en nuestro pensamiento que nos impide llegar a ser. A ser sencillo sin ocultarme tras la vacía apariencia, a serlo sin que aquellos que convirtieron sus vidas en un laberinto neuronal de complejidad superficial nos consideren simples. Pues la sencillez jamás fue simplicidad, ni la bondad estupidez. La sencillez puede ser dinámica, inteligente y muy bella, pues la verdadera belleza nunca la encontraremos en el fondo de nuestras carteras sino en lo más simple, en la inmensidad del manto de estrellas que cubre nuestras cabezas.

Por todo ello, hoy más que nunca quisiera ser Sancho Panza de La Mancha para seguir a Don Quijote de Fuentealbilla y derrotar molinos que parecen gigantes que no lo son. Imaginando a un pequeño que rompe zapatillas en el patio del colegio y repone fuerzas con una hogaza de pan que su abuelo le guardó del bar Luján, aquel al que nunca quiso ir a echar una mano porque prefirió patear durante horas un balón. Quisiera también conocer tu secreto para seguir siendo aquel chico sencillo que con doce años dejó su pueblo y el modesto Albacete en busca de un complicado sueño, que en tus botas pareció algo sencillo, pese a que nunca lo fue.

Es más quisiera ser José Ramón de la Morena, para como hizo hace muchos años en Brunete, sacarte las tres tímidas palabras que brotan tras tus sabios silencios. Sin duda hoy quisiera subir al desván en el que habitan los títeres de nuestros sueños, aquellos que hoy intuyo ver cuando contemplo ya como crack, a aquel chico que imitaba los regates de Laudrup, su maestro. Ese mágico y endiablado cambio de pie uno a dos con el que consigues que se me vengan a la mente sensaciones, recuerdos, que son como dardos que impactan certeros en la lejana diana del tiempo. Hoy regreso a aquel 29 de octubre de 2002, la noche de Brujas en la que tu leyenda se inició, entonces un liviano y mágico joven recibía las siguientes indicaciones de Louis Van Gaal: “Sal, disfruta y sé tú mismo”.

Algo que lleva haciendo desde el primer día que se calzó unas botas para jugar y ha mantenido de forma inalterable durante su salto al fútbol profesional. Regreso también a aquel 6 de mayo de 2009, cuando en el minuto 93 de partido un zapatazo tuyo encontró las llaves del cielo en el estadio Stamford Bridge, escenario en el que iniciaste tu senda mitológica, carrera al infinito que continuaste con un gol histórico en Wembley y otro de pura magia en Bélgica con la selección. Siempre con los pies y el balón en el suelo, con el traje del niño y la ilusión del hombre, con la naturalidad y espontaneidad del que no sabe fingir y se muestra como tal. Por el camino, su físico y su personalidad fueron moldeándose con los éxitos y fracasos, con la lucha, los sacrificios y los contratiempos. Muchos contratiempos, que llegaron y pesaron como una losa en una época vital en la que su musculatura le desgarró los pensamientos y, el destino le arrancó una importante porción del concepto de amistad.

Quisiera hoy por ello cambiar mi camiseta contigo, para que la sumes a aquella colección en la que guardas con especial cariño las veinte que tienes con el dorsal nº21 del Espanyol. En una ocasión le preguntaron una vez a Miguel Ángel. ¿Cómo hizo Ud. el David? Y este respondió: “Muy sencillo, conseguí un bloque de mármol y le saqué todo lo que no era el David“. Iniesta lleva años sacando del fútbol todo lo que sobra y dejando tan solo la obra arte de la pelota. Como ya dije hoy más que nunca me quedo con los innumerables instantes que nos regalas en cada partido, esa capacidad natural que tienes para hacer fácil lo realmente difícil.

Tan difícil como para no acabar deslumbrado por la fama, conservando la belleza dinámica de tu fútbol y la sencillez de tu personalidad. Esa que un 11 de julio de 2010 te permitió estar situado en el minuto adecuado y el lugar correcto, en el que otro zapatazo tuyo colocado en la vertical de nuestros sueños nos brindó una vez más la posibilidad de oír uno de tus sabios silencios. Instante que precedió al impacto cruzado con el que mandaste a dormir el esférico a las redes de la leyenda. Trayectoria en la que viajaron las lágrimas de Iker Casillas, los puños apretados de Carles Puyol y la emoción de millones de personas. El inicio también de una carrera al infinito, en la que tuviste tiempo para otro inmenso gesto de nobleza más. Una carrera en la que todos fuimos contigo, con la amistad en el pecho, el corazón en la mano y la historia en tus botas.

La historia de Andrés Iniesta Luján, genio cuyo fútbol constituye una incesante búsqueda de la virtud a través de la sencillez, de la enseñanza a través de la destreza. Cuya carrera nos invade como tránsito de un aire que no pesa y versa una rara virtud que nos embriaga. Y en el rostro pálido de tu inspiración, donde reside un poeta escondido, que saca rimas del viejo baúl de un fútbol absolutamente puro y sencillo, queda hoy reflejado un reconocimiento individual que premia tu virtuosismo callado, pues como dijo Antonio Machado “Hay dos clases de hombres: los que viven hablando de sus virtudes y los que se limitan a tenerlas”.

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