Histórico
22 junio 2012Jesús Camacho

Grecia: La quimera y el mito de Rehhakel I

En el mito de Belerofonte, nieto de Sísifo y rey de Corinto, la leyenda griega nos cuenta que el héroe heleno fue expatriado porque dio muerte en un duelo a un noble llamado Béleros. Refugiado en Tirinto, en la corte del rey Pretos, también sufrió la ira del citado monarca, que le envió a Iobates, rey de Licia, con el encargo secreto de que lo quitase de en medio. Iobates que pretendía acabar con el héroe heleno, le encargó rudos trabajos y misiones imposibles. La primera luchar contra la quimera, monstruo que tenía cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra y que arrojaba llamaradas por la boca. Iobates no esperaba el regreso victorioso de Belerofonte, pero contra todo pronóstico el héroe mató al monstruo y, superó a una quimera con la ayuda de Atena, quien le dio el caballo alado Pegaso. Y subidos a lomos de Pegaso, en el espinazo legendario de la mitología, encontramos la parábola, la historia y el mito de Otto Rehhagel, técnico alemán al que la historia de la Eurocopa y de la selección griega reconoce con el mítico nombre de Rehhakel I el grande.

Su historia como la de Belerofonte comienza con un destierro, con su marcha de Alemania, donde era toda una institución y dio muerte en más de una ocasión con el Werder Bremen y el Kaiserslautern a los nobles del fútbol germano. De ahí su expatriación a tierras helenas, donde una vez refugiado afrontó el rudo trabajo de derrotar a una quimera. Una tarea imposible que acometió partiendo desde las costas del Egeo, en las que se juega al fútbol desde tiempos remotos, allá donde la mitología anuda sus historias con la filosofía. Y el fútbol como cuna de héroes modernos, como escuela filosófica de las ideas e historias anudadas a la emoción, encuentra en la figura de Rehhakel a uno de los más firmes defensores de una tendencia, una filosofía que basó su concepción del juego en el talento defensivo. En aquello que fue llamado como el sistema de “ataque controlado” una suerte de defensa numantina y dosificación quirúrgica ofensiva que dejó en pañales al más puro catenaccio.

Lo suyo como lo de Belerofonte fue la batalla y la victoria ante una quimera que comenzó desde la fase de clasificación, cuando prácticamente descartados y haciendo tan solo ocho goles en ocho partidos resurgieron de sus cenizas y lograron el pase a la fase final de la Eurocopa de 2004, en la que hicieron historia. Pues Grecia con las armas más rudimentarias y antiguas de la historia del fútbol, dio inicio a uno de esos cambios de tendencia que se dan cíclicamente en este deporte. El fútbol ultradefensivo de Otto coronó a los nuevos Dioses del Olimpo en Lisboa, convirtió a Grecia, equipo menor que solo cuenta con tres participaciones en una fase final de la Eurocopa, en campeón contra todo pronóstico.

Para los helenos fue como derrotar a una quimera, pues no contaban para nada cuando viajaron a Portugal y en la fase de grupos encuadrados junto a Rusia, España y Portugal hicieron saltar en mil pedazos las apuestas. Acusado de inspirador de una involución del fútbol, Rehhagel respondió con un perspicaz y contundente: “El fútbol moderno es el del que gana”. Y así con un equipo de perfil bajo, de aguerridos guerreros, defensores experimentados y un delantero preciso como Charisteas hizo campeón a Grecia anotando tan solo siete goles en seis partidos. España fue su primera víctima, su primera quimera, y Francia la defensora del título doblo su cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra ante el ultradefensivo planteamiento y minimalismo futbolístico de Rehhakel. En todos sus enfrentamientos partiendo como víctima propiciatoria, también en semifinales, donde dieron buena cuenta de la República Checa, que contaba todos sus partidos por victorias. Traianos Dellas,  no solo fue el brazo ejecutor de las ideas de Rehhagel, sino que con un cabezazo suyo a la red en los minutos de descuento de la primera parte de la prórroga, lideró a los suyos a la victoria. Con un fútbol nada vistoso para el espectador pero evidentemente sólido en el aspecto táctico, Grecia fue superando una quimera tras otra hasta verse en la final en Lisboa, donde muchos definen que el fútbol heleno vivió su particular milagro: El de Lisboa.

4 de julio de 2004 en el Estadio da Luz el brillo lumínico de los focos y los flashes dejan lugar al rostro de una imponente Luna llena que acaba derramando el color sangre escarlata de una quimera llamada Portugal. Anfitriona y favorita del torneo que desconfiaba de los griegos, ya había sufrido la impenetrable concepción del juego de Rehhakel y los suyos. Por ello la final representó el duro, infructuoso e impotente asedio de los Figo, Ronaldo y compañía por lograr el asalto de la muralla helena asentada en los sólidos Kapsis, Dellas, Fryssas, Zagorakis, Sietaridis y Basinas. Una línea a la que Nikopolidis ajustaba a su larguero para acompañados por el apoyo de Karagounis, Katsouranis, Giannakopuolos y Charisteas constituir la versión lusa y europea del Maracanazo. Con su fútbol arcaico, con el equilibrio y la prudencia por bandera, lograron desquiciar a los lusos, a los que el talento no les dio para acabar con la pizarra de Rehhakel I, con el hormigón armado de su talento defensivo, el sudor de sus hombres y la demoledora eficacia del balón parado. Tampoco con aquel gol de Angelos Charisteas en el minuto 57 que los elevó definitivamente al Olimpo convirtiendo a Rehhakel en Belerofonte, vencedor de quimeras.

Rehhakel I el grande, héroe heleno que al llegar al estadio del Panathinaikos, donde fueron recibidos como tal por unas 300.000 personas, quiso relativizar el triunfo y sus ideas con una frase que resume la consumación de un mito, que a lomos de Pegaso, entró en Atenas tras derrotar a la quimera: “La Acrópolis existe desde hace 3.000 años y dentro de 200, cuando nosotros ya no estemos, seguirá ahí” Y como efectivamente la Acrópolis sigue ahí y muchos han olvidado la proeza helena de 2004, el propio Rehhagel se ha encargado de lanzar un claro mensaje a sus compatriotas alemanes: “No subestiméis a Grecia, pues en mi pecho en el que laten dos corazones, uno alemán y otro heleno, siento que Grecia se parece mucho al equipo que dirigí a la gloria por su voluntad de lucha”. El mito. está, la base también. Sólo queda volver a esperar su momento.

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