Histórico
11 julio 2012Jose David López

Diego Maradona: El del Habano, no es DT

Este deporte que no deja de apasionarnos a cada día que avanza, creó un ramillete de genios a los que se les otorgan varios poderes casi mitológicos. Estaría liderado por Pelé, pero en tan brillante lista no faltarían Cruyff, Di Stéfano y, por supuesto, Diego Armando Maradona. Un genio en el césped, donde logró la veneración del mundo con actuaciones sublimes en México 86 y con una serie de momentos históricos inalcanzables hoy día para todo terrestre que se precie. Una mano pasó a ser la de Dios. Un gol driblando a medio equipo rival pasó a ser desde entonces un ‘gol maradoniano’. Una larga serie de momentos deslumbrantes que, por el contrario, chocaron una vez tras otra con el interior de una persona polémica por naturaleza y amiga de la controversia, de la cual no puede ni quiere alejarse. Crack en el pasto. Actos inmundos fuera de él.

Y en un momento de tensión, de pasión exagerada y, desde luego, de valentía consentida por los millones que lo aprobaron, aquél Dios albiceleste recuperó el trono para seguir jugando a su antojo con este deporte. El mismo que le dio todo y al mismo que, desde su retiro, desde su adiós y desde su primera despedida, tan solo ha utilizado para foco individual. Porque Maradona, a día de hoy, no le ha devuelto absolutamente nada.  Alfio Basile dejó la selección argentina y como perro tras su presa, Diego liquidó uno tras otro a sus enemigos nacionales para colocarse como líder de fútbol argentino pese a haber dirigido solo 23 partidos previamente con el modesto Deportivo Mandiyú y con Racing de Avellaneda (sus dos primeros fracasos). ¿Un intento de limpiar su imagen quizás? ¿Una prueba más de su desmesurado egocentrismo en busca de un Mundial como DT? Seguramente una mezcla global que tuvo como ‘marionetas’ a la siempre justiciera afición argentina. Una hinchada fiel, volcada, pasional y que muere por los suyos pero que desde la eliminación en Sudáfrica 2010, ha perdido por completo el respeto a su gran Dios. Y todo, porque, aunque se vista de traje, el del Habano no es DT.

Como toda atracción que se precie, el banquillo argentino creó permanentes vaivenes, giros inesperados, decisiones extravagantes, titulares para el recuerdo y frases salidas de tono que, por respeto, no recalcaremos. Esas labores mediáticas recayeron todas sobre los anchos hombros de Diego y su orgullo crecía por momentos, siempre al ritmo de un bloque con muchísimas dudas y con serios problemas para mejorar su titubeante imagen. Argentina pasó días negros rumbo a Sudáfrica y en todos ellos se hablaba en demasía del míster (o el que pretendía serlo) y muy poco de los males que acompañaban a la albiceleste. Sobre la agonía, sufriendo lo indecible y cuando alguno temía lo peor, la calidad individual de jugadores de talla mundial como Messi, Higuaín o Tévez, sacaron sus registros para colocar en suelo sudafricano a su país tal y como estaba previsto.

En ese momento, propicio para pedir perdón, pasar página y buscar apoyos globales, el DT sacó a relucir una vez más su larga lista de despropósitos e invitó a todos a que le hicieran trabajos en sus partes nobles (el mítico “que la chupen”). Un comentario absurdo no sólo en contenido, sino en el entorno, ya que tan sólo se había completado el camino hacia la fase final, algo que, de no haberse logrado, hubiera sido suficiente excusa como para mandar al Dios al infierno a rogar plegarias eternamente. Dejando en su país a jugadores en forma como Zanetti o Cambiasso y confiando en gente de su confianza como Palermo, Garcé, Clemente o Verón, reflejó que moriría con sus ideas. No pudo convencer cuando pasó la primera fase con honores y con mucho gol, porque en el fondo, allí donde se gestan los grandes equipos, faltaban directrices válidas de quien domina aspectos externos a lo psicológico (único punto donde podría entender que Maradona fuera seleccionador).

Su juego directo, sin elaboración, no encontró fisuras en los germanos, que supieron leer perfectamente la falta de creatividad y orden que emanaba Argentina con Mascherano como único mediocentro. Messi (que no ha marcó en el Mundial) retrasó su posición en exceso buscando aparecer y se auto-eliminó como en la fase clasificatoria donde fue constantemente criticado. Con su esquema destrozado en la velocidad y verticalidad teutona, Maradona estuvo lento de ideas y de soluciones hasta el punto de que sólo pensó en alternar los hombres de banda, dejando el problema de raíz sin protección. El primer rival serio, de talento y atrevido que se encontró Argentina le mandó a casa y mostró las debilidades de un bloque con chispa y vivo por sus resultados. Diego, nuevamente arrodillado ante Alemania (gracias porque había prometido que si ganaba el Mundial se desnudaría) y con todo el país pidiendo su cargo, que acabó por sacarlo de la Federación a base de polémicas y sandeces cada vez que usaba un micrófono para exigir lo inexigible.

Pero su fama eterna como símbolo absoluto del fútbol, siempre le permitirá vivir del recuerdo de aquellos que lo vieron sobre el césped. Y aunque no fuera así, los jeques y multimillonarios árabes quisieron abrirle un nuevo entorno válido. Un fútbol inmaculado, inocente y torpe, donde la perspicaz coyuntura del ‘Dios’ iba a saber sacar rentabilidad al momento. Un contrato de casi 7 millones de euros por año con el Al Wasl de Dubai (UAE) que, como todos esperábamos, no fue sino una aventura donde mantener el estatus en su bolsillo y no esconderse del panorama internacional por completo. Perdió la única final que disputó, la de la Copa de Campeones del Golfo y terminó octavo de doce equipos en la liga nacional, agigantando las dudas sobre su capacidad al frente de un proyecto. Mohammad Ahmad bin Fahad, director ejecutivo de Al Wasl, aseguraba hace un mes que “Maradona es el técnico de Al Wasl y goza de una autoridad total”. Un poder que esta semana se limitó debido a la renuncia de la comisión directiva anterior, quedando fuera del club Marwan bin Bayat, fundamental en la negociación del contrato por dos años que Maradona firmó en mayo de 2011. Un año y dos meses más tarde, la realidad vuelve a golpear su orgullo, recalcando que el sastre no hace al rey. Maradona, el del Habano, no es DT.

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