Histórico
10 agosto 2012Jose David López

Montpellier: La receta para evitar la preterición

La astrología y la medicina encuentran una curiosa relación de amor-odio en un personaje histórico que durante su vida decidió pronosticar los males de la humanidad y apuntar en rojo aquellos días claves en el desarrollo de la misma. El origen de todas sus profecías está en el sur de Francia, en la universidad más antigua del mundo y en las paredes donde se formaron muchos de los mejores matemáticos de la historia. Nostradamus, ese curioso médico provenzal judío que sigue creando pánico varios siglos después de su muerte, escribió de manera críptica y casi apocalíptica aquello que interpretaba de sus aprendizajes. Probablemente, si en vez de desastres y negatividad, sus lecturas hubieran pronosticado éxitos y días de gloria, los últimos meses serían parte de ellos para la ciudad que le concedió ese dudoso ‘don’: Montpellier, orgullosa de su nuevo y flamante campeón de Ligue 1.

Un club que vivió toda una serie de interminables fusiones con equipos de la zona, de la región y hasta de la propia ciudad, pues ser el más fuerte era el único método de subsistencia allá por inicios del siglo pasado. Tanto, que incluso llegó a unirse a un club de rugby para acumular aficionados a su causa. Tras ganarse críticas de la opinión pública con un nuevo traslado obligado de estadio y hasta tres fusiones más en los años 50-60, el club se estabilizó tal y como hoy lo conocemos gracias a la mano de Louis Nicollin (un personaje sin igual) en 1974. Con un mando serio y sobrio al frente de la presidencia, los ascensos se acumularon y en tiempo record el Montpellier reunió a jugadores emblema como Laurent Blanc, Jean-Claude Lemoult, Roger Milla o Eric Cantona, con el que ganaron la Copa en 1990. Desde entonces, asentados en el Stade de la Mosson, el proyecto logró consolidarse con varias participaciones europeas y pese a que cayó nuevamente a un pasito de la Tercera División, hace cuatro años regresó para hacer progresar un proyecto que ahora es la envidia y el impacto del año en Europa. Un modelo cuyo reto post-éxito es no caer en la preterición.

Siendo francos, las últimas campañas desde el ascenso hace cuatro años, la filosofía del proyecto de René Girard ha permanecido tan inalterable como atractiva. Mantuvo una dinámica de trabajo a largo plazo, con jugadores modestos inculcados en la teoría de la explotación pre-venta, con una cantera que ya llevaba años asomando entre las grandes del país y que apenas necesitó un cuarto de época para establecerse y así acabar cosechando el primer gran título de su historia. Pero sobre todo, supo recomponerse a la inevitable pérdida de jugadores determinantes año tras año para, con el dinero recogido, acceder al mercado con la solvencia necesaria como para volver a recrear sensaciones positivas. Una escenografía habitual en los meses de julio y agosto en el Stade La Mosson es despedir a aquellos referentes que durante un par de años supieron aprovechar las cualidades de esa envidiable perspectiva deportiva. Su posterior venta permitió la reorganización (que sea acertada o no depende después de varios factores que en este caso se han superado con creces) de la plantilla para volver a empezar el círculo competitivo.

Salieron Tino Costa y Víctor Montaño (referentes del club en sus primeros meses de regreso en Ligue1) y las compras del Montpellier siempre fueron absolutamente acertadas con Olivier Giroud (llegaba del Tours como máximo goleador de Ligue 2 por apenas 2 millones de euros), Marco Estrada (organizador y especialista a balón parado por 1.5) así como Bocaly (lateral derecho clave desde entonces por 800.000 euros) y Utaka (extremo derecho fijo y goleador por 500.000 euros). Ingresos por valor de 13 millones y gastos por apenas 5.5 millones. Un año más tarde, la sintonía fue menos exagerada pero igualmente acertada pues se vendió a Emir Spahic (central internacional bosnio absolutamente intocable) y con su venta se accedió a contratar a Bedimo (actual carrilero diestro y mejor del campeonato galo este curso) y Hilton (central titular de experiencia). Un equilibrio perfecto que agiganta la enorme rentabilidad de cara euro invertido sabiendo que ahora, esos seis jugadores llegados en dos años, son titulares del equipo campeón, que su valor se ha multiplicado y solo uno de ellos, el ‘killer’ Giroud, acaba de ser vendido por 12 millones.

Evidentemente, como hacía prever, la mentalidad de este curso sigue en busca de su propio desarrollo sostenible. No hay exageraciones. No hay estrellas. No hay malgastos. Pese a la atracción mediática de un título liguero como la Ligue 1, la facilidad para recibir ingresos que eso supone y la naturaleza exportadora del campeonato galo ante las fuertes ofertas de campeonatos vecinos, el Montpellier repite la fórmula que le llevó a la élite. La venta de Giroud ha sido la única de nivel prioritario dentro del esquema de este nuevo curso (Dernis también se fue pero no era absolutamente clave) y aunque aun podrían perder al central Yanga-Mbiwa estos próximos días (ante la presión de varios gigantes europeos), la continuidad del bloque volverá a ser la misma que tan buenos réditos y tanto positivismo ha emanado con las doctrinas adecuadas de René Girard. Seguirán la magia de Belhanda, la progresión de Cabellá, la explosividad de Bedimo … y la competitividad global de un colectivo encariñado a las tardes gloriosas.

Las apuestas, otra vez, vuelven a buscar amplitud de plantilla, mejorar ciertas fisuras existentes dentro de su organigrama y reinventar la posición de delantero que más mermada ha quedado. Daniel Congré es el fichaje más caro de su historia (5 millones por este central o lateral derecho ex Toulouse), Anthony Mounier recibe una segunda oportunidad de nivel tras haber salido de puntillas por la cantera del Lyon y mostrar gran nivel el pasado curso (3.5 millones desde el Niza), mientras el argentino revelación de la pasada Copa Libertadores, Emanuel Herrera (ex Unión Española-foto), así como el corpulento Gaetan Charbonnier (ex Angers), intentarán mitigar la dolencia ofensiva casi inevitable que tocará superar este curso. Junto a ellos, como no podría ser de otra manera, dos canteranos ascienden al primer equipo (Sylla como delantero y Dabo como mediocentro defensivo) pues la prolífica salvación anual del club ha aportado nada menos que doce promesas desde el ascenso hace cuatro años.

Ese será el nuevo Montpellier. Un club con doctrinas básicas pero intangibles. Con humildad pero asombroso reparto de inversiones. Con debilidades globales pero capacidad de reacción. Con un presidente tan singular como irrepetible. Un club, que este viernes abre el telón de la nueva campaña de la Ligue 1, ese trofeo que hace unos meses le colocó en la gloria, le situará en la Champions por vez primera en su vida y le aportará los ingresos con los que seguir esperanzados. Porque el reto no es repetir ni reditar, sino mantener la ilusión de todo principiante en tierra de sueños y así, dar un paso más sólido, en su inexorable receta para evitar la preterición.

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