Histórico
1 agosto 2012Francisco Ortí

Atlanta 96, cuando ganar también era obligatorio

Cuando la gloria se asume como una costumbre, lo ordinario se disfraza de fracaso. En el fútbol, que no entiende de memoria, méritos ni pasado, esta es la norma habitual. El listón queda olvidado en el punto más alto, esquivando contextos y ocultando los antecedentes. El mayor éxito logrado se convierte en la única vara de medir, sin importar nada más. Los triunfos del fútbol español, alcanzando el cielo del universo futbolístico en forma de Mundiales, Eurocopas o torneos de categorías inferiores. suponen una alegría presente, pero, al mismo tiempo, una condena futura. Ante la imposibilidad de mejorar, todo lo que viene por delante es, por defecto, una decepción.

La Selección de España Sub’23 ha experimentado este amarga sensación en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Bien por la ausencia de su motor, por la falta de gol, por las malas decisiones de su seleccionador o, sencillamente, por no poder ante la presión de la máxima exigencia, España se ha estrellado en el torneo olímpico después de haber disputado únicamente dos partidos. Las derrotas por la mínima ante Japón y Honduras han dejado a los de Luis Milla sin opciones de avanzar a los cuartos de final y así poder luchar por colgarse la ansiada medalla de oro olímpica. Un tropiezo que recuerda al que España protagonizó en Atlanta 96, cuando ganar también era obligatorio.

Después varias décadas de desengaños deportivos en la desgracia se convirtió en una fiel compañera de España durante las grandes citas, el fútbol español celebró la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 como si fuese el inicio de una nueva edad de oro. Los Guardiola, Kiko y compañía se convirtieron en mitos y a los Juegos Olímpicos en sinónimo de éxito. Con ese precedente, España afrontó los Juegos Olímpicos de Atlanta 96 sintiéndose favorita y con la sensación de que ganar no era una opción, sino una obligación. El equipo con el que contaba el entonces seleccionador Javier Clemente alimentaba esa idea por la presencia de un icono como Raúl. España, encerrada en su propia exigencia se sentía la mejor. Poco importaba las convocatorias de los rivales.

Argentina contaba con Roberto Fabián Ayala, Javier Zanetti, Claudio López, Diego Simeone o Hernán Crespo. En Francia estaban Claude Makelele, Patrick Vieira y Robert Pires. Italia se presentaba con una defensa en la que destacaban Christian Panucci, Alessandro Nesta y Fabio Cannavaro, mientras que en Brasil completó una convocatoria de lujo con Rivaldo, Ronado, Roberto Carlos y Bebeto. Y, por otro lado, se encontraba la desconocida Nigeria de Kanu y Amunike que, a la postre, daría la sorpresa. Plantillas de auténtico lujo, con nombres y hombres, que superaban a una selección española en la que, como es habitual, no habían mayores de 23 años y destacaban nombres como los de Raúl, Morientes o Iván de la Peña.

De la Peña y Raúl eran los principales abanderados de aquella generación, con horas de vuelo en Barcelona y Real Madrid, respectivamente, seguidos de cerca por el ilusionante Jordi Lardín y José Luis Mora, quien, por entonces, estaba considerado como un guardameta de futuro, aunque, visto con perspectiva, suena casi increíble. Con ese equipo, a Clemente se le obligó a ganar el oro y las portadas de los principales diarios deportivos recibían el torneo con mensajes optimistas en los que se pedía la victoria final. Aunque pronto quedó claro que todo sería más complicado de lo esperado. En el debut ante Arabia Saudi se ganó gracias a un gol de Óscar García Junyent en el tramo final del encuentro. Frente a Francia también hubo que recurrir a Óscar para empatar faltando diz minutos para el final. Y en el tercer partido ante Australia se acabó remontando un 0-2 gracias a un tanto de Santi en el 86 y otro de Raúl en el 90.

España había sufrido para puntuar en sus tres partidos, siempre con finales de infarto, pero el optimismo volvió a cundir al ver que en cuartos de final el rival sería una selección argentina que tan solo había ganado a Estados Unidos y no había podido pasar del empate ante Portugal ni Túnez. Era un partido sencillo para los hombres de Clemente. O eso creían. El partido, que por cierto estaba pitado por el celebérrimo Gamal Al-Ghandour, comenzó igualado pero pronto comenzó la exhibición de Argentina. Crespo, Claudio López y Aranzabal en propia puerta rompieron el encuentro a favor de la albiceleste, y faltando dos minutos para el final Crespo dio la puntilla con un cuarto gol.

España, que se había autoimpuesto el cartel de favorita, quedaba eliminada en cuartos de final de manera escandalosa y con un 4-0 en el equipaje. Aquella generación no pudo levantarse de ese batacazo y muchos ni siquiera lograron mantenerse en la élite durante mucho más tiempo. La España que estaba obligada a ganar se marchó de los Juegos Olímpicos de Atlanta 96 de forma bochornosa. La España actual vive una situación muy similar, aunque ésta tendrá la oportunidad de despedirse con una sonrisa en el partido ante Marruecos. Fracasen o no merecen una segunda oportunidad. No podemos permitirnos perder otra generación por una comparación exagerada.

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