Histórico
4 julio 2012David De la Peña

Homenaje a Riquelme: el preludio del gol

RiquelmeAbrazo

Por David de la Peña (@David_Delapena)

Con motivo de la retirada de Juan Román Riquelme, recuperamos este post que explica lo que significa un futbolista diferente.

Amar el fútbol es independiente de sentir la victoria. El fútbol lo ama el futbolista, el entrenador y el utillero. En la grada lo ama el niño, la mujer o el hombre. El local o el visitante. La búsqueda del clímax es personal, puntual, depende de las experiencias y de las expectativas. Cada uno pone su propio tope. Sin embargo, hay un tope universal, un techo para todos, una sensación que significa un antes y un después para un amante del fútbol, sea cual sea su lazo con el balón. Hay otra forma de verlo desde entonces. Eso ocurre cuando sientes que un pedazo de la Copa del Mundo es tuyo. La primera vez que un país gana un Mundial, transforma su adn futbolístico. Ya alcanzó lo más difícil, ya se siente ganador. Qué cerca está para los españoles, y qué fácil se entiende ahora. Saber que se puede. Derribar todos los peldaños y sentarte en el más alto, con lo que todos anhelan. Unos antes, otros después, pero varias naciones han ido derribando la puerta y entrado en el Olimpo.

Y una de las más grandes, una de las que más dio a este maravilloso deporte, lo consiguió en casa. El Monumental se vistió con sus mejores galas, y la selección Argentina logró la codiciada copa dorada tras derrotar a los Países Bajos en la final, con Cesar Luis Menotti en el banquillo. Sin embargo, el hombre, el nombre propio del torneo, fue el Matador, Mario Alberto Kempes. Regresaba para jugar el Mundial en su país tras haber sido dos veces consecutivas pichichi con el Valencia en la Liga Española. Su obsesión era el gol. En el Mundial 78 lo cantó 6 veces, siendo dos de sus gritos los más recordados por ser en la final, por poner por delante dos veces a su país, en el que era el partido más importante de su historia. Los dos más importantes de su vida no solo le dieron bota y balón de oro de su mundial, si no que cambiaron la historia del fútbol argentino para siempre. Sí, el 25 de junio de 1978, cambió la historia del fútbol argentino. Caprichoso, Román, no quería ser el gol.

Juan Román Riquelme quedará manchado por el penalti contra el Arsenal, pero se trata, probablemente, del fallo que humaniza a alguien que estuvo cerca de Dios

Eso era para Kempes, Batistuta o Palermo. Román ha sido (y por suerte, aún lo es) todo antes del gol. La pausa, la lectura, la recepción, el giro, y el pase. La asistencia, el regalo. Seguramente por eso decidió venir al mundo un día antes de que Argentina quedase empapada por el gol. Por Kempes, sus gritos y su obsesión. Parecía que Román lo sabía, y no es de extrañar, porque después de tantos años viéndole jugar, parece que Román siempre sabe lo que va a pasar antes que nadie. Así, el 24 de junio de 1978, unas horas antes de que cambiase la historia del fútbol argentino, Juan Román Riquelme vino al mundo. Riquelme nació en el preludio del gol, igual que vivió en la cancha. Y Riquelme, en el seno de una humilde familia de Don Torcuato, creció siendo ganador. Cada vez que jugó al fútbol, lo hizo siendo campeón del mundo. De hecho, fue lo primero que olió.

Desde entonces, el balón y Román fueron creciendo a la par. Primero las pelotas cosidas con jirones y los pies con barro. Poco a poco, las escuelas y los reconocimientos. Como Maradona, fue en las inferiores de Argentinos Juniors donde empezó a conocer el fútbol preprofesional. Fue Carlos Bilardo, en el 96, quien recomendó a Macri (por entonces presidente de Boca), la contratación de un juvenil de Argentinos Juniors. Y así, previo pago de 800.000 dólares, se empezó a forjar una de las mayores leyendas xeneizes. De la mano de Bianchi obtuvo la 10 de Boca Juniors, y se exhibió al mundo en una final de Copa Intercontinental que quedará para la historia. El incipiente Real Madrid de los galácticos sucumbió a la magia de un larguirucho enganche argentino que dejó una actuación imborrable. Boca era campeón del mundo y el nombre de Riquelme empezaba a retumbar en las oficinas de los grandes clubes europeos.

riquelmePelota

Después, ya conocemos la historia. No en el Barça, sí en el Villarreal. Un penalti, un enfrentamiento con un ingeniero, y la nostalgia. La maldita nostalgia. Pero es que, la nostalgia de Román es especial. Los futbolistas, millonarios, añoran sus comienzos. Añoran su primera casa, sus calles, los parques. Es verdad que añoran todo eso. Pero al final, acaban viviendo, gracias a sus bestiales emolumentos, en mansiones de lujo, apartados de la plebe. Acaban viviendo en lugares donde el acceso a los entrenos es cómodo, y donde su alta tapia, al final de una larga carretera les aparta de la dichosa popularidad. Cierto que Riquelme puso sus medios para tener intimidad, pero lo significativo es donde lo hizo.

Román volvió a Argentina en 2007, y fue directo a Don Torcuato, a muy poca distancia del lugar exacto donde se crió. Quizá esto no sorprenda, hasta que entiendes que seguir cerca de sus amigos, su familia y sus vecinos, requería de sacrificios. El primero, que para llegar al entreno, que empezaba a las 10 de la mañana, tenía que levantarse a las 7. En el club le decían: “¡Vos estás loco!”, y Román contestaba que sí, pero que la vuelta a casa era especial. Que volvía a su barrio, donde le encanta aguantar las broncas de su vieja y su esposa porque en casa son 20 comiendo un asado. Desde que regresó de Europa, Riquelme ha vuelto a encontrar la felicidad sobre el césped. Ganó una Copa Libertadores y dos veces el Torneo Apertura. Por su carácter, seguro que tiene enemigos. Pero su fútbol solo entiende de amigos. Entiende tan bien lo que pasa en la cancha, que cada compañero tiene el balón donde debe, porque Román comprende sus condiciones. Aún recibe con continuidad, aún es protagonista en cada ataque. Hasta Maradona disfruta en la platea cada vez que Riquelme pisa el cuero. Esta edición de la Copa Libertadores nos ha vuelto a enseñar gotas de su mejor fútbol. En Chile, ante la Unión Española, se exhibió. Volvió a hacerlo. Sumando, además,  grandes partidos en cuartos y en semifinales.

La historia de una leyenda, de un club de leyenda, como es Club Atlético Boca Juniors. Uno nunca sabe cuando será la última vez, porque el fútbol es caprichoso e impredecible. Pero da la sensación de que Juan Román Riquelme se va a enfrentar esta noche al último gran partido de su carrera. A la última definición que vivirá sobre el césped de una de las competiciones más especiales de todo el planeta fútbol. Román, nacido en el preludio del gol, y criado en la ola de quienes descubrieron la victoria. Un genio cuya luz se apaga, pero que esta noche, todavía, estará sobre el escenario. Porque detrás del telón, si está Boca, y está la Copa Libertadores. Si eso pasa, allí estará Riquelme.

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