Histórico
9 julio 2012Francisco Ortí

MLS: El ‘cierre definitivo’ de Steve Zakuani

La repetitiva rutina del día del día provoca que millones de gestos, anécdotas o circunstancias se pierdan en la memoria, consumidos entre una mecánica inconsciente. Para Steve Zakuani el 22 de abril del 2011 era uno de esos días sin nombre propio ni rostro. Sencillamente un día más dentro de la dinámica. Desayunar y marcharse a comer con el resto de compañeros de equipo y calentar y vestirse y saltar al terreno de juego y… De repente la impertérrita sucesión de gestos mecánicos se vio truncada por uno que no esperaba, cambiado su día a día de la manera más cruel posible. Su pierna se había partido por la mitad.

Los Seattle Sounders se enfrentaban al Colorado Rapids en un partido más de la Major League Soccer y nada más arrancar el encuentro Steve Zakuani comenzó a sortear rivales. Brian Mullan salió al cruce para intentar frenarlo, pero no midió ni el tiempo ni la intensidad de su entrada y arrolló a la joven estrella de los Sounders. Lo destrozó. El diagnóstico fue inmediato. Fractura de tibia y peroné. Steve Zakuani, el que fuera elegido número 1 del draft del 2009 por los Seattle Sounders afrontaba entonces un pesadilla de 15 meses de recuperación. Su día a día había cambiado.

Entonces se habló que Zakuani jamás volvería a ser el mismo. A sus 23 años se hablaba de que su carrera podría estar terminaba. Se temía que un futbolista de sus características, con la velocidad y la potencia física como principales virtudes, no sería capaz de poder desarrollar su juego habitual después de una lesión tan grave. Las primeras sensaciones del jugador durante el proceso de recuperación no invitaban al optimismo. “No siento nada en la parte baja de la pierna. Cero. No soy capaz de saber si alguien me está tocando la pierna. Ni siquiera puedo mover el dedo pequeño del pie. He llegado a pensar que jamás volveré a jugar a fútbol“, declaró Zakuani dos meses después de lesionarse.

La situación era límite. Zakuani apenas dormía y cuando lo hacía sufría pesadillas. Tuvo que pasar varias veces por quirófano y llegó a perder hasta nueve kilos de peso. Mientras tanto, Brian Mullan, el hombre que le había lesionado, tampoco podía jugar. La MLS le había sancionado con 10 partidos de suspensión y una multa de 5.000 dólares. Todo se pintaba de negro, pero, de repente, Zakuani cambió de mentalidad. “Un viaje de millones de kilómetros se comienza con un solo paso”. Zakuani dio ese primer paso y el proceso de recuperación dio sus frutos. Poco a poco recuperó la movilidad hasta en el dedo pequeño y la sensibilidad en la pierna. Poco a poco, Zakuani volvía a ser el mismo.

Quince meses después, ya se encontraba en disposición para jugar de nuevo. En su pierna todavía quedan rastros físicos y una horrible cicatriz que recuerdan la guerra que sufrió su cuerpo, pero por dentro estaba totalmente recuperado para volver a los terrenos de juego y vestir de nuevo la camiseta de los Seattle Sounders. Lo que no sabía Zakuani era la sorpresa que le tenía deparada el destino para su reaparición. Como si se tratase de una novela con estructura cíclica su historia terminaría igual que empezó: enfrentándose a los Colorado Rapids y a su verdugo, Brian Mullan. Faltando cuatro minutos para que terminara el encuentro, saltó al terreno de juego y el estadio se puso en pie para recibir a su hijo pródigo. Brian Mullan, participó también en la ovación, aliviado por ver de vuelta a Zakuani.

Pero la imagen más llamativa del encuentro no fue el regreso de Zakuani, ni ver al estadio al completo en pie para recibirle, ni siquiera que Brian Mullan le recibiera sobre el terreno de juego. Esta llegaría a la conclusión del partido. Nada más escuchar el pitido final del árbitro, Zakuani fue en busca de Mullan y le pidió intercambiar la camiseta con él. Éste aceptó y se fundieron en un abrazo. “Fue como cerrar el círculo. El cierre definitivo. Ya puedo decir que vuelvo a ser futbolista“, declaró emocionado Zakuani. Fue el 7 de julio de 2012, un día en el que Zakuani hizo lo de siempre, desayunó y se marchó a comer con el resto de compañeros de equipo y calentó y se vistió y saltó al terreno de juego, pero no fue un día más. Fue el día de su reaparición. El día en el que aprendió a disfrutar de la rutina.

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